irichc     Fecha  10/06/2003 01:59 
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Volver al foro Responder Servet y los anabaptistas   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Razones contra el bautismo de niños

Una vez completo el tratamiento sistemático de los misterios del bautismo, no nos queda, para coronar toda nuestra obra, sino aducir algunas otras consideraciones y definiciones del bautismo y resolver ciertas objeciones, con el fin de que, desaprobando totalmente el bautismo de niños, no quede ningún lugar a dudas.

Primera razón contra el bautismo de niños. Que la perfección de los símbolos de Cristo exige hombres perfectos, o al menos, capaces de perfección.

Segunda razón. Los símbolos de Cristo fueron instituidos como recuerdo, para que el hombre pueda recordar los beneficios de Cristo y rememorar el día en que con Cristo fue sepultado, consciente de que no podría renovarse, si falla en esa gracia. Gran cosa sería que cada uno lo tuviésemos bien grabado. Por falta de esta memoria olvidamos a Cristo con facilidad.

Tercera razón. Los que conocen la eficacia de la justificación de la fe, saben perfectamente que antes de alcanzar la fe de Cristo todos hemos servido a la injusticia y hemos sido "hijos de la ira". Si, pues, hemos sido "hijos de la ira", ¿de qué nos ha servido bautizarnos de niños? ¡A ver cómo resuelven este silogismo los partidarios del bautismo de niños!: Todo el que no cree en el hijo de Dios permanece en la muerte de Adán y la ira de Dios continúa sobre él; pero el niño bautizado no cree en el hijo de Dios; luego el niño bautizado permanece en muerte de Adán y la ira de Dios continúa sobre él. Que los niños bautizados no creen, es evidente, pues no han oído la predicación y "la fe viene por el oído". ¿Y cómo van a creer en aquél de quien no han oído ni hablar? De lo anteriormente dicho puedes sacar otros silogismos: Todo "nacido del Espíritu escucha la voz del Espíritu" (Jn. 3); pero el niño bautizado no la escucha; luego no es "nacido del Espíritu". La mayor universal es verdadera, enseñada por Cristo al hablar del bautismo en general. "Todos los que se bautizan se revisten de Cristo", etcétera. El silogismo es evidente, partiendo también de esa otra mayor universal: Todos los que hemos sido bautizados, estamos muertos y justificados.

Cuarta razón. En opinión de Pablo nadie puede ser espiritual desde el principio, sino que precede lo animal; luego, viene lo espiritual (1 Cor. 15). Ahora bien, los ministerios del Nuevo Testamento son ministerios del Espíritu y en ellos nos iniciamoa espiritualmente (II Cor. 3; Gal. 3). Luego no pueden iniciarse en un niño según la carne.

Quinta razón. Como muestra la historia de David, el que ha de subir a la fortaleza de Sión no debe ser ciego ni cojo, sino soldado valiente. Nadie puede alcanzar esa sublime fortaleza hasta haber derrotado al jebuseo y arrebatado todos los ídolos ciegos y mancos, que detesta el alma de David (II Sam. 5).

Sexta razón. En los ríos de agua viva que, como dice Ezequiel, brotan de la Jerusalén celestial, los apóstoles son "pescadores de hombres", no de niños. Un buen pescador no atrapa los pececillos recién nacidos, sino que saca del agua a los mayores.

(...)

Octava razón. Cristo llama a todos los cristianos a su cena. Luego quien no es capaz de cenar de Cristo tampoco lo es de ser llamado por Cristo. ¡Sería monstruoso engendrar un hombre que no sea capaz de comer!

Novena razón. "El mayordomo fiel da la comida a su debido tiempo a la familia de su amo" (Lc. 12). Pero los que bautizan a los niños lo hacen todo antes de tiempo. Dan comida a los que ni la piden ni la necesitan. Dispensan los ministerios del Señor a los que ni siquiera conocen a Cristo. Con niños de la carne pretenden hacer el reino del Espíritu. Confunden el cielo con la tierra. ¡Son víctimas de su confusión babilónica!

Décima razón. Cristo ordena a sus apóstoles dirigir la vista hacia los campos ya rubios y prontos para la siega. En cambio, los que bautizan a los niños recogen los frutos sin sazonar y sin madurar los echan a perder. Para una buena siega hay que esperar; como Cristo nos enseña, primero que crezca la hierba, luego la espiga aún tierna, más tarde la espiga ya granada: y entonces es el tiempo adecuado para segar al hombre adulto (Mc. 4). ¡Hermoso pasaje! Pero los que bautizan a los niños actúan al revés, devorando como langostas la hierba tierna, antes de que pueda dar fruto.

Undécima razón. Cristianos y discípulos eran lo mismo. Lo mismo sonaba en un principio llamarles cristianos, que llamarles discípulos (Hch. 11). Luego nadie es cristiano si no es discípulo. Luego no son cristianos los niños bautizados, porque no son discípulos. La razón es de toda evidencia: ningún niño fue llamado por aquel entonces al bautismo, puesto que sólo se llamaba a los discípulos. Y así lo ordenó Cristo: que los apóstoles hiciesen discípulos y los bautizasen.

(...)

Decimoséptima razón. Las figuras de la Ley desaprueban el bautismo de niños. No se pueden hacer ofrendas de un buey, oveja o cabra recién nacidos, sino que se debe esperar una semana (Lev. 22). No está permitido recoger los frutos de los árboles en los primeros años, pues se tienen por incircuncisos hasta que con el tiempo sean aptos para la santificación (Lev. 19). Ni siquiera los primogénitos de los hombres, que eran los especialmente reservados para Dios, permitió que le fuesen ofrecidos en seguida, sino después de pasar una semana (Ex. 22).

