irichc     Fecha  14/02/2003 09:27 
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Volver al foro Responder San Hilario de Poitiers. La Trinidad.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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LIBRO I

1. Al tratar de averiguar cuál es el destino propio de la vida humana conforme con la voluntad de Dios, que bien porque brote de la misma naturaleza, bien porque haya sido descubierto por los esfuerzos de los sabios, pudiera alcanzarme algo digno del don divino que se le ha concedido para conocer, se me ofrecían muchas cosas que en la opinión común parecen hacer la vida útil y deseable; y, sobre todo, aquellas que, ahora y en todos los tiempos pasados, se han tenido entre los mortales como las mejores, a saber, el ocio junto con la riqueza, pues una de estas cosas sin la otra es causa de mal más que ocasión de bien. En efecto, el ocio, acompañado de la carencia de bienes, es considerado casi como un destierro de la misma vida, y la inquietud en la opulencia lleva consigo tanta mayor desgracia cuanto mayor es la decepción con que se echa de menos aquello que con un deseo más vehemente se aspira a disfrutar.

Pero aun cuando estas cosas (el ocio y la riqueza) encierren en sí los mayores y mejores encantos de la vida, no parecen ser muy distintas de aquello con que los animales acostumbran a recrearse, pues cuando vagan por parajes boscosos y muy ricos en pastos están a salvo de la fatiga y tienen alimento hasta saciarse. Por lo tanto, si consideramos que el mejor y más perfecto goce de la vida humana es estar ocioso y abundar en bienes, necesariamente este deseo ha de ser común, según la naturaleza de cada uno, a nosotros y a todos los animales irracionales; a todos éstos provee la naturaleza, con toda abundancia y seguridad, de bienes hasta rebosar, para que gocen con ellos sin la preocupación de obtenerlos.

2. Pero me parece que la mayor parte de los hombres han rechazado para sí y han censurado en los otros este modo de vida insensato y propio de animales por la única razón de que, movidos por la misma naturaleza, pensaron que es indigno del hombre creer que habían nacido sólo para el servicio del vientre y de la indolencia, o considerar que no habían sido traídos a esta vida para esforzarse en realizar alguna hazaña o para ocuparse en algún trabajo noble, o que esta misma vida no nos ha sido concedida para que sea un camino hacia la eternidad; pues, si así fuera, no habría duda de que no se la debería considerar un don de Dios, ya que, afligida por tan grandes angustias y cargada de tantas dificultades, se consumiría a sí misma y en sí misma desde la ignorancia de la infancia hasta los delirios de la vejez. Por ello se han entregado a las virtudes de la paciencia, de la continencia y de la clemencia con las palabras y las obras, con lo que pensaban obrar y juzgar bien; en una palabra, vivir bien; han creído que la vida no es dada por el Dios inmortal sólo para la muerte, ya que no puede pensarse de un buen dador que conceda el muy alegre sentimiento de la vida con objeto de que suframos el tristísimo miedo de la muerte.

3. Yo no pensaba que fuera inapropiada o inútil la opinión de quienes creen que se ha de conservar la conciencia libre de toda culpa y que todas las molestias de la vida humana han de ser previstas con prudencia, evitadas con reflexión o soportadas con paciencia; pero, con todo, no me parecían maestros suficientemente idóneos para enseñar a vivir bien y con felicidad, pues establecían sólo criterios generales y concordes con el humano sentir. No entender estas enseñanzas es propio de los animales, pero no ponerlas en práctica, una vez conocidas, me parecía superar la crueldad de las bestias feroces. Mi alma se apresuraba no sólo a hacer aquello cuya omisión hubiera sido totalmente criminal y dolorosa, sino a conocer a Dios, autor de don tan grande, al que toda entera se debía y con cuyo servicio pensaba que se ennoblecía; en el que apoyaba toda su esperanza, en cuya bondad descansaba, como en puerto muy seguro y conocido, entre las grandes desgracias de las preocupaciones presentes.

Mi alma ardía con afán inflamado en deseos de entenderlo o de conocerlo.

(...)

