irichc     Fecha  11/03/2006 02:34 
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Volver al foro Responder Séneca. El origen del mal.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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La superstición es el peor enemigo de la imperturbabilidad estoica, basada en presupuestos racionalistas. En las Cuestiones naturales Séneca aplica la navaja de Ockham a todos aquellos fenómenos tenidos en su tiempo por grandiosos e inexplicables y que tradicionalmente solían imputarse al capricho de las deidades paganas, que operaban como fuerzas sobrenaturales u ocultas. El filósofo sale al paso: cualquier efecto que sea corpóreo ha de tener también una causa corpórea adecuada, y aunque los elementos parezcan luchar entre sí, carecen de voluntad y se limitan a obedecer como el más pequeño de los seres aquellas razones que son su condición de existencia y señalan invariablemente el curso de su devenir. El milagro ya no es algo monstruoso, arbitrario y sin fin aparente, sino que reside en el orden mismo, siempre regular y homogéneo, en la conjunción suprema de los estados de cosas, que apunta hacia un demiurgo anterior a todo lo que vemos y sentimos.

El "problema del mal", que los maniqueos tomaron del pesimismo pagano y hoy adoptan los deístas y los ateos de manera risible, parte todavía de la perplejidad acientífica de ver al mundo "luchando consigo mismo", entregado a pasiones caóticas y valorando éstas con el rasero del hombre por única medida. Es el argumento antrópico al revés. La naturaleza se comporta como si actuase contra nosotros, luego -llega a concluirse- Dios no se preocupa del hombre.

Pero para Séneca una es la acción de Dios, inconmovible, plasmada de una vez en el orbe creado por él, y otra la de la criatura humana, fruto de su percepción parcial, libre en esencia, aunque sujeta a miedos y falacias. Esta forma de demostrar la íntima trabazón de los sucesos le permite distinguir lo necesario de lo voluntario, es decir, aquello que no debemos temer, ya que es inevitable, y aquello a lo que hemos de aplicarnos, pues nos afecta y queda a nuestro albur su reforma. El conocimiento viene a ser la fuente de la tranquilidad y la virtud. Mas toda teoría tiene una antítesis que la define. Su opuesto, el discurso del mal universal, de la materia sin entelequia, acuñado desde Epicuro y transmitido por una larga sucesión de filósofos nihilistas, sirve al cometido contrario: convertir el conocimiento en poder y manipulación; negar el albedrío y la providencia; destruir los fundamentos teleológicos de la ética con tal de sensualizarla.

El siguiente texto de Séneca, con poso metafórico, ejemplifica la miseria humana. Ésta es libremente asumida desde el comienzo de los tiempos, pero resulta tan ajena al esbozo primigenio del plan de Dios como a la vocación del ser capaz de emanciparse intelectualmente.

* * *

La avaricia no ha buscado, por vez primera en nuestra época, tesoros mal escondidos por las tinieblas, escudriñando las venas de la tierra y de las rocas. Aquellos antepasados nuestros, a los que ensalzan continuamente, de los que lamentamos ser distintos, llevados por la esperanza echaron abajo montes, y pensando en los beneficios se mantuvieron firmes bajo parajes a punto de derrumbarse. Antes de Filipo, rey de los macedonios, hubo quienes fueron tras el dinero hasta las tinieblas más profundas; gozando de una vida libre, sin trabas, se metieron en cuevas a las que no llegaba la diferencia entre el día y la noche. ¿Qué esperanza pudo hacerles abandonar la luz tras de sí? ¿Qué necesidad tan acuciante curvó, hundió y sumergió en las profundidades más recónditas de la tierra al hombre erguido hacia las estrellas, con tal de arrancar el oro, metal cuya búsqueda entraña el mismo peligro que su posesión? Por eso trazó galerías y reptó en busca de un botín enfangado e inseguro, olvidándose de los días, olvidándose de una naturaleza mejor que abandonó. ¿Es que a un muerto puede serle tan pesada la tierra como a esos sobre los que su inmensa avaricia arrojó el peso de las tierras; a los que esta misma arrebató el cielo y enterró en sus profundidades, donde se oculta el virus maligno? Se atrevieron a descender allí donde iban a encontrarse con una disposición nueva de las cosas: tierras suspendidas en el vacío, vientos inanes en la oscuridad, manantiales pavorosos de aguas que fluyen sin ningún sentido, una noche distinta, eterna. ¡Y después de haber hecho esto temen los infiernos!


Séneca. Cuestiones naturales.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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