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Volver al foro Responder San Paciano de Barcelona. Sobre el nombre de Católico.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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SOBRE EL NOMBRE DE CATÓLICO

Paciano, al hermano Semproniano, salud.

I. Si no es por una curiosidad carnal, sino más bien, como yo creo, por un provecho espiritual el que examines en mí, señor, la fe de la verdad católica; tendrías que haber sido tú el primero en indicarme cuál era o hasta qué punto era diversa tu fe (ya que, por lo que se ve, habiendo empezado a beber en el reguero, te habías alejado de la fuente y del origen de la Iglesia principal) y mostrarme cuál había sido la causa primaria de la separación de la unidad de nuestro cuerpo. Menester es poner al desnudo aquellos miembros por los que se pide la medicina. Cerrada ahora, por decirlo así, la expansión de tus cartas, no logro ver cuáles son los miembros que yo he de sanar; puesto que tantas son las herejías que del cristianismo han derivado, que el nombre de ellas solas ya forma una lista interminable. Pues, dejando de lado a los herejes de los judíos, Dositeo el samaritano, los saduceos y los fariseos, enumerar sólo a aquellos que surgieron en los tiempos de los apóstoles, sería algo muy largo: Simón Mago, Menandro y Nicolás y todavía aquellos otros que tiene escondidos la fama oscura. ¿Y qué diré de los que surgieron en tiempos más tardos: Ebión y Apeles y Marción y Valentín y Cerdón; y no mucho después que estos, los Catafrigios y los Novacianos, obviando a los enjambres de última hora?

II. ¿A quién he de comenzar a refutar con mis cartas? Si tanto quieres, ni los mismos nombres de todos cabrían en estas hojas; pero digamos que tú, condenando en redondo la penitencia, te clasificas y te adscribes bajo el número y la opinión de los Frigios. Ahora bien, estos mismos, clarísimo señor mío, profesan unos errores tan multiplicados y variados, que no es tan sólo uno de ellos lo que creen en vistas de la penitencia, sino que será necesario decapitar muchos más, como tantas otras cabezas de la hidra de Lerna. (...).

IV. Y mientras tanto, en lo que concierne a la carta que tengo ante los ojos, quiero en primer lugar rogarte que no pidas autoridad para el error, esto es, como dices, que hasta el momento por el orbe todo, no se ha encontrado a nadie que te venciera y pudiese convencerte de nada contrario a lo que tú crees. Como sea que siendo nosotros imperitos, el espíritu de Dios es peritísimo, y pese a ser nosotros infieles, "Él permanecerá fiel, que no puede negarse a sí mismo" (II Tim. 2, 13). Y además se ha de añadir el que a los Sacerdotes no les es cosa lícita la tozuda y porfidiosa discusión: "Si, a pesar de esto, dice el Apóstol, alguno gusta de disputar, nosotros no tenemos tal costumbre, ni tampoco las iglesias de Dios" (I Cor. 11, 16). "Después de una y otra amonestación", como tú mismo sabes, el porfidioso discutidor es dejado de lado (Tit. 3, 10). De no ser así, ¿quién será capaz de convencer al que no quiere dejarse convencer? Tuya es, hermano, la culpa, y no de ellos, si ninguno llega a persuadirte de lo que era mejor. Y hoy mismo, está a tu alcance el no tener en cuenta nuestros escritos, si más bien prefieres repugnarlos que aprobarlos. En este sentido, fueron muchos los que opusieron resistencia al Señor y a sus Apóstoles; y nunca la verdad podrá ser persuadida a nadie que en conciencia no asienta a ella.

V. Es por ello, señor, que nosotros, al escribir, no tenemos la confianza de poder convencer a nadie que repugne, sino con aquella fe que no niega el acceso al que de buena voluntad quiere. Y si tal disposición está en tu ánimo y en tu espíritu, ya no hay polémica posible sobre el nombre de Católico; dado que si es por Dios el que nuestro pueblo lo lleve, ya no hay que preguntarle nada, si la autoridad divina le precedió; y si fue el hombre quien lo usurpó, se ha de poner en claro cuándo fue esta usurpación. Entonces, si el nombre es bueno, no tiene ninguna odiosidad; si es malo, no hay razón para envidiarlo. Tengo entendido que los Novacianos se llaman así por un tal Novato o Novaciano; no obstante, yo en ellos no blasmo el nombre, sino la secta. No hubo nadie que a Montano o a los Frigios les echara en cara el nombre solo.