5. Mientras meditaba internamente estas cosas y otras muchas semejantes, tropecé con aquellos libros que, según la tradición de la religión hebrea, habían sido escritos por Moisés y los profetas. En ellos se encontraba lo siguiente en boca del propio Dios creador, que daba testimonio de sí mismo: "Yo soy el que soy" (Ex 3,14); y de nuevo: "Esto dirás a los hijos de Israel: 'El que es me ha enviado a vosotros'" (Ex 3,14). Me quedé admirado con una definición de Dios tan clara y perfecta, que hablaba de la naturaleza divina imposible de comprender con palabras tan adaptadas a la inteligencia humana. Pues se comprende que no haya nada más propio de Dios que el ser, porque el ser mismo no es propio de quien alguna vez acabará ni del que ha empezado. Pero aquello que es eterno en el poder de su felicidad incorruptible, ni ha podido ni podrá alguna vez no existir, pues todo lo que es divino no está sometido ni a la destrucción ni al comienzo. Y como nada falta en sí misma a la eternidad de Dios, con toda propiedad manifiesta solamente que es, como demostración de su eternidad incorruptible.

(...)

7. Aunque el alma se gozara en el sentimiento de esta magnífica e inexplicable comprensión, ya que veneraba en su Padre y Creador la infinitud de la eternidad inmensa, no obstante, con un afán todavía más intenso buscaba la misma visión de su Señor infinito y eterno, hasta el punto de pensar que la inmensidad incircunscrita se debía contener en alguna expresión que permitiera conocer su hermosura. Y cuando mi espíritu creyente se encerraba en estas cosas por error de su incapacidad, aprendió de la voz de los profetas esta bellísima sentencia acerca de Dios: "Por la grandeza de las obras y la hermosura de las creaturas se reconoce como consecuencia al Creador de las generaciones" (Sab 13,5). El Creador de las cosas grandes está en las mayores y el autor de las cosas más hermosas en ellas está. Y si su obra rebasa ya nuestra capacidad, necesariamente el autor de la misma ha de superar, con mucho, todo pensamiento.

Por lo tanto, hermoso es el cielo, el aire, la tierra, el mar y el universo entero, que, a causa de su belleza, parece llamarse con propiedad, como les gusta también a los griegos, cosmos, es decir mundo. Nuestra mente, por su instinto innato, capta esta belleza de las cosas, de tal modo que, como sucede también en ciertas clases de aves y animales, no puede expresar con palabras lo que entiende, ya que la palabra queda por debajo del pensamiento; mientras, por otra parte, toda palabra proviene de la mente, y ésta se habla a sí misma con comprensión; si esto es así, ¿no es preciso que el Señor de esta misma belleza sea considerado más hermoso que toda ella? Y aunque la manifestación de su eterna hermosura escape a la capacidad de toda inteligencia, ¿no permite su belleza que nos formemos, con nuestra capacidad de entender, una opinión acerca de ella? Por lo tanto, se ha de afirmar que Dios es la absoluta belleza, de tal manera que su comprensión rebasa nuestra capacidad, pero no queda fuera de nuestras posibilidades de entenderla.

8. Mi alma, absorta en el esfuerzo por llegar a estos piadosos pensamientos y doctrinas, descansaba como en un retirado lugar de observación de estas bellísimas ideas. Y veía con claridad que su naturaleza no le había ofrecido ninguna otra cosa con la que pudiera prestar a su Creador un servicio y un homenaje mayor que éste: reconocer sólo que su ser es tan grande que se le puede creer, pero no se le puede entender, ya que la fe incluye la comprensión de la verdad sobre Dios que le es necesaria, pero la infinitud del poder eterno desborda toda inteligencia.

9. En la base de todas estas cosas había un sentimiento innato, según el cual alimentaba la profesión de la fe una cierta esperanza en la felicidad incorruptible, que la creencia irreprochable acerca de Dios y las buenas costumbres merecían como recompensa de una campaña victoriosa. Pues no hubiera significado ninguna ventaja el pensar bien acerca de Dios en el caso de que la muerte hiciera perecer toda conciencia humana y la aniquilara el ocaso de la naturaleza que se desmorona. Por lo demás, la misma razón me persuadía de que no era cosa digna de Dios haber traído al hombre a esta vida y haberle hecho partícipe de la sabiduría y de la prudencia con la seguridad de que iba a dejar de vivir y morir por la eternidad; de esta manera aquel que no existía sería traído al mundo sólo para dejar de existir una vez estuviera en él; pero solamente puede entenderse como razón de ser de nuestra creación el que empezara a existir lo que no era, no el que dejase de existir lo que había empezado a ser.

