irichc     Fecha  17/06/2002 15:38 
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Volver al foro Responder Sócrates mayéutico, la palabra como arjé   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Y entonces, Trasímaco -que varias veces, mientras nosotros conversábamos, había intentado tomar por su cuenta la discusión y había sido impedido en su propósito por los que estaban a su lado, deseosos de oírla hasta el final-, al hacer nosotros la pausa y decir yo aquello, no se contuvo ya, sino que, contrayéndose lo mismo que una fiera, se lanzó sobre nosotros como si fuera a hacernos pedazos. Tanto Polemarco como yo quedamos suspensos de miedo; y él, dando voces en medio de todos: -¿Qué garrulería -dijo- es ésta, oh Sócrates, que os ha tomado hace rato? ¿A qué estas bobadas de tanta deferencia del uno hacia el otro? Si quieres saber de cierto lo que es justo, no te limites a preguntar y a refutar ufanamente cuando se contesta, bien persuadido de que es más fácil preguntar que contestar; antes bien, contesta tú mismo y di qué es lo que entiendes por lo justo. Y cuidado con que me digas que es lo necesario, o lo provechoso, o lo útil, o lo ventajoso, o lo conveniente, sino que aquello que digas has de decirlo con claridad y precisión, porque yo no he de aceptar que sigas con semejantes vaciedades.

Estupefacto quedé yo al oirle, y mirándole sentía miedo; y aun me parece que, si no le hubiera mirado antes de que él me mirara a mí, me habría quedado sin habla. Pero ocurrió que, cuando empezó a encresparse con nuestra discusión, dirigí a él mi mirada el primero, y así me hallé capaz de contestarle y le dije, no sin un ligero temblor: -Trasímaco, no te enojes con nosotros: si éste y yo nos extraviamos un tanto en el examen del asunto, cree que ha sido contra nuestra voluntad. Porque si estuviéramos buscando oro, bien sabes que no habríamos de condescender por nuestra voluntad el uno con el otro y perder la ocasión del hallazgo; no pienses, pues, que cuando investigamos la justicia, cosa de mayor precio que muchos oros, íbamos a andar neciamente con mutuas concesiones en vez de esforzarnos con todas nuestras fuerzas en que aparezca aquélla. Persuádete, amigo: lo que pienso es que no podemos; así es mucho más razonable que hallemos compasión, y no enojo, por parte de vosotros, los capacitados.

Oyendo él esto, rióse muy sarcásticamente y dijo: -¡Oh, Heracles!
Aquí está Sócrates con su acostumbrada ironía; ya les había yo dicho a éstos que tú no querrías contestar, sino que fingirías y acudirías a todo antes que responder, si alguno te preguntaba.

-En efecto, Trasímaco -dije yo-, tú eres discreto y bien sabes que si preguntaras a uno cuántas son doce y al preguntarle le añadieras: "Cuidado, amigo, con decirme que doce son dos veces seis, ni tres veces cuatro, ni seis veces dos, ni cuatro veces tres, por- que no aceptaré semejante charlatanería", te resulta claro, creo, que nadie iba a contestar al que inquiriese de ese modo. Supón que te preguntara: "Trasímaco, ¿qué es lo que dices? ¿Que no he de contestar nada de lo que tú has enunciado previamente, ni aun en el caso, oh varón singular, de que sea realidad alguna de estas cosas, sino que he de decir algo distinto de la verdad? ¿O cómo se entiende?" ¿Qué le responderías a esto?

-¡Bien -dijo-, como si eso fuera igual a aquello!

-Nada se opone a que lo sea -afirmé yo-; pero aunque no fuera igual, ¿piensas que si se lo parece al interrogado va a dejar de contestar con su parecer, se lo prohibamos nosotros o no?

- ¿Y eso precisamente es lo que vas tú a hacer? ¿Contestar con algo de lo que yo te he vedado? -preguntó.

- No sería extraño -dije- si así se me mostrara después de examinarlo.

-¿Y qué sería -dijo él- si yo diera otra respuesta acerca de la justicia, distinta de todas esas y mejor que ellas? ¿A qué te condena- rías?

-¿A qué ha de ser -repuse yo-, sino a aquello que conviene al que no sabe? Lo que para él procede es, creo yo, aprender del que sabe, y de esta pena me considero digno.

-Chistoso eres en verdad -dijo-; pero, además de aprender, has de pagar dinero.

-De cierto, cuando lo tenga -dije.

-Lo tienes -dijo Glaucón-; si es por dinero, habla, Trasímaco, que todos nosotros lo aportaremos para Sócrates.

-Bien lo veo -repuso él; para que Sócrates salga con lo de costumbre: que no conteste y que, al contestar otro, tome la palabra y lo refute.

-Pero ¿cómo -dije yo- podría contestar, oh, el mejor de los hombres, quien primeramente no sabe nada y así lo confiesa, y además, si algo cree saber, se encuentra con la prohibición de decir una palabra de lo que opina, impuesta por un hombre nada des- preciable? Más en razón está que hables tú, pues dices que sabes y que tienes algo que decir. No rehúses, pues, sino compláceme contestando, y no escatimes tu enseñanza a Glaucón, que así te habla, ni a los demás.