VI. Pero me dirás: En tiempos de los apóstoles, nadie se hacía llamar Católico. Bien, que así sea; pero concédeme al menos esto: ¿Cómo fue que tras los Apóstoles existieron herejías, y bajo nombres distintos pugnaban para desgarrar y partir la Paloma de Dios, la Reina? ¿Por ventura el pueblo apostólico no exigía su propio apellido, sello de la unidad del pueblo incorrupto, a fin de que el error de algunos no profanase la inmaculada virgen de Dios en sus miembros? ¿Es que no estaba bien que la cabeza principal fuera distinguida con su nombre propio? Si yo, pongamos por caso, hubiese entrado hoy en una ciudad populosa y hubiera descubierto que se llamaban cristianos los Marcionitas, los Apolinaristas, los Catafrigios, los Novacianos y todavía otros del mismo estilo, ¿con qué apellido conocería yo a la reunión de mi pueblo, si no se llamase Católico? Dime: ¿quién fue el que a los otros pueblos concedió tantos nombres? ¿Por qué cada ciudad, cada nación tiene su delimitación propia? Y aquel mismo que me interroga sobre el nombre de Católico, ¿ignorará las razones de mi nombre, si busca el origen de donde me vino? Ciertamente que no es hurtado a ningún hombre lo que, a pesar de los siglos, no se perdió. El nombre este de Católico no hace sonar el de Marción, ni el de Apeles, ni el de Montano ni admite autores suyos entre los herejes.

VII. Muchas son las cosas que nos enseñó el Santo Espíritu, Paráclito y Maestro, que Dios desde el cielo transmitió a los Apóstoles; muchas son aquellas cosas que la razón enseña, como dice San Pablo; y la honestidad y la naturaleza misma muchas cosas nos enseñaron. ¿Y qué? ¿Es poca la autoridad que nos procede de los varones apostólicos, es poca la que nos viene de los primeros sacerdotes, es poca la que se deriva del muy bienaventurado Cipriano, mártir y doctor? ¿Es que pretenderemos dar lecciones a un maestro? ¿Por ventura somos más sabios que él, y nos hincha el espíritu de la carne contra aquel que la noble sangre y la corona de la pasión ínclita demostraron que era testigo del Dios eterno? ¿Qué tantos obispos ancianos, qué tantos mártires y tantos confesores? Dime: si aquellos autores no están capacitados para usurpar este nombre, ¿lo estaríamos ya nosotros para negarlo? ¿Y serán más bien los Padres los que tendrán que seguir nuestra autoridad, y habrá de enmendarse la antigüedad de los Santos, y estos tiempos nuestros, podridos de vicios, extirparán la canicie de la veteranía apostólica? No te enojes demasiado, hermano mío: Cristiano es mi nombre y Católico mi apellido. Aquél expresa lo que digo ser; el otro me demuestra como soy. Éste me da por bueno; aquél me significa.

VIII. Al cabo hemos de dar razón del vocablo "Católico" y explicar en lengua romana una palabra griega. Católico quiere decir: "Dondequiera, uno"; o como los Doctores piensan "obediencia de todos" a los mandamientos de Dios, naturalmente. De donde dice el Apóstol: "Si sois obedientes en todo" (II Cor. 2, 9). Y en otra ocasión: "Pues como, por la desobediencia de uno, muchos fueron los pecadores, así también, por la obediencia de uno, muchos serán hechos justos" (Rom. 5, 19). Así pues, el que es católico es obediente a lo que es justo; y el que es obediente, ya es cristiano; y de este modo el católico ya es cristiano. Por lo cual, nuestro pueblo es distinguido del pueblo herético por el solo hecho de llamarse católico. Pero, que católico signifique "uno en todas partes", como sienten los Padres, David mismo nos lo ha dado a entender cuando dice: "Hijas de reyes vienen a tu encuentro, y a tu diestra está la reina con oro de Ofir" (Salm. 45, 10), es decir, una en todos. Y en el Cantar de los Cantares el Esposo habla así: "Pero es única mi paloma, mi inmaculada; es la única hija de su madre, la predilecta de quien la engendró" (Cant. 6, 8). Y de nuevo: "Detrás de ella, las vírgenes, sus compañeras, son introducidas a ti" (Salm. 45, 15). Y todavía esto otro: "Doncellas son sin número" (Cant. 6, 7). Por tanto, se manifiesta una en todos y una sobre todos, si vas a indagar la significación del nombre.