10. Pero mi alma se inquietaba, en parte por el temor por sí misma, en parte por el del cuerpo. Conservaba su firme convicción acerca de Dios con sincera confesión de fe y tenía, a la vez, un cuidado ansioso por sí misma y por el cuerpo en el que habitaba, destinado, según creía, a perecer con ella; pero después de haber conocido la ley y los profetas, conoció del mismo modo los principios de la doctrina evangélica y apostólica: "En el principio existía la Palabra, y la Palabra estaba junto a Dios, y la palabra era Dios. Ella estaba en el principio junto a Dios. Todas las cosas fueron hechas por medio de ella y sin ella nada fue hecho. Lo que se ha hecho en ella es vida, y la vida era la luz de los hombres, y la luz luce en las tinieblas, y las tinieblas no la acogieron. Había un hombre enviado por Dios cuyo nombre era Juan. Este vino para dar testimonio, para que diera testimonio de la luz. No era él la luz, sino que debía dar testimonio de la luz. (La Palabra) era la luz verdadera que ilumina a todo hombre que viene a este mundo. Estaba en el mundo, y el mundo fue hecho por medio de ella, y el mundo no la conoció. Vino a lo suyo, y los suyos no la recibieron. Pero a todos los que la recibieron les dio poder de convertirse en hijos de Dios, a todos aquellos que creen en su nombre; los cuales no han nacido de la sangre ni de voluntad de varón, sino de Dios. Y la palabra se hizo carne y habitó entre nosotros; y hemos visto su gloria, gloria como unigénito del Padre, lleno de gracia y de verdad" (Jn 1,1-14).

La mente va más allá de lo que se puede comprender con las facultades naturales y se le enseña acerca de Dios mucho más de lo que suponía. Aprende que su Creador es Dios de Dios. Escucha que la Palabra es Dios y que estaba al principio junto a Dios. Entiende que es la luz del mundo que permanece en el mundo y que no ha sido reconocida por el mundo. Conoce que no ha sido recibido por los suyos cuando ha venido a lo suyo y que los que le reciben han llegado a ser hijos de Dios como recompensa a su fe; y que éstos no han nacido del abrazo carnal, ni de la generación de la sangre, ni del placer corporal, sino de Dios. Conoce, por último, que la Palabra se ha hecho carne y que su gloria ha sido contemplada; la cual, siendo la del Hijo único del Padre, es perfecta con gracia y verdad.

(...)

17. [in fine] Pero nosotros, enseñados por Dios, ni anunciamos dos dioses y tampoco un dios solitario, y en la confesión de Dios Padre y de Dios Hijo aduciremos este razonamiento, sacado del anuncio de los profetas y del Evangelio: que uno y otro son en nuestra fe una sola cosa, pero no uno solo; y confesamos que uno y otro no son el mismo, ni que haya un ser intermedio entre el Dios verdadero y el falso, ya que el nacimiento no permite que el Dios nacido de Dios sea el mismo que este último, ni tampoco que sea una cosa distinta .

(...)


LIBRO II

1. Sería suficiente para los creyentes la palabra de Dios, que ha sido transmitida a nuestros oídos por el testimonio del evangelista con toda la fuerza de su verdad cuando el Señor dice: "Id ahora a enseñar a todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo, enseñándoles a observar todo lo que yo os ordeno. Mirad que estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo" (Mt 28,19s).

¿Qué es lo que no se dice en estas palabras acerca del misterio de la salvación del hombre? ¿Qué es lo que falta o queda oscuro? Todo es completo y perfecto, puesto que proviene del que es completo y perfecto, pues este pasaje contiene la significación exacta de las palabras, la realidad de las cosas, el orden de las funciones, la comprensión de la naturaleza. Mandó bautizar "en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo", es decir, en la confesión del autor, del unigénito y del don. Uno solo es el Autor de todas las cosas, pues "uno solo es Dios Padre, del que todo procede". Y "uno solo el Señor nuestro Jesucristo, por medio del cual todo fue hecho" (1 Cor 8,6). Y "un solo Espíritu" (Ef 4,4), don en todos. Todas las cosas están ordenadas según sus atributos y su actuación: una sola potencia de la que todo procede; un solo engendrado por medio del cual todo fue hecho; un solo don en el que tenemos la perfecta esperanza. Nada se echará en falta en una perfección tan grande, en la cual, en el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, se hallan la inmensidad en el eterno, la revelación en la imagen, el gozo en el don.

