irichc     Fecha  16/05/2003 01:35 
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Volver al foro Responder San Ireneo. Contra el dualismo gnóstico y marcionita.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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1. Porque el Señor, dándose a conocer a sus discípulos -cómo es la persona del Verbo que produce la agnición del Padre- y echando en rostro a los Judíos su pretensión de poseer a Dios con menoscabo de su Verbo, por cuyo medio es conocido Dios, decía (Mt 11,27; Lc 10,22): "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni conoce nadie al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quisiera revelar". Así escribió Mateo, y parecidamente Lucas, y lo mismo Marcos (sic); pues Juan pasa el lugar por alto. Estos, empero, que quieren ser más entendidos que los Apóstoles, escriben así: 'Nadie conoció al Padre sino el Hijo, ni al Hijo sino el Padre y aquel a quien el Hijo quisiera revelar'. Y lo interpretan como si ninguno hubiera conocido al verdadero Dios antes de la venida de nuestro Señor. El Dios anunciado por los profetas, dicen, no es el Padre de Cristo.

2. Pero si Cristo comenzó a existir cuando su venida como hombre, y (solamente) desde los tiempos de Tiberio César se acordó el Padre de mirar por los hombres, y no siempre mostraba haber asistido el Verbo suyo al plasma: ni siquiera entonces era menester inventar otro Dios, sino inquirir las razones de tanta incuria y descuido. Porque no ha de haber tal interrogante ni que tanto valga que reclame cambiar de Dios y aniquile nuestra fe en el Demiurgo que nos alimenta mediante su creación. Pues así como dirigimos nuestra fe al Hijo, así también debemos tener amor firme e inmóvil al Padre. Dice muy bien Justino en su libro "Contra Marción": 'Al propio Señor (Jesús) no le habría yo creído, si anunciara otro Dios fuera del Demiurgo y Autor y Nutricio nuestro. Mas como a partir del Dios único, que hizo este mundo y nos plasmó y todo lo contiene y administra, vino el Hijo Unigénito a nosotros recapitulando en Sí su plasma, es firme mi fe en él e inmutable el amor (mío) al Padre, dones ambos del Señor a nosotros'.

3. En efecto, ni al Padre puede uno conocer sin el Verbo de Dios, esto es sin revelación del Hijo (Mt 11,27; Lc 10,22), ni al Hijo sin el beneplácito del Padre (Mt 11,26; Lc 10,21). El Hijo da cumplimiento al beneplácito del Padre: envía el Padre, es enviado y viene el Hijo. Al Padre, invisible e infinito para nosotros, le conoce su Verbo; inenarrable como es, él (= el Verbo) nos le declara (cf. Io 1,18). A su vez, al Verbo suyo le conoce solo el Padre: que ambas cosas tienen así lugar lo manifestó el Señor. Y por eso, el Hijo, mediante la propia manifestación, revela el conocimiento del Padre. Pues el conocimiento del Padre es lo que el Hijo manifiesta: ya que todas las cosas se manifiestan por medio del Verbo. A fin, pues, de que conociéramos que el Hijo venido (a nosotros) es el mismo que otorga el conocimiento del Padre a quienes creen en él, decía a los discípulos: "Nadie conoce al Padre sino el Hijo, ni al Hijo sino el Padre y aquellos a quienes revelare el Hijo". Dábase a conocer a sí mismo y al Padre, tal como es, no fuéramos a admitir otro Padre fuera del revelado por el Hijo.

4. Este (= el Padre) es el Creador "del cielo y de la tierra" (Mt 11,25; Lc 10,21), como lo muestran sus palabras; y no el falso Padre inventado por Marción, o por Valentín, Basílides, Carpócrates, Simón o los demás falsamente apellidados Gnósticos. Poque ninguno de ellos fue Hijo de Dios, sino Cristo Jesús nuestro Señor, contra el cual adoctrinan, osando anunciar un Dios ignoto. Oigan en contra suya: ¿Cómo (es Dios) incógnito, si le conocen ellos? Lo conocido aun de pocos, no es incógnito. Por lo demás, nunca dijo el Señor que el Padre y el Hijo no podían en modo alguno ser conocidos. Si así fuera, estaría de sobra su venida. ¿A qué venía aquí? ¿Acaso a decirnos: 'No queráis buscar a Dios; porque, incógnito como es, no daréis con él'; tal afirman con mentira los valentinianos haber dicho el Cristo a los eones. Esto es necio. Enseñó empero el Señor que nadie puede conocer a Dios sin que le enseñe Dios, esto es, sin Dios no hay conocer a Dios; empero esto mismo -el ser conocido Él- es voluntad del Padre. Porque le conocen aquellos a quenes se lo revelare el Hijo.

5. A tal fin reveló el Padre al Hijo para manifestarse por su medio, y acoger en la incorruptela y refrigerio eterno a los que creen en él -creer empero en él es hacer su voluntad-, y recluir justamente en las tinieblas por ellos elegidas a quienes no creen y huyen por lo mismo de su luz. A todos, pues, se reveló a Sí el Padre, haciendo para todos visible a su Verbo; a su vez el Verbo, hecho visible a todos, manifestaba a todos al Padre y al Hijo. Habrá por ende justo juicio de Dios para todos los que, viendo por igual, no han creído por igual.

6. En efecto, el Verbo revela mediante la Creación al Dios Creador, y mediante al mundo al Señor Autor del mundo, y mediante el plasma al artífice Plasmador, y mediante el Hijo al Padre engendrador del Hijo. Estas cosas las profesan todos por igual, mas no las creen por igual. También mediante la Ley y los profetas anunciaba el Verbo por igual a Sí mismo y al Padre; y todo el pueblo oyó por igual, mas no todos creyeron por igual. Mediante el propio Verbo hecho visible y palpable manifestábase el Padre; y aunque no todos creían por igual en él, todos vieron en el Hijo al Padre (cf. Io 14,9): pues el Padre es lo invisible del Hijo, como el Hijo es lo visible del Padre. Por eso todos invocaban en su presencia a Cristo y le llamaban Dios. Los mismos demonios, a la vista del Hijo, decían (Mc 1,24; Lc 4,34): "Sabemos quién eres, el Santo de Dios". El diablo, a vista de él, (le) decía tentando (Mt 4,3; Lc 4,3): "Si tú eres el Hijo de Dios". Todos, por cierto, veían e invocaban al Hijo y al Padre, mas no todos creían.

7. Convenía que la verdad fuera atestiguada por todos; y que haya un Juicio para salud de los creyentes; de suerte que sean todos juzgados con justicia; y todos comprueben la fe en el Padre y el Hijo, esto es, que todos la confirmen, con testimonio de todos: los de casa, porque amigos, y los extraños, porque enemigos. Pues aquélla es verdadera e incontrastada prueba que aduce testificaciones sigiladas de los propios adversarios, convictos en el presente negocio ante su manifiesta visión, que testifican y sellan, aunque luego pasen al campo enemigo y acusen y pretendan no ser verdadero su (anterior) testimonio. No era, pues, uno el conocido, y otro el que decía "Nadie conoce al Padre", sino uno solo y mismo, a quien el Padre somete todas las cosas (cf. 1 Cor 15,27), y a quien todas testifican ser en verdad hombre y también Dios: el Padre, el Espíritu, los ángeles, la propia creación, los hombres, los espíritus apóstatas, los demonios, el enemigo, y últimamente la muerte misma (1 Cor 15,25-26). Todas las cosas las lleva a perfección el Hijo desde el principio hasta el fin, en su servicio al Padre, y nadie sin él puede conocer a Dios. Conocimiento del Padre es el Hijo, y conocimiento del Hijo hay en el Padre, y revelado mediante el Hijo. Por eso decía el Señor (Mt 11,27; Lc 10,22): "Nadie conoce al Hijo sino el Padre, ni al Padre sino el Hijo y aquellos a quienes revelare el Hijo". "Revelare" no solamente se dijo en futuro, como si el Verbo hubiera comenzado a manifestar al Padre, a partir del nacimiento de María, sino en general por todo el tiempo. Porque estando el Hijo desde el principio presente a su plasma, revela (siempre) a todos al Padre: a quienes quiere y cuando quiere y como quiere el Padre. En todas las cosas, pues, y a través de todas hay un solo Dios Padre y un solo Verbo Hijo y un solo Espíritu y una sola salud para todos los que en Él creen.

San Ireneo. Contra las herejías, Libro IV, Cap. VI.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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