IX. En cuanto a la penitencia, haga Dios que a ningún fiel le sea necesaria. Nadie después del baño de la fuente sagrada caiga en el hoyo de la muerte; que los sacerdotes no se vean obligados a proporcionar tardos consuelos, tardas lecciones y que, mientras subvienen dulcemente los remedios de pecar, no abran el camino de pecar. Pero nosotros descubrimos esta indulgencia de nuestro Dios a los miserables, no a los predestinados, y no antes del pecado, sino después del pecado. Y anunciamos la medicina, no a aquellos que están buenos, sino a aquellos otros que enferman. Si nada pudieran contra los cristianos las malicias espirituales; si aquel fraude antiguo de la serpiente, que derrumbó al primer hombre, que en los que de él descendieron marcó tantos títulos de condenación; si de este mundo ya no formara parte; si aquí ya hubiésemos empezado a reinar; si ningún crimen llegó a nuestros ojos, ningún crimen a nuestras manos, ningún crimen a nuestras almas, rechazamos este don de Dios, rechazamos este auxilio; que no se escuche ningún gemido ni sollozo alguno de penitencia y que la justicia se niegue, altiva, a cualquier remedio.

X. Ahora bien, que si el Señor proveyó estas cosas en bien del hombre, obra suya; si Él mismo asignó con largueza premios a los que se mantuvieron firmes, y remedios a espuertas a los que cayeron; cesad de acusar la piedad divina y, so pretexto de rigor, de borrar tantos títulos de la clemencia celestial y con aspereza inexorable estorbar los bienes que Dios nos dispensa de buen grado. No es de lo nuestro que hacemos tales larguezas. "Convertíos a mí, dice el Señor, en ayuno, en llanto y en gemidos. Rasgad vuestros corazones, no vuestras vestiduras" (Joel 2, 12). Y otra vez: "Deje el impío sus caminos, y el malvado sus pensamientos, y vuélvase a Yavé, que tendrá de él misericordia" (Is. 55, 7). Y aún más: "Convertíos a Yavé, vuestro Dios, que es clemente y misericordioso, tardo a la ira y rico en benignidad, y se arrepiente en castigar" (Joel 2, 13). ¿Tiene la serpiente un veneno que tanto le dura, y Jesucristo no tendrá una medicina? En este mundo, el Diablo causa la muerte, ¿y Jesucristo en este mismo mundo no podrá socorrer? ¡Que nos sepa mal pecar, pero que no nos sepa mal hacer penitencia! ¡Que nos dé vergüenza ponernos en peligro, pero que no nos la dé recobrar la seguridad! ¿Quién quitará al náufrago la tabla, a fin de que no se escape? ¿Quién compadecerá a las llagas su curación? ¿No es David el que dice: "Todas las noches inundo mi lecho y con lágrimas riego mi estrado" (Salm. 6, 7)? Y además: "Te confesé mi pecado y no oculté mi iniquidad" (Salm. 32, 5). (...) ¿Tienen algún otro significado aquellas parábolas dominicales? ¿Qué es la dracma que encontró la mujer en casa y se dejó felicitar porque la había encontrado? ¿Qué es el pastor que devuelve al redil a la oveja extraviada? ¿Qué es el padre que, amoroso, sale al paso del hijo que vuelve, después de malversados todos sus bienes con locas hembras y fornicarios, y reta, mostrándole la razón, al hermano que concibió envidia? Y le dice: "Este tu hermano estaba muerto, y ha vuelto a la vida; se había perdido, y ha sido hallado" (Luc. 15, 32) ¿Qué da a entender aquel caminante malherido delante del cual pasaron de largo el sacerdote y el levita? ¿No fue, al cabo, curado? (Luc. 10, 30).