2. Pero por los errores de los herejes y blasfemos, nos vemos obligados a hacer lo que no es lícito, a escalar lo escarpado, a hablar de lo inefable, a atrevernos a lo prohibido. Y aunque hubiera sido más conveniente cumplir con sola fe lo que está ordenado, es decir, adorar al Padre, venerar con él al Hijo y tener en abundancia al Espíritu Santo, nos vemos obligados a ampliar nuestro humilde lenguaje hasta hablar de las cosas que son inexpresables; a causa del error ajeno, nos encontramos forzados a exponernos al error, de modo que aquello que hubiera tenido que quedar oculto en la devoción de nuestros corazones, ahora ha de ser sometido a los peligros del lenguaje humano.

3. Han aparecido muchos que han querido entender la sencillez de las palabras divinas según el capricho de su voluntad, no según su único significado verdadero, interpretándola de modo distinto a lo que pedía el valor de los textos, pues la herejía proviene de la interpretación errada, no de la Escritura; en el modo de comprenderla, no en la palabra, está la culpa. ¿Puede la verdad ser corrompida cuando se escucha la palabra "Padre"? ¿Acaso la naturaleza del Hijo no se contiene en el nombre? ¿Y no será el Espíritu Santo el que es así nombrado? Pues no es posible que en el Padre no exista la paternidad, ni que le falte al Hijo la filiación, ni que no sea propio del Espíritu Santo el ser recibido por nosotros. Pero hay hombres perversos que todo lo confunden y enredan, y llegan, en el extravío de su mente, hasta cambiar la naturaleza, y así privan al Padre de su paternidad cuando quieren quitar al Hijo la filiación. Le privan, en efecto, de ella cuando, en su opinión, el Hijo no lo es por naturaleza, pues no se es hijo según la naturaleza cuando no es la misma la que tienen el progenitor y el nacido. Y, en efecto, no es hijo aquel que tiene una naturaleza distinta de la del padre. ¿Y cómo podrá el Padre ser tal, si no reconoce en el Hijo la sustancia y la naturaleza que tiene él?

(...)

6. El Padre es aquel del que tiene el ser todo lo que existe. Él es en Cristo y por medio de Cristo el origen de todo. Además tiene en sí mismo su ser, no recibe lo que es de ninguna otra parte, sino que lo que es lo obtiene de sí mismo y en sí mismo. Es infinito, porque no está contenido en cosa alguna, sino que todo está en él. Siempre está fuera del espacio, porque por nada puede ser contenido. Es siempre anterior al tiempo, porque el tiempo procede de él. Corre con tu imaginación, si crees que tiene un fin último: siempre encontrarás que él está presente, porque, aunque tú quieras ir cada vez más lejos, siempre podrás aspirar a ir más allá. Siempre podrás buscar el lugar en que se encuentra, dado que su ser es infinito. Hablando de él fallarán las palabras, pero su naturaleza no podrá ser circunscrita. Repasa, una vez más, todos los tiempos; siempre encontrarás que él es; y cuando, hablando de él, te faltarán los números para calcular, a él no le faltará jamás el ser. Pon en marcha toda tu inteligencia e intenta abarcarlo entero con tu mente; no puedes alcanzar nada. A este todo le falta siempre algo; pero siempre está en el todo esto que falta. Luego no está entero aquello a lo que le falta algo, ni tampoco lo que falta es enteramente el todo, pues lo que falta es una parte, pero el todo es lo que está entero. Pero Dios está en todas partes y todo entero en cualquier lugar. Rebasa los límites de la inteligencia aquel más allá del cual no hay nada y al cual siempre pertenece el ser eterno.