Al decir yo esto, Glaucón y los otros le pidieron que no rehusase; ya era evidente que Trasímaco estaba deseando hablar para que- dar bien, creyendo que poseía una contestación insuperable, pero fingía disputar porque yo fuera el que contestara. Al fin cedió y seguidamente:

-Esta es -dijo- la ciencia de Sócrates: no querer enseñar por su parte, sino andar de acá para allá, aprendiendo de los demás sin dar ni siquiera las gracias.

-En lo de aprender de los demás -repuse yo- dices verdad, ¡oh, Trasímaco!; en lo de que no pago con mi agradecimiento, yerras, pues pago con lo que puedo, y no puedo más que con alaban- zas, porque dinero no tengo. Y de qué buen talante lo hago cuando me parece que alguien habla rectamente lo vas a saber muy al punto, en cuanto des tu respuesta, porque pienso que vas a hablar bien.

-Escucha, pues -dijo-: sostengo que lo justo no es otra cosa que lo que conviene al más fuerte. ¿Por qué no lo celebras? No querrás, de seguro.

-Lo haré -repliqué yo- cuando llegue a saber lo que dices; ahora no lo sé todavía. Dices que lo justo es lo que conviene al más fuerte. ¿Y cómo lo entiendes, Trasímaco? Porque, sin duda, no quieres decir que si Polidamante, el campeón del pancracio, es más fuerte que nosotros y le conviene para el cuerpo la carne de vaca, este alimento que le conviene es también adecuado y justo para nosotros, que somos inferiores a él.

-Desenfadado eres, Sócrates -dijo-, y tomas mi aserto por donde más fácilmente puedas estropearlo.

-De ningún modo, mi buen amigo -repuse yo-, pero di más claramente lo que quieres expresar.

-¿No sabes -preguntó- que de las ciudades las unas se rigen por tiranía, las otras por democracia, las otras por aristocracia?

-¿Cómo no?

-¿Y el gobierno de cada ciudad no es el que tiene la fuerza en ella?

-Exacto.

-Y así, cada gobierno establece las leyes según su conveniencia: la democracia, las leyes democráticas; la tiranía, tiránicas, y del mismo modo los demás. Al establecerlas, muestran los que mandan que es justo para los gobernados lo que a ellos conviene, y al que se sale de esto lo castigan como violador de las leyes y de la justicia. Tal es, mi buen amigo, lo que digo que en todas las ciudades es idénticamente justo: lo conveniente para el gobierno constituido. Y éste es, según creo, el que tiene el poder; de modo que, para todo hombre que discurre bien, lo justo es lo mismo en todas partes: la conveniencia del más fuerte.

-Ahora -dije yo- comprendo lo que dices; si es verdad o no, voy a tratar de verlo. Has contestado, Trasímaco, que lo justo es lo conveniente; y no obstante, a mí me habías prohibido que contestara eso. Cierto es que agregas "para el más fuerte".

-¡Dirás, acaso, que es pequeña añadidura! -exclamó.

-No está claro todavía si pequeña o grande; pero sí que hay que examinar si eso que dices es verdad. Yo también reconozco que lo justo es algo conveniente; tú, por tu parte, añades y afirmas que lo conveniente para el más fuerte. Pues bien, eso es lo que yo ignoro, y, en efecto, habrá que examinarlo.

-Examínalo -dijo.

-Así se hará -repliqué-. Y dime, ¿no afirmas también que es justo obedecer a los gobernantes?

-Lo afirmo.

-¿Y son infalibles los gobernantes en cada ciudad o están sujetos a error?

-Enteramente sujetos a error -dijo.

-¿Y así, al aplicarse a poner leyes unas las hacen bien y otras mal?

-Eso creo.

-¿Y el hacerlas bien es hacérselas convenientes para ellos mismos, y el hacerlas mal, inconvenientes? ¿O cómo lo entiendes?

-Así como dices.

-¿Y lo que establecen ha de ser hecho por los gobernados y eso es lo justo?

-¿Cómo no?

-Por tanto, según tu aserto no sólo es justo el hacer lo conveniente para el más fuerte, sino también lo contrario: lo inconveniente.

-¿Qué estás diciendo? -preguntó él.

-Lo mismo que tú, según creo. Examinémoslo mejor: ¿no hemos convenido en que los gobernantes, al ordenar algunas cosas a los gobernados, se apartan por error de lo que es mejor para ellos mismos, y en que lo que mandan los gobernantes es justo que lo hagan los gobernados? ¿No quedamos de acuerdo en ello?

-Así lo pienso -dijo.

-Piensa, pues, también -dije yo- que has reconocido que es justo hacer cosas inconvenientes para los gobernantes y dueños de la fuerza cuando los gobernantes, involuntariamente, ordenan lo que es perjudicial para ellos mismos, pues que dijiste que era justo hacer lo que éstos hayan ordenado. ¿Acaso entonces, discretísimo Trasímaco, no viene por necesidad a ser justo hacer lo contrario de lo que tú dices? Porque sin duda alguna se ordena a los inferiores hacer lo inconveniente para el más fuerte.

-Sí, por Zeus -dijo Polemarco-. Eso está clarísimo, ¡oh, Sócrates!

-Sin duda -interrumpió Clitofonte-, porque tú se lo atestiguas.

-¿Y qué necesidad -replicó Polemarco- tiene de testigo? El mismo Trasímaco confiesa que los gobernantes ordenan a veces cosas perjudiciales para ellos mismos y que es justo que los otros las hagan.

-El hacer lo ordenado por los gobernantes, ¡oh, Polemarco!, eso fue lo que estableció Trasímaco como justo.

-Pero también, ¡oh, Clitofonte!, puso como justo lo conveniente para el más fuerte. Y estableciendo ambas cosas, confesó que los más fuertes ordenan a veces lo inconveniente para ellos mismos, con el fin de que lo hagan los inferiores y gobernados. Y según estas confesiones, igual de justo sería lo conveniente para el más fuerte que lo inconveniente.

-Pero por lo conveniente para el más fuerte -dijo Clitofonte- quiso decir lo que el más fuerte entendiese que le convenía. Y que esto había de ser hecho por el inferior: en eso puso la justicia.

-Pues no fue así como se dijo, afirmó Polemarco.

-Es igual -dije yo-, ¡oh, Polemarco! Si ahora Trasímaco lo dice así, así se lo aceptaremos. Dime, pues, Trasímaco: ¿era esto lo que querías designar como justo: lo que pareciera ser conveniente para el más fuerte, ya lo fuera o no? ¿Hemos de sentar que estas fueron tus palabras?

-De ningún modo -dijo-. ¿Piensas, acaso, que yo llamo el más fuerte al que yerra cuando yerra?

-Yo, por lo menos -dije-, pensaba que era eso lo que decías al confesar que los gobernantes no eran infalibles, sino que también tenían sus errores.

-Tramposo eres, ¡oh, Sócrates!, en la argumentación -contestó-: ¿es que tú llamas, sin más, médico al que yerra en relación con los enfermos precisamente cuando yerra? ¿O calculador al que se equivoca en el cálculo, en la misma ocasión en que se equivoca y en cuanto a su misma equivocación? Es cierto que solemos decir, creo yo, que el médico erró o que el calculador se equivocó o el gramático; pero cada uno de ellos no yerra en modo alguno, según yo opino, en cuanto es aquello con cuyo título le designamos. De modo que, hablando con rigor, puesto que tú también precisas las palabras, ninguno de los profesionales yerra: el que yerra, yerra porque le falla su ciencia, en lo cual no es profesional; de suerte que ningún profesional ni gobernante ni sabio yerra al tiempo que es tal, aunque se diga que el médico o el gobernante erró. Piensa, pues, que ésa es también mi respuesta ahora, y lo que hay con toda precisión es esto: que el gobernante, en cuanto gobernante, no yerra, y no errando establece lo mejor para sí mismo; y esto ha de ser hecho por el gobernado. Y así como dije al principio, tengo por justo el hacer lo conveniente para el más fuerte.

-Bien, Trasímaco -dije-; ¿crees que hay trampa en mis palabras?

-Lo creo enteramente -contestó.

-¿Piensas, pues, que, al preguntarte como te preguntaba lo hacía insidiosamente, para perjudicarte en la discusión?

-De cierto lo sé -dijo-. Y no conseguirás nada, porque ni habrá de escapárseme tu mala intención ni, puesta al descubierto, podrás hacerme fuerza en el debate.

-Ni habría de intentarlo, bendito Trasímaco -repliqué yo-, pero para que no nos suceda otra vez lo mismo, determina si, cuando hablas el gobernante y del más fuerte, lo haces conforme al decir común o en el rigor de la palabra, según tu propia expresión de hace un momento; me refiero a aquel cuya conveniencia, por ser el más fuerte, es justo que realice el más débil.

-Al que es gobernante en el mayor rigor de la palabra --dijo-. Ensáñate y maquina contra esto, si es que puedes: no te pido indulgencia; pero aseguro que no has de poder hacerlo.

-¿Acaso piensas -dije- que he de estar tan loco como para tratar de esquilar al león y engañar a Trasímaco?

-Por lo menos -contestó- acabas de intentarlo, aunque mostrándote incapaz de ello como en todo.

-Basta -dije yo- de tales cosas; pero dime: el médico en el rigor de la palabra, del que hablabas antes, ¿es por ventura negociante, o bien curador de los enfermos? Entiende el que es médico en realidad.

-Curador de los enfermos -replicó.

-¿Y qué diremos del piloto? ¿El verdadero piloto es jefe de los marinos o marino?

-Jefe de los marinos.

-En nada, pues, se ha de tener en cuenta, creo yo, que navega en el bajel, ni por ello se le ha de llamar marino; pues no por navegar recibe el nombre de piloto, sino por su arte y el mando de los marinos.

-Verdad es -dijo.

-¿Y no tiene cada uno de éstos su propia conveniencia?

-Sin duda.

-¿Y no existe el arte -dije yo- precisamente para esto, para buscar y procurar a cada uno lo conveniente?

-Para eso -replicó.

-¿Y acaso para cada una de las artes hay otra conveniencia que la de ser lo más perfecta posible?

-¿Qué quieres preguntar con ello?

-Pongo por caso -dije-: si me preguntases si le basta al cuerpo ser cuerpo o necesita de algo más, te contestaría que "sin duda necesita; y por ello se ha inventado y existe el arte de la medicina, porque el cuerpo es imperfecto y no le basta ser lo que es. Y para procurarle lo conveniente se ha dispuesto el arte". ¿Te parece que hablo rectamente al hablar así -pregunté- o no?

-Rectamente -dijo.

-¿Y qué más? ¿La medicina misma es imperfecta o, en general, cualquier otra arte necesita en su caso de alguna virtud, como los ojos de la vista o las orejas del oído, a los que por esto hace falta un arte que examine y procure lo conveniente para ellos? ¿Acaso también en el arte misma hay algún modo de imperfección y para cada arte se precisa otra parte que examine lo conveniente para ella y otra a su vez para la que examina y así hasta lo infinito? ¿O es ella misma quien examina su propia conveniencia? ¿O quizá no necesita ni de sí misma ni de otra para examinar lo conveniente a su propia imperfección y es la razón de ello que no hay defecto ni error en arte alguna, ni le atañe a ésta buscar lo conveniente para nada que no sea su propio objeto, sino que ella misma es incontaminada y pura en cuanto es recta, esto es, mientras cada una es precisa y enteramente lo que es? Examínalo con el conveniente rigor de la palabra: ¿es esto o no?.

-Tal parece -contestó.

-La medicina, pues, no busca lo conveniente para sí misma, sino para el cuerpo -dije.

-Así es -dijo.

-Ni la equitación lo conveniente para la equitación, sino lo conveniente para los caballos; ni ninguna otra arte lo conveniente para sí misma, pues de nada necesita, sino para el ser a que se aplica.

-Eso parece -dijo.

-Y las artes, ¡oh, Trasímaco!, gobiernan y dominan aquello que constituye su objeto.
Aunque a duras penas convino también en esto.

-Por tanto, no hay disciplina alguna que examine y ordene la conveniencia del más fuerte, sino la del ser inferior y gobernado por ella.
Reconociólo al fin también, aunque dispuesto a discutir sobre ello; y una vez que lo reconoció, dije yo:

-Según eso, ¿no es lo cierto que ningún médico en cuanto médico examina ni ordena lo conveniente para el médico mismo, sino lo conveniente para el enfermo? Ahora bien, convinimos en que el verdadero médico gobierna los cuerpos y no es un negociante. ¿O no convinimos?.
Confesólo así.

-¿Y en que el verdadero piloto es jefe de los marinos y no marino él mismo?
Quedó confesado.

-Ahora bien, el tal piloto y el jefe no examina ni ordena lo conveniente para el piloto, sino lo conveniente para el marino y gobernado.
Reconociólo, aunque de mala gana.

-Y así, Trasímaco -dije yo-, nadie que tiene gobierno, en cuanto es gobernante, examina ni ordena lo conveniente para sí mismo, sino lo conveniente para el gobernado y sujeto a su arte, y dice cuanto dice y hace todo cuanto hace mirando a éste y a su conveniencia y ventaja.

Llegados a este punto de la discusión, y hecho claro para todos que lo dicho por él sobre lo justo se había convertido en su contrario, Trasímaco, en vez de contestar, exclamó:

-Dime, Sócrates, ¿tienes nodriza?

-¿A qué viene eso? -dije-. ¿No valía más contestar que preguntar tales cosas?

-Lo digo -replicó- porque te deja en tu flujo y no te limpia los mocos, estando tú necesitado de ello, pues ni siquiera sabes por ella lo que son ovejas y pastor.

-¿Por qué así? -dije yo.

-Porque piensas que los pastores y los vaqueros atienden al bien de las ovejas y de las vacas y las ceban y cuidan mirando a otra cosa que al bien de sus dueños o de sí mismos, e igualmente crees que los gobernantes en las ciudades, los que gobiernan de verdad, tienen otro modo de pensar en relación con sus gobernados que el que tiene cualquiera en regir sus ovejas, y que examinan de día y de noche otra cosa que aquello de donde pueden sacar provecho. Y tanto has adelantado acerca de lo justo y de la justicia y lo injusto y la injusticia que ignoras que la justicia y lo justo es en realidad bien ajeno, conveniencia para el poderoso y gobernante y daño propio del obediente y sometido; y que la injusticia es lo contrario, y que gobierna a los que son de verdad sencillos y justos, y que los gobernados realizan lo conveniente para el que es más fuerte y, sirviéndole, hacen a éste más feliz, pero de ninguna manera a sí mismos. Hay que observar, candidísimo Sócrates, que al hombre justo le va peor en todas partes que al injusto. Primeramente, en las asociaciones mutuas, donde uno se junta con otro, nunca verás que, al disolverse la comunidad, el justo tenga más que el injusto, sino menos. Después, en la vida ciudadana, cuando hay algunas contribuciones, el justo con los mismos bienes contribuye más; el segundo, menos. Y cuando hay que recibir, el primero sale sin nada; el segundo, con mucho. Cuando uno de los dos toma el gobierno, al justo le viene, ya que no otro castigo, el andar peor por causa del abandono en sus asuntos privados, sin aprovechar nada de lo público por ser justo, y sobre ello, el ser aborrecido de los allegados y conocidos cuando no quiera hacerles favor alguno contra justicia; con el injusto todas esas cosas se dan en sentido contrario. Me refiero, en efecto, a aquel mismo que ha poco decía, al que cuenta con poder para sacar grandes ventajas: fíjate, pues, en él si quieres apreciar cuánto más conviene a su propio interés ser injusto que justo. Y lo conocerás con la máxima facilidad si te pones en la injusticia extrema, que es la que hace más feliz al injusto y más desdichados a los que padecen la injusticia y no quieren cometerla. Ella es la tiranía que arrebata lo ajeno, sea sagrado o profano, privado o público, por dolo o por fuerza, no ya en pequeñas partes, sino en masa. Si un cualquiera es descubierto al violar particularmente alguna de estas cosas, es castigado y recibe los mayores oprobios; porque, en efecto, se llama sacrílegos, secuestradores, horadores de muros, estafadores o ladrones a aquellos que violan la justicia en alguna de sus partes con cada uno de estos crímenes. Pero cuando alguno, además de las riquezas de los ciudadanos, los secuestra a ellos mismos y los esclaviza, en lugar de ser designado con estos nombres de oprobio es llamado dichoso y feliz no sólo por los ciudadanos, sino por todos los que conocen la completa realización de su injusticia; porque los que censuran la injusticia no la censuran por miedo a cometerla, sino a sufrirla. Así, Sócrates, la injusticia, si colma su medida, es algo más fuerte, más libre y más dominador que la justicia; y como dije desde el principio, lo justo se halla ser lo conveniente para el más fuerte, y lo injusto lo que aprovecha y conviene a uno mismo.

Dicho esto, Trasímaco pensaba marcharse después de habernos vertido por los oídos, como un bañero, el torrente de su largo discurso; pero los presentes no le dejaron, antes bien, le obliga- ron a quedarse y a dar explicación de lo que había dicho. Y yo mismo también le rogaba con encarecimiento y le decía:

-Bendito Trasímaco, ¿piensas irte después de habernos lanzado tal discurso, sin enseñarnos en forma o aprender tú si es aquello así como dices o de otra manera? ¿Crees que es asunto baladí el que has tomado por tu cuenta, y no ya el definir la norma de conducta a la que ateniéndose cada uno podamos vivir más provechosamente nuestra vida?

-¿Acaso -dijo Trasímaco- no estoy yo también en ello?

-Así parecía -contesté yo-, o bien que no te cuidabas nada de nosotros ni te preocupabas de que viviésemos mejor o peor ignorando lo que tú dices saber. Atiende, mi buen amigo, a instruirnos: no perderás el beneficio que nos hagas, siendo tantos nosotros. Por mi parte, he de decirte que no reconozco ni creo que la injusticia sea más ventajosa que la justicia, ni aun cuando se le dé a aquélla rienda suelta y no se le impida hacer cuanto quiera. Dejemos, amigo, al injusto en su injusticia; démosle la facultad de atropellar sea por ocultación, sea por fuerza; que no por ello me persuadirá de que ha de sacar más provecho que con la justicia. Quizá algún otro de nosotros lo sienta así, no sólo yo; persuádenos, pues, bendito Trasímaco, de que no discurrimos rectamente teniendo a la justicia en más que a la injusticia.

-¿Y cómo te he de persuadir? -dijo-. Sin lo que he dicho no has quedado persuadido, ¿qué voy a hacer contigo? ¿He de coger mi razonamiento y embutírtelo en el alma?

-No, por Zeus, no lo hagas -repliqué yo-; más, ante todo, mantente firme en aquello que digas; y si lo cambias, cámbialo abierta- mente y no nos induzcas a error. Bien ves, Trasímaco -consideremos una vez más lo de antes-, que después de haber definido al verdadero médico no te creíste obligado a observar la misma precisión en lo que toca al verdadero pastor, sino que piensas que éste ceba sus ovejas en su calidad de pastor, no atendiendo a lo mejor para ellas sino a manera de un glotón dispuesto al banquete, para su propio regalo o bien para venderlas como un negociante, no como tal pastor. Pero a la pastoría, de cierto, no interesa otra cosa que aquello para que está ordenada a fin de procurarle lo mejor, puesto que, por lo que a ella misma respecta, está bien dotada hasta la máxima excelencia, en tanto no le falte nada para ser verdadera pastoría. Y sí, creo yo ahora que es necesario confesemos que todo gobierno, en cuanto gobierno, no considera el bien sino de aquello que es gobernado y atendido por él, lo mismo en el gobierno público que en el privado. Mas tú, por tu parte, ¿piensas que los gobernantes de las ciudades -me refiero a los verdaderos gobernantes- gobiernan por su voluntad?

-No lo pienso, por Zeus -dijo él-, sino que lo sé.

-¿Cómo, Trasímaco? -contesté yo-. ¿No te percatas de que, cuando se trata de los otros gobiernos, nadie quiere ejercerlos por su voluntad, sino que piden recompensa, entendiendo que ninguna ventaja les ha de venir a ellos de gobernar, sino más bien a los gobernados? Porque, dime, ¿no aseveramos constantemente que cada arte es distinta de las otras en cuanto tiene distinta eficacia? Y no contestes, bendito mío, contra tu opinión, para que podamos adelantar algo.

-En eso es distinto -dijo.

-¿Y no nos procura cada una un provecho especial, no ya común con las otras, como la medicina procura la salud, el pilotaje la seguridad al navegar, y así las demás?

-Bien de cierto.

-Y así, ¿el arte de granjear nos procura granjería? Porque, en efecto, ésa es su eficacia; ¿o designas tú con el mismo nombre a la medicina y al pilotaje? O si de cierto quieres definir con precisión, como propusiste, en caso de que un piloto se ponga bueno por convenirle navegar por el mar, ¿vas a llamar en razón de ello medicina a su arte?

-No, por cierto -dijo.

-Ni tampoco al granjeo, creo yo, porque alguien se cure recibiendo granjería.

-Tampoco.

-¿Y qué? ¿La medicina ser granjeo porque uno, curando, haga granjería?
Nególo.

-Y así confesamos que cada arte tiene su propio provecho?

-Sea así -dijo.

-De modo que aquel provecho que obtienen en general todos los profesionales de ellas, está claro que lo sacan de algo adicional idéntico en todas las artes.

-Tal parece -repuso.

-Diremos, pues, que los profesionales que obtienen granjería, la obtienen por servirse en añadidura del arte del granjeo.
Aunque a duras penas, lo reconoció así.

-Ese provecho, pues, de la granjería no lo recibe cada uno de su propia arte, sino que, consideradas las cosas con todo rigor, la medicina produce salud y el granjeo, granjería; la edificación, casas, y el granjeo que acompaña a ésta, granjería; y así en todas las demás artes hace cada una su trabajo y obtiene el provecho para que está ordenada. Y si no se añade la ganancia, ¿sacará algo el profesional de su arte?

-No parece -dijo.

-¿No aprovecha, pues, nada cuando trabaja gratuitamente?

-Sí aprovecha, creo.

-Así pues, Trasímaco, resulta evidente que ningún arte ni gobierno dispone de lo provechoso para sí mismo, sino que, como veníamos diciendo, lo dispone y ordena para el gobernado, mirando al bien de éste, que es el más débil, no al del más fuerte. Y por esto, querido Trasímaco, decía yo hace un momento que nadie quiere gobernar de su grado ni tratar y enderezar los males ajenos, sino que todos piden recompensa; porque el que ha de servirse rectamente de su arte no hace ni ordena nunca, al ordenar conforme a ella, lo mejor para sí mismo, sino para el gobernado; por lo cual, según parece, debe darse recompensa a los que se disponen a gobernar: sea dinero, sea honra, sea castigo al que no gobierna.

-¿Cómo se entiende, oh, Sócrates? -dijo Glaucón-. Reconozco lo de las dos recompensas, pero lo de ese castigo de que hablas y del que has hecho también mención como un modo de recompensa no lo entiendo.

-¿No te das cuenta acaso -dije- del premio propio de los mejores, por el que gobiernan los hombres de provecho cuando se prestan gobernar? ¿O ignoras que la ambición y la codicia son tenidas por vergonzosas y lo son en realidad?

-Lo sé -dijo.

Por esto -repuse yo- los buenos no quieren gobernar ni por dinero ni por honores; ni, granjeando abiertamente una recompensa por causa de su cargo, quieren tener nombre de asalariados, ni el de ladrones tomándosela ellos subrepticiamente del gobierno mismo. Los honores no los mueven tampoco, porque no son ambiciosos. Precisan, pues, de necesidad y castigo si han de prestarse a gobernar; y ésta es tal vez la razón de ser tenido como indecoroso el procurarse gobierno sin ser forzado a ello. El castigo mayor es ser gobernado por otro más perverso cuando no quiera él gobernar: y es por temor a este castigo por lo que se me figura a mí que gobiernan, cuando gobiernan, los hombres de bien; y aun entonces van al gobierno no como quien va a algo ventajoso, ni pensando que lo van a pasar bien en él, sino como el que va a cosa necesaria y en la convicción de que no tienen otros hombres mejores ni iguales a ellos a quien confiarlo. Por- que si hubiera una ciudad formada toda ella por hombres de bien, habría probablemente lucha por no gobernar, como ahora la hay por gobernar, y entonces se haría claro que el verdadero gobernante no está en realidad para atender a su propio bien, sino al del gobernado; de modo que todo hombre inteligente elegiría antes recibir favor de otro que darse quehacer por hacerlo él a los demás. Yo de ningún modo concedo a Trasímaco eso de que lo justo es lo conveniente para el más fuerte. Pero este asunto lo volveremos a examinar en otra ocasión, pues me parece de mucho más bulto eso otro que dice ahora Trasímaco al afirmar que la vida del injusto es preferible a la del justo. Tú, pues, Glaucón -dije-, ¿por cuál de las dos cosas te decides? ¿Cuál de los dos asertos te parece más verdadero?

-Es más provechosa, creo yo, la vida del justo.

-¿Oíste -pregunté yo- todos los bienes que Trasímaco relataba hace un momento del injusto?

-Los oí -contestó-, pero no he quedado persuadido.

-¿Quieres, pues, que, si hallamos modo de hacerlo, le convenzamos de que no dice verdad?

-¿Cómo no he de querer? -replicó.

-Bien está -dije yo-, pero si ahora, esforzándonos en refutarle, pusiéramos razón contra razón, enumerando las ventajas de ser justo, y él nos replicara en la misma forma y nosotros a él, habría necesidad de contar y medir los bienes que cada uno fuéramos predicando en cada parte y precisaríamos de unos jueces que decidieran el asunto; mas, si hacemos el examen, como hasta aquí, por medio de mutuas confesiones, seremos todos al mismo tiempo jueces y oradores.

-Bien de cierto -dijo.

-¿Cuál, pues, de los dos procedimientos te agrada? -dije yo.

-El segundo -contestó.

-Vamos, pues, Trasímaco -dije yo; volvamos a empezar y contéstame: ¿dices que la injusticia perfecta es más ventajosa que la perfecta justicia?

-Lo afirmo de plano -contestó- y dichas quedan las razones.

-Y dime: ¿cómo lo entiendes? ¿Llamas a una de esas dos cosas virtud y vicio a la otra?

-¿Cómo no?

-Así, pues, ¿llamas virtud a la justicia y vicio a la injusticia?

-¡Buena consecuencia, querido -exclamó-, cuando digo que la in- justicia da provecho y la justicia no!

-¿Qué dices pues?

-Todo lo contrario -repuso.

-¿Que la justicia es vicio?

-No, sino una generosa inocencia.

-¿Y maldad, por tanto, la injusticia?

-No, sino discreción -replicó.

-¿De modo, Trasímaco, que los injustos te parecen inteligentes y buenos?

-Por lo menos -dijo-, los que son capaces de realizar la injusticia completa, consiguiendo someter a su poder ciudades y pueblos; tú piensas acaso que hablo de los rateros de bolsas. Esto también aprovecha -siguió- si pasa inadvertido; pero no es digno de consideración, sino sólo aquello otro de lo que ahora hablaba.

-En verdad -dije-, no ignoro lo que quieres decir. Pero me ha dejado suspenso que pongas la injusticia como parte de la virtud y la sabiduría; y la justicia, entre los contrarios de éstas.

-Así las pongo en un todo.

-Eso es aún más duro, amigo -dije yo-, y no es fácil hacerle objeción; porque si hubieras afirmado que la injusticia es ventajosa, pero confesaras que es vicio y desdoro, como reconocen otros, podríamos replicar algo, siguiendo la doctrina común, pero ahora queda claro que has de decir que la injusticia es cosa hermosa y fuerte y que has de asignarle por añadidura todo aquello que nosotros asignamos justicia, puesto que te has atrevido a clasificarla como virtud y discreción.

-Adivinas sin el menor error -dijo él.

-Pero no por eso -repuse yo- he de retraerme de seguir el examen en la discusión, mientras presuma que tú dices lo que realmente piensas. Porque en efecto, Trasímaco, me parece ciertamente que no hablas en broma, sino que estás exponiendo tu verdadera opinión sobre el asunto.

-¿Qué te importa -replicó- que sea así o no? Refuta mi aserto.

-Nada me importa -dije yo; pero trata de responder también a esto: ¿te parece que el varón justo quiere sacar ventaja en algo al varón injusto?

-De ninguna manera -dijo-; porque, de lo contrario, no sería tan divertido e inocente como es.

-¿Y qué? ¿No querrá tampoco rebasar la acción justa?

-Tampoco -replicó.

-¿Le parecería bien, en cambio, sacar ventaja al injusto y creería que ello es justo o no lo creería?

-Lo creería justo y le parecería bien -repuso-; pero no podría con- seguirlo.

-No te pregunto tanto -observé yo-, sino si el justo, ya que no al justo, creería conveniente y querría sacar ventaja al injusto.

-Así es -dijo.

-¿Y qué diremos del injusto? ¿Acaso le parecería bien rebasar al justo y la acción justa?

-¿Cómo no -dijo-, siendo así que cree conveniente sacar ventaja a todos?

-¿Así, pues, el injusto tratará de rebasar al hombre justo y la acción justa y porfiará por salir más aventajado que nadie?

-Esto es.

-Sentemos, pues, esto -dije-: el justo no tratará de sacar ventaja a su semejante, sino a su desemejante; y el injusto, en cambio, al semejante y al desemejante.

-Perfectamente dicho -asintió él.

-¿Y no es el injusto -pregunté- inteligente y bueno, y el justo ni una cosa ni la otra?

-Bien dicho también -contestó.

-¿Así, pues -repuse-, el injusto se parece al inteligente y al bueno y el justo no?

-¿Cómo no ha de parecerse a ellos el que es tal -dijo- y cómo ha de parecerse el otro?

-Claro está. ¿Cada uno, pues, es tal como aquellos a que se parece?

-¿Qué otra cosa cabe? -dijo.

-Bien, Trasímaco; ¿hay alguien a quien tú llamas músico y alguien a quien niegas esta calidad?

-Sí.

-¿Y a cuál de ellos llamas inteligente y a cuál no?

-Al músico, de cierto, inteligente, y al que no es músico no inteligente.

-¿Y al uno también bueno en aquello en que es inteligente y al otro malo en aquello en que no lo es?

-Cierto.

-Y respecto del médico, ¿no dirías lo mismo?

-Lo mismo.

-¿Y te parece a ti, varón óptimo, que el músico, cuando afina la lira, quiere rebasar al músico en tender o aflojar las cuerdas o pretende sacarle ventaja?

-No me parece.

-¿Y al no músico?

-A ése por fuerza -replicó.

-¿Y el médico? Al administrar alimento o bebida, ¿quiere ponerse por cima del médico o de la práctica médica?

-No, por cierto.

-¿Y del que no es médico?

-Sí.

-Mira, pues, si en cualquier orden de conocimiento o ignorancia te parece que el que es entendido quiere sacar ventaja en hechos o palabras a otro entendido o sólo alcanzar lo mismo que su semejante en la misma actuación.

-Quizá -dijo- tenga eso que ser así.

-¿Y el ignorante? ¿No desearía sacar ventaja lo mismo al entendido que al ignorante?

-Tal vez.

-¿Y el entendido es discreto?

-Sí.

-¿Y el discreto, bueno?

-Sí.

-Así, pues, el bueno y discreto no querrá sacar ventaja a su semejante, sino sólo a su desemejante y contrario.

-Eso parece -dijo.

-Y en cambio, el malo e ignorante, a su semejante y a su contrario.

-Tal se ve.

-Y el injusto, ¡oh, Trasímaco! -dije yo-, ¿no nos saldrá queriendo aventajar a su desemejante y a su semejante? ¿No era eso lo que decías?

-Sí -contestó.

-¿El justo, en cambio, no querrá aventajar a su semejante, sino sólo a su desemejante?

-Sí.

-El justo, pues, se parece al discreto y bueno -dije-, y el injusto al malo e ignorante.

-Puede ser.

-Por otra parte, hemos reconocido que cada uno es tal como aquel a quien se parece.

-En efecto, lo hemos reconocido.

-Así, pues, el justo se nos revela como bueno y discreto; y el injusto, como ignorante y malo.

(...)

-Vamos, pues, adelante y atiende a esto otro: ¿hay una operación propia del alma que no puedes realizar sino por ella? Pongo por caso: el dirigir, el gobernar, el deliberar y todas las cosas de esta índole, ¿podríamos atribuírselas a algo que no sea el alma misma o diríamos que son propias de ésta?

-De ella sólo.

-¿Y respecto de la vida? ¿No diremos que es operación del alma?

-Sin duda -dijo.

-¿No diremos, pues, que existe una virtud propia del alma?

-Lo diremos.

-Y acaso, oh, Trasímaco, el alma realizará bien sus operaciones privada de su propia virtud o será ello imposible?

-Imposible.

-Fuerza será, por tanto, que el alma mala dirija y gobierne mal y que la buena haga bien todas estas cosas.

-Fuerza será.

-¿Y no convinimos en que la justicia era virtud del alma y la injusticia vicio?

-En eso convinimos, en efecto.

-Por tanto, el alma justa y el hombre justo vivirá bien; y el injusto mal.

-Así aparece conforme a tu argumento -dijo.

-Y, por otra parte, el que vive bien es feliz y dichoso, y el que vive mal, lo contrario.

-¿Cómo no?

-Y así, el justo es dichoso; y el injusto, desgraciado.

-Sea -dijo.

-Por otro lado, no conviene ser desgraciado, sino dichoso.

-¿Qué duda tiene?

-Por tanto, bendito Trasímaco, jamás es la injusticia más provechosa que la justicia.

-Banquetéate con todo eso, ¡oh, Sócrates!, en las fiestas Bendidias -dijo.

-Banquete que tú me has preparado, ¡oh, Trasímaco! -observé yo-, pues te aplacaste conmigo y cesaste en tu enfado. Mezquino va a ser, sin embargo, no por tu culpa, sino por la mía; y es que, así como los golosos gustan siempre con arrebato del manjar que en cada momento se les sirve sin haber gozado debidamente del anterior, así me parece que yo, sin averiguar lo que primeramente considerábamos, qué cosa sea lo justo, me desprendí del asunto y me lancé a investigar acerca de ello, si era vicio e ignorancia o discreción y virtud; y presentándose luego un nuevo aserto, que la injusticia es más provechosa que la justicia, no me retraje de pasar a él, dejando el otro, de modo que ahora me acontece no saber nada como resultado de la discusión. Porque no sabiendo lo que es lo justo, difícil es que sepa si es virtud o no y si el que la posee es desgraciado o dichoso.

Platón. La República.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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