XI. Considera bien todo aquello que a las Iglesias dice el Espíritu Santo: acusa a los Efesios por la caridad abandonada, imputa el estupro a los de Tiatira, a los Sardos porque abandonaron el celo en obrar, reta a los de Pérgamo por la diversidad de las doctrinas, blasma el lujo de los de Laodicea y, no obstante, invita a todos a la penitencia satisfactoria. ¿Y qué, el Apóstol cuando dice a los Corintios: "Que al llegar de nuevo, sea de mi Dios humillado ante vosotros y tenga que llorar por muchos de los que antes pecaron y no hicieron penitencia de su impureza, de su fornicación y de su lascivia"? ¿Y qué cuando vuelve a decir a los Gálatas: "Hermanos, si alguno fuere hallado en falta, vosotros los espirituales, corregidle con espíritu de mansedumbre, cuidando de ti mismo, no seas también tentado" (Gal. 6, 1)? ¿Tal vez, en una gran casa, el padre de familia sólo guarda la platería y la vajilla de oro? ¿No se digna asimismo a custodiar los recipientes de barro y los de madera e incluso aquellos otros que se rompieron y fueron remendados? "Ahora me alegro, dice el Apóstol, no porque os entristecisteis, sino porque os entristecisteis para la penitencia" (II Cor. 7, 9). Y en otro lugar dice: "Pues la tristeza según Dios es causa de la penitencia saludable" (II Cor. 7, 10). Pero hay quien no pudo hacerla. Nadie encarga el trabajo sin paga. "Porque el obrero es digno de su salario" (Luc. 10, 7). Jamás Dios conminaría al impenitente si no perdonaba al penitente. Sólo Dios puede esto, me dirás; verdad dices, y potestad suya es aquello que hace por mediación de los sacerdotes. ¿Qué es lo que dice a los Apóstoles: "Cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos" (Mat. 16, 19)? ¿Para qué diría eso si a los hombres no les estaba permitido atar y desatar? ¿Sólo a los Apóstoles les es lícito? Entonces, a ellos solos corresponde bautizar, a ellos solos dar el Espíritu Santo, a ellos solos perdonar el pecado de los gentiles, porque esta misión total a nadie sino a los Apóstoles fue encomendada.

XII. Pero si en otro lugar fueron depositadas la potestad de resolver los vínculos y la potestad del Sacramento, o todo ha manado hasta nosotros por disposición y poder de los apóstoles, o hasta nosotros no llegó aquello de los decretos apostólicos: "Yo, dice, como sabio arquitecto, puse los cimientos, otro edifica encima" (I Cor. 3, 10). Nosotros bastimos sobre los fundamentos que estableció la doctrina de los Apóstoles. Y para terminar, los Obispos se llaman también Apóstoles, tal y como del Epafrodita dice Pablo: "Nuestro hermano, cooperador y camarada mío, vuestro Apóstol y ministro en mis necesidades" (Filip. 2, 25).

XIII. Si, pues, la potestad del Bautismo y del Crisma, que son con mucho los dones más excelentes, descendió desde aquí arriba hasta los Obispos, también descendió el poder de atar y desatar. Y este poder, ya sea que por culpa de nuestros pecados lo ejerzamos temerariamente, Dios que a los Obispos otorgó el nombre de su Único, no se lo negó a ellos, santos como son y ocupando la cátedra de los Apóstoles.

(...)

XV. Todavía quiero que sepas, hermano, que este mismo perdón que a la penitencia se concede no a todos ni en todas partes es dado ni es concedido antes que la divina voluntad se demuestre o se aproxime una visita de Dios. Después de una ponderación y un examen bien maduro, después de proferir muchos gemidos y haber derramado muchas lágrimas, después de las plegarias de la Iglesia toda, jamás es negado el perdón a la verdadera penitencia, pero de tal manera que no se prejuzga la sentencia del Cristo que nos judicará. Si más elucidaciones quieres, escríbeme, hermano, y la instrucción será más copiosa.

San Paciano de Barcelona [siglo IV]. Epístolas.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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