Decimonona razón. Por el propio Trismegisto, en el Libro de la regeneración y por los Oráculos sibilinos sabemos claramente que no debe administrarse el bautismo sino a adultos:

"Quienes, lavadas sus culpas pasadas en fuente de agua perenne,
de nuevo engendrados, hayan renacido totalmente,
no sucumbirán ya a las abominables costumbres del mundo".

Y la Sibila repite en el Lib. VIII lo que ya había explicado en el I, que debe darse instrucción a los que van a recibir el bautismo:

"Renacidos para enderezar los senderos, limpiar de vicios
las almas y lavar en agua todos los cuerpos,
para en adelante jamás quebrantar las leyes".

Vigésima razón. Si está permitido bautizar a niños sin entendimiento, también lo estará que unos niños bauticen a otros jugando, en pantomima y en broma, como se cuenta del niño Atanasio y del que lo bautizó. ¡La cosa más ridícula del mundo! Y tendrá que permitírsenos bautizar también en nuestra Iglesia las campanas de bronce, los cálices de plata, los asientos del altar, las vasijas de agua y los cirios pascuales; y de esta suerte hacer, como los fariseos, bautismos de cálices, de vasijas, de metales y aun de lechos (Mc. 7). Pero, por favor, ¿qué significan nuestros bautismos de campanas y de cirios? ¡Miserables fariseos! ¿Hasta cuándo, por fin, vais a estar ebrios y adormilados?

¡Oh Cristo, Dios nuestro! ¿Cómo has podido soportar que durante mil doscientos sesenta años nos hayamos comportado como jumentos? ¿Dónde están, Señor, esas tus antiguas misericordias? ¡Justo eres tú! Esperaste hasta que se colmara la iniquidad de los cananeos porque no pareciese que los rechazabas injustamente. Y a éstos los has esperado el doble aún, siendo doblemente peores que los cananeos. Mucho te interesaste por unos pocos mártires, tus elegidos, y muy preciosa fue para ti su muerte, para permitir la crueldad de tantos millares de bestias perecederas hasta completar el número de tus mártires (Ap. 6). Pero esas terribles bestias no valieron nada ante tus ojos. En ellas diste a conocer tu gloria, precipitándolas a todas como los ejércitos egipcios, para que resplandeciese la grandeza de tu gracia hacia tus elegidos. ¡Justo eres, pues, tú, Señor, e impíos son todos ellos, que han superado la maldad de los egipcios, babilonios y cananeos!

Tan admirablemente resplandece en todo esto la sabiduría de Dios, que a los que reconoce por ímprobos los destruye en determinados momentos de la historia, precisamente en los momentos en que pone de manifiesto su gloria y su misericordia con los elegidos, y que lo que promete lo cumple, endureciendo así a los malvados en su propia maldad. No a causa del siervo albedrío. Es nuestra maldad la que frecuentemente convierte en esclavo nuestro libre albedrío, cuando en determinados momentos se planta la alternativa de la libertad y la rechaza. Y así nadie será condenado al fuego eterno, a no ser que conociendo el mal lo haga libremente. Y aunque alguna vez castigue Dios con muerte corporal a la vez "al justo y al impío", al pequeño y al grande (Ez. 21; Lc. 13), sin embargo, el juicio de la futura muerte eterna no es el mismo; pues nadie es condenado a ella sin merecerlo. Y si me objetas que gratis llama Dios al evangelio a unos, y gratis rechaza a otros, respondo que eso es verdad, pero que no contradice lo dicho. Lo que Pablo pretende es sencillamente que la causa de la llamada o no del evangelio no depende de nuestra piedad o impiedad, sino de la voluntad de Dios (Rom. 9). Y eso es una gran verdad, pues una cosa es no ser llamado al evangelio, cosa que Dios hace gratuitamente, y otra cosa es ser condenado al fuego eterno, cosa que nunca jamás hace Dios sin merecerlo. En esto de la llamada al evangelio, ni del mismo Moisés tuvo Dios misericordia, porque no quiso, como cita ahí Pablo del mismo Moisés. Por un don presente no llamó Dios entonces a este reino ni al propio Abrahán, ni a David, ni a otros profetas de la Ley, porque no quiso. Pero no por eso los condena ya gratuitamente, ni obra injustamente con ellos, como tampoco con los catecúmenos que mueren antes del bautismo. Dios no es injusto con otras gentes, llamándonos a nosotros al evangelio y al reino celestial de modo gratuito, pues también ellos recibirán su recompensa, como dijo Dios que la recibirían los hijos de Caín (Gen. 4). Pues todos ellos serán juzgados justamente por sus obras. Desde la creación está innato en todos nosotros el Espíritu de Dios (Gen. 2 y 6), que nos proporciona una norma de conciencia suficiente para la salvación, de suerte que los impíos son inexcusables (Rom. 1 y 2; Hch. 10 y 17). Gracias a ese Espíritu de Dios innato en nosotros, el poder del pecado está bajo nuestro control, a juzgar por lo que Dios respondió al propio Caín: "En ti, dice, oh Caín, y en tu carne estará la tentación, o sea, la del pecado; pero tú dominarás en ella". Por los propios delitos, pues, se le vuelve a uno réproba el alma, no porque sea siervo nuestro albedrío. Como Cristo en el cielo tiene libre albedrío, así lo tenemos en parte nosotros en cuanto iluminados por él. Somos libres con la misma libertad con la que Cristo es libre, pues hemos recibido su Espíritu y su libertad. Otros tienen otro espíritu y otra libertad, que la Serpiente oscurece constantemente.

(...)

Miguel Servet. Restitución del cristianismo.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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