irichc     Fecha  16/11/2003 15:44 
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Volver al foro Responder San Ireneo. Salvación y 'salus carnis'.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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25. 1. Y no sólo por lo dicho, sino aun por lo que será bajo el Anticristo se echa de ver que el diablo, apóstata como es y ladrón, quiere ser adorado como Dios; y, esclavo, ser proclamado rey. Depositario de todos los poderes del diablo, vendrá, en efecto (el Anticristo), no como justo rey ni como legítimo en sumisión a Dios, sino lleno de impiedad e injusticia y sin ley; como apóstata e inicuo y homicida, como ladrón que recapitula en sí la apostasía del diablo y destierra a los ídolos a fin de persuadir que es Dios, no sin alzarse por único ídolo que concentra en su persona la variedad del error disperso en los demás ídolos, para que cuantos adoran al diablo con multitud de abominaciones le sirvan mediante este único ídolo. De él dice así el Apóstol en la segunda carta a los de Tesalónica (2 Thes 2,3-4): "Pues a no venir primero la apostasía y revelarse el hombre del pecado, el hijo de la perdición, el adversario y que se alza contra todo el que se dice Dios o recibe culto, hasta sentarse en el templo de Dios, presentándose a sí propio como quien es Dios". Manifiestamente indica el Apóstol su apostasía, y que se alzará sobre todo el que se dice Dios o recibe culto, a saber, sobre todo ídolo -éstos son, en efecto, los que los hombres llaman dioses, sin que lo sean- y se esforzará tiránicamente por presentarse como Dios.

(...)

26. 2. Si pues el Dios grande significó lo venidero mediante Daniel y lo confirmó mediante el Hijo; y es Cristo la piedra desgajada sin manos que destruirá los imperios temporales y traerá el eterno, a saber, la resurrección de los justos- pues suscitará, dice (Dan 2,44), "el Dios del cielo un imperio que jamás se corromperá"- hagan penitencia en confusión cuantos desechan al Creador y niegan haber sido enviados los profetas por el mismo Padre de quien vino el Señor y enseñan que las profecías reconocen por origen diversas potestades. Pues las cosas anunciadas por el Creador en forma similar mediante todos los profetas, Cristo las llevó a cumplimiento en el fin (de los tiempos), como quien servía al querer de su Padre y consumaba la humana economía.

Todos los temerosos de Dios reconozcan, pues, por órganos de Satanás a quienes blasfeman del Creador: sea de palabra y descaradamente, como los marcionitas; sea por una doctrina perversa, como los valentinianos y todos los falsamente llamados gnósticos. Por su medio se atrevió ahora, no antes, Satanás a maldecir del Dios que dispuso el fuego eterno para todos los apóstatas.

Personalmente, por sí mismo, no se atreve a blasfemar de su Señor; igual que lo hizo al principio, al seducir al hombre por medio de la serpiente, como a escondidas de Dios. Dijo muy bien Justino que antes de la venida del Señor no osó Satanás blasfemar de Dios, como quien aún ignoraba su condenación -ya que de ello habían hablado los profetas entre parábolas y alegorías-; mas después del advenimiento del Señor al aprender claramente de labios de Cristo y de sus Apóstoles cómo había sido preparado el fuego eterno para él, espontáneo apóstata de Dios, y para cuantos perseveran impenitentes en la apostasía: se sirve de tales hombres para blasfemar del Señor que trae consigo el juicio, como si ya estuviese condenado, y echar en cara el pecado de la propia apostasía al Creador, no a su voluntad y pensamiento. Exactamente como los que por transgredir a las leyes sufren castigo, y se quejan de los legisladores, no de sí. También éstos, llenos de espíritu diabólico, amontonan innumerables acusaciones sobre el que nos hizo y otorgó en don el Espíritu de vida e instituyó una ley apropiada a todos; y no quieren reconocer la justicia del Juicio de Dios. Por lo cual excogitan otro Dios, el Padre, que no tiene cuidado ni providencia de nuestras cosas; más aún, pasa por todos los pecados.

(...)

32. 1. Algunos se dejan llevar interiormente por los discursos heterodoxos, y desconocen las economías de Dios y el misterio de la resurrección y reino de los justos, a saber, el preludio de la incorruptela, mediante el cual, los que fueren dignos se habitúan poco a poco a comprender a Dios. Resulta, pues, necesario hablar de tales economías: cómo en primer lugar es preciso que en esta creación innovada, redivivos los justos ante la aparición del Señor, reciban en su cumplimiento la herencia prometida por Dios a los patriarcas; y reinen en ella, y sólo después tenga lugar el Juicio. Justo es, efectivamente, que reciban los frutos del sufrimiento en la creación misma en que trabajaron o fueron afligidos, probados de todas maneras por el sufrimiento; y sean vivificados en la misma creación en que padecieron muerte a causa del amor de Dios; y reinen en la misma creación en que sufrieron servidumbre. Dios es rico en todo, y todo es de Él. Conviene, pues, que la propia creación, restituida a su régimen primero, preste servicio sin trabas a los justos. Esto mismo dio a conocer el Apóstol en carta a los Romanos: "Pues la expectación de la creatura -dice (Rom 8,19-21)- aguarda la epifanía de los hijos de Dios. Porque la creación fue sujeta a la vanidad, no de grado, sino por aquel que la sometió en esperanza; ya que la propia creatura se libertará de la servidumbre de la corrupción, para entrar en la libertad de la gloria de los hijos de Dios".

