irichc     Fecha  27/12/2002 01:43 
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Volver al foro Responder Sulpicio Severo. Rigoristas, milenaristas, taumaturgos y anacoretas.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Por esa época se le unió un catecúmeno deseoso de ser instruido en el modo de vida del santo varón. Al cabo de unos cuantos días, atacado por una enfermedad se debatía bajo los accesos de la fiebre. Y se daba la circunstancia de que Martín se había marchado. Y como hubiese estado ausente durante tres días, al volver encontró su cuerpo sin vida: la muerte había sido tan repentina que había abandonado el mundo sin bautizar. El cuerpo, colocado en el centro, recibía la visita obligada y triste de los hermanos cariacontecidos, cuando se presentó Martín llorando y emitiendo lamentos. Y entonces, acogiendo totalmente en su