Ésta es la verdad del misterio de Dios, éste es el nombre de la esencia impenetrable que hay en él: el Padre. Dios es invisible, inefable, infinito; la palabra ha de callar para expresarlo, la mente es torpe para investigarlo, la inteligencia se estrecha si quiere abarcarlo. El nombre de su naturaleza es el de Padre, pero él es únicamente Padre. No tiene el ser Padre como recibido de otros, al modo de los hombres. Él mismo es inengendrado, eterno, tiene siempre en sí la eternidad. Sólo es conocido por el Hijo, porque nadie "conoce al Padre más que el Hijo y aquel a quien el Hijo lo quisiera revelar" y nadie "conoce al Hijo más que el Padre" (Mt 11,27). Saben el uno del otro, y su conocimiento recíproco es perfecto. Y ya que nadie conoce al Padre más que el Hijo, nosotros debemos pensar acerca del Padre lo mismo que el Hijo que lo ha revelado, que es el único "testigo fidedigno" (Ap 1,5).

(...)

8. De una costa sin refugio hemos salido a alta mar, en medio de la tempestad, sin que nos sea posible avanzar o retroceder sin peligro; aunque hay todavía más dificultades en el camino que falta que en el ya recorrido. El Padre es como es, y se ha de creer que es así. Alcanzar al Hijo hace estremecer nuestra mente y cada palabra tiembla al ser pronunciada. Pues es la descendencia del ingenerado, uno que procede del uno, verdadero del verdadero, vivo del vivo, perfecto del perfecto, potencia de la potencia, sabiduría de la sabiduría, gloria de la gloria, "imagen del Dios invisible" (Col 1,15), forma del Padre ingenerado. ¿Y cómo juzgaremos el nacimiento del unigénito a partir del ingenerado? Pues con bastante frecuencia el Padre del cielo clama: "Este es mi Hijo amado en el que me he complacido" (Mt 17,5).

(...)

13. Preparaos para algo que no es menos que el correr de los cojos, la vista de los ciegos, la huida de los demonios, la vida de los muertos, pues para ayudarme en las dificultades más arriba expresadas está conmigo un pescador [el evangelista Juan] pobre, ignorante, indocto; que aplica sus manos a las redes, con los vestidos mojados, con los pies manchados de barro, todo él como quien sale de la barca. Buscad y tratad de entender si es más admirable haber resucitado a los muertos o comunicar a un inculto el conocimiento de esta doctrina. Pues dice: "En el principio existía la Palabra" (Jn 1,1). ¿Qué quiere decir "En el principio existía"? Se sobrepasan los tiempos, se pasan en silencio los siglos, se eliminan las edades. Coloca un principio cualquiera, el que prefieras; no logras limitarlo en el tiempo, pues ya existía aquel de que se trata. Mira el mundo y date cuenta de lo que se ha escrito acerca de él: "En el principio hizo Dios el cielo y la tierra" (Gén. 1,1). En el principio se hace aquello que se crea, y puedes determinar en el tiempo lo que en el principio se establece para que fuera creado. Pero mi pescador, iletrado, ignorante, está libre del tiempo, no está ligado a los siglos. Supera todo principio, pues era lo que es, y no puede ser limitado para que empiece a existir en tiempo alguno, ya que "en el principio existía", no fue creado.

14. Pero tal vez pensaremos que nuestro pescador se ha apartado del plan de exposición propuesto por nosotros, pues ha liberado a la Palabra de todo límite temporal y lo que es libre se pertenece a sí mismo y es para sí mismo, es solitario y a nadie está sometido. Prestemos atención a lo restante. Dice: "Y la Palabra estaba junto a Dios" (Jn 1,1). Sin principio está ya junto a Dios aquel que existía antes del principio. Aquel que existía está junto a Dios y aquel que está libre de cualquier tiempo que podamos pensar, no está lejos del que es su Autor. Nuestro pescador logró escapar. Pero tal vez quedará cogido en lo que aún le falta.

15. Tú dirás: "La Palabra es el sonido de la voz, la denominación de los objetos y la expresión de los pensamientos. Estaba junto a Dios y existía al principio porque es eterna la expresión del pensamiento cuando es eterno el que piensa".

Te responderé primeramente algunas cosas en lugar de mi pescador hasta que veamos de qué manera defiende él mismo su simplicidad. La palabra tiene en su naturaleza el poder ser; pero después de haber sido pronunciada es propio de ella el haber sido; solamente es en el tiempo en que es oída. ¿Y cómo "existía en el principio" (Jn 1,1) aquello que no es ni antes del tiempo ni después del tiempo? Ignoro incluso si puede existir en el tiempo, pues la palabra de aquellos que hablan no existe antes de que hablen y no será tampoco cuando hayan terminado de hablar; y en el mismo momento en que hablan, al final ya no será lo mismo que cuando empezaron. Estas cosas se me ocurren a mí, como uno de tantos.

Pero el pescador, por su cuenta, responde de otra manera. Y en primer lugar te reprocharé el haberlo escuchado con negligencia. Pues si has dejado pasar como oyente inexperto la primera frase: "En el principio existía la Palabra", ¿cómo te vas a quejar de lo que sigue: "Y la Palabra estaba junto a Dios" (Jn 1,1)? ¿Acaso habías oído "en Dios" para que entendieras la expresión de un pensamiento oculto? ¿O es que en tu simplicidad se te había escapado la importancia que tiene distinguir entre estar en alguno o estar junto a alguno? Pues no se afirma que lo que "en el principio existía" estaba en otro, sino con otro.

Pero no saco ninguna conclusión de lo que precede. Téngase presente lo que sigue. Fíjate en la condición y el nombre de la Palabra. Pues dice: "Y la Palabra era Dios" (Jn 1,1). Nada hay, por tanto, de sonido de voz ni de expresión de un pensamiento. Esta Palabra es una realidad, no un sonido; una sustancia, no una simple expresión; es Dios, no una vaciedad.

16. Pero me asusta el hablar y me intranquiliza este lenguaje inusitado. Escucho: "Y la Palabra era Dios" (Jn 1,1), y los profetas me anunciaron que no hay más que un solo Dios. Pero para que mi temor no pueda pasar más adelante, explícame, pescador mío, la economía de un misterio tan grande. Y relaciona todas estas cosas con la unidad de Dios sin alterarla, sin abolirla, sin someterla al tiempo. Dice: "Éste estaba en el principio junto a Dios" (Jn 1,2). Si estaba en el principio, no está contenido en el tiempo. Puesto que es Dios, no se hace mención de un simple sonido. Y si está junto a Dios, no se altera ni se elimina nada, pues su ser no se disuelve en otro y se afirma que está junto al único Dios ingenerado del que procede él mismo, único Dios unigénito.

17. Todavía esperamos de ti, pescador, que nos des a conocer la plenitud de la Palabra, pues ciertamente existía en el principio, pero pudo no existir antes del principio. También aquí te indico algo en lugar de mi pescador. Lo que era, no pudo no haber sido, pues "era" no permite que no haya sido en algún momento del tiempo. Pero ¿qué dice por sí mismo? "Todas las cosas fueron hechas por medio de él" (Jn 1,3). Luego, si nada existe sin aquel por el cual todas las cosas han tenido comienzo, aquel por el cual ha sido hecho todo lo que existe, es también infinito. El tiempo es una medida que indica la distancia no en el lugar, sino en la sucesión de aquello que permanece. Y puesto que todas las cosas provienen de él, no hay nada que no tenga su origen en él; luego también el tiempo procede de él.

18. Pero alguien puede decirte: "Pescador mío, en este punto has sido demasiado fácil y demasiado confuso. 'Todas las cosas fueron hechas por medio de él' (Jn 1,3) es una afirmación sin ningún límite. Y está el ingenerado, que no ha sido hecho por nadie, y está el mismo Hijo, engendrado del ingenerado. Al decir 'todas las cosas', no se hace ninguna excepción y nada puede quedar fuera". Pero, mientras no nos atrevemos a decir nada más o quizá nos esforzamos en hablar, ven a nuestro encuentro: "Y sin él nada se ha hecho" (Jn 1,3). Te has referido al Creador cuando has confesado que tiene un compañero, pues cuando dices que nada fue hecho sin él, entiendo que no lo ha hecho él solo, porque uno es aquel por medio del cual todo fue hecho, otro aquel sin el que nada fue hecho; cuando se habla del uno y del otro, podemos distinguir una alusión al que interviene y otra al Creador propiamente dicho.

19. Me sentía preocupado a causa del Creador, que es uno e inengendrado, no fuera a ser que al decir "todas las cosas" no se le exceptuara; pero me quitaste el miedo con las palabras: "Y sin él nada se ha hecho" (Jn 1,3). Y, no obstante, estoy inquieto y turbado a causa de esta frase: "Sin él nada se ha hecho", pues hay algo que ha sido hecho por otro, que, con todo, no ha sido hecho sin él; y si algo se ha hecho por otro, aunque no sin él, ya no han sido hechas por él todas las cosas, porque una cosa es haber hecho algo, otra distinta haber tenido una intervención con el que lo ha hecho. Sobre este punto, pescador mío, a diferencia de los demás, nada tengo que decir por mi cuenta. Se ha de responder en seguida con tus palabras: "Todas las cosas fueron hechas por medio de él" (Jn 1,3). Me doy cuenta, pues el Apóstol enseñó: "Lo visible y lo invisible, los tronos, las dominaciones, los principados, las potestades, todo fue creado por medio de él y en él" (Col 1,16).

20. Si todo fue creado por medio de él, ven en nuestra ayuda y cuéntanos qué es lo que no ha sido hecho sin él. "Lo que ha sido hecho en él es vida" (Jn 1,3s). Por lo tanto, no se ha hecho sin él lo que se ha hecho en él, pues lo que ha sido hecho en él, también ha sido hecho por medio de él, ya que "todo fue creado por medio de él y en él" (Col 1,16). Creado en él, porque nació como Dios creador. Pero también, por esta razón, nada se ha hecho sin él de lo que se ha hecho en él, porque al nacer como Dios era la vida; y el que era la vida no pudo haber sido hecho vida después de haber nacido, ya que en él no hay diferencia entre la condición en que ha nacido y lo que ha recibido después de nacer. No hay en él sucesión temporal entre el nacimiento y el crecimiento. Pero nada se hacía sin él de lo que se hacía en él, porque la vida es aquel en que se hacía, y Dios que ha nacido de Dios existe como Dios por el hecho de nacer, no ha adquirido esta condición después de haber nacido. Pues, al nacer como viviente del viviente, verdadero del verdadero, perfecto del perfecto, no nació sin el poder que le corresponde por su nacimiento, no se dio cuenta de su nacimiento después de que tuviese lugar, sino que se sabía Dios por el mismo hecho de nacer como Dios de Dios.

Por esto es el unigénito de aquel que no ha sido engendrado. Por esto, "yo y el Padre somos una sola cosa" (Jn 10, 30). Por esto confesamos un solo Dios cuando confesamos al Padre y al Hijo. Por esto, el Padre está en el Hijo, y el Hijo en el Padre. Por esto, "el que me ve, ve también al Padre" (Jn 14,9). Por esta razón, el Padre ha dado al Hijo todo lo que tiene. Por esto, "como el Padre tiene la vida en sí mismo, dio al Hijo tener la vida en sí mismo" (Jn 5,26). Por esto, "nadie conoce al Hijo más que el Padre y nadie conoce al Padre más que el Hijo" (Mt 11,27). Por esta razón, "en él habita la plenitud de la divinidad corporalmente" (Col 2,9).

21. Esta "vida es la luz de los hombres" (Jn 1,4), ésta es la luz que ilumina las tinieblas. Y para consolarnos ante la imposibilidad de describir la generación de que habla el profeta [Isaías], el pescador añadió: "Y las tinieblas no la comprendieron" (Jn 1,5). Aquí termina nuestra capacidad de hablar y no se sabe hacia dónde dirigirse. Y, no obstante, este pescador lo aprendió reposando sobre el pecho del Señor. No es éste el lenguaje de la tierra, porque no es de la tierra el asunto de que se trata. Si el sentido de estas palabras puede dar a conocer algo más de lo que hemos dicho ya, que se exponga, y si hay otros nombres que indiquen la naturaleza del Hijo que hemos explicado, que se muestren. Pero, si no los hay, más todavía, precisamente porque no los hay, admiremos esta doctrina del pescador y démonos cuenta de que en él está la palabra de Dios; y confesemos y adoremos al Padre y al Hijo, al ingenerado y al unigénito, como un misterio inefable que excede toda nuestra capacidad de comprensión y de expresión; y, a ejemplo de Juan, reposemos sobre el pecho del Señor Jesús para que podamos entender estas cosas y hablar sobre ellas.

San Hilario de Poitiers. La Trinidad.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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