2. Persevera así igualmente firme la promesa de Dios a Abrahán. Díjole, en efecto (Gen 13,14-15): "Alza los ojos y mira desde el sitio donde estás al norte y al sur, al oriente y al mar; pues toda la tierra que estás viendo te la daré a ti y a tu descendencia para siempre". Y de nuevo (Gen 13, 17): "Levántate y recorre la tierra a lo largo y ancho, porque te la daré". Mas no la recibió en herencia, ni siquiera el rastro de un pie; sino que siempre fue "peregrino y extraño" (Gen 23,4) en ella. A raíz de la muerte de su mujer Sara, los hititas deseaban regalarle un sitio para su sepultura, mas no se lo quiso recibir; y compró la tumba por cuatrocientos didracmas de plata al hitita Efrón, hijo de Seor (cf. Gen 23,3-20). Aguardaba la promesa de Dios, y no quería a la faz de los hombres recibir de ellos lo que Dios le había prometido en regalo, al decirle nuevamente (Gen 15,18): "A tu linaje daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el gran río Eufrates". Y enumeró los diez pueblos que moraban en toda esta región (cf. Gen 15,19-21). A este prometióle Dios la herencia de la tierra; mas no la recibió a lo largo de su vida aquí. Es, pues, menester que la reciba con su linaje -a saber, con los que temen a Dios y creen en Él- en la resurrección de los justos. Mas su linaje es la Iglesia, que mediante (el Señor) Dios recibe la adopción de él (= Abrahán), según afirmaba Juan Bautista (Mt 3,9; Lc 3,8): "Ya que poderoso es Dios para de las piedras suscitar hijos a Abrahán". También el Apóstol dice en carta a los Gálatas (4, 28): "Mas vosotros, hermanos, sois hijos, según Isaac, de la repromisión". Y de nuevo, en la misma, afirma manifiestamente, de quienes creyeron en Cristo, que acogen a Cristo, objeto de la promesa a Abrahán: "A Abrahán -dice (Gal 3,16)- fuéronle dichas promesas, y a su linaje". Y no dice: "Y a los linajes, como de muchos, sino de uno solo: Y a tu linaje, a saber, Cristo". Confirmando de nuevo lo dicho, afirma (Gal 3,6-9): "Así como Abrahán creyó a Dios y fuele deputado para justicia. Entended, pues, que quienes vienen de fe, ésos son hijos de Abrahán. Previendo además la Escritura que Dios justifica a los gentiles a partir de la fe, anunció a Abrahán: Serán bendecidas en ti todas las gentes. De suerte que quienes vienen de la fe serán bendecidos con el creyente Abrahán". De este modo, los que vienen de la fe serán bendecidos con Abrahán el creyente, y son hijos de Abrahán. Dios prometió la herencia de la tierra a Abrahán y su linaje; mas ni Abrahán ni su linaje -a saber, los que son justificados a partir de la fe- reciben ahora en ella la herencia. La recibirán, empero, en la resurrección de los justos. Porque veraz y firme es Dios; y por eso llamaba (Mt 5,5) "dichosos a los mansos, porque ellos heredarán la tierra".

(...)

33. 1. Por eso, según venía a la Pasión, para evangelizar a Abrahán y a sus acompañantes la apertura de la herencia, dio gracias con el cáliz entre las manos, bebió de él y se lo dio a los discípulos con estas palabras (Mt 26,27-29): "Bebed todos de él: ésta es mi sangre de la nueva Alianza, que será derramada por muchos para remisión de los pecados. Os digo: desde ahora no beberé del fruto de esta vid hasta el día aquel en que lo beba de nuevo con vosotros en el reino de mi Padre". Renovará, en efecto, personalmente la herencia de la tierra y restituirá el misterio de la gloria de los hijos (cf. Rom 8,21) -según dijo David (Ps 103,30): "El cual renovará la faz de la tierra"-. Prometió beber del fruto de la vid junto con sus discípulos, dando a entender ambas cosas: la herencia de la tierra en que se bebe el nuevo fruto de la vid, y la resurrección en carne de sus discípulos. Pues la carne que resucita nueva, es la que gusta asimismo el nuevo cáliz. Uno que se instala arriba, en lugar sobreceleste, difícilmente se comprende pueda beber con los suyos el fruto de la vid; ni a su vez están destituidos de carne los que lo beben: es cosa de la carne, y no del espíritu, la bebida que se saca de la vid.


San Ireneo de Lyon. Contra las herejías (Libro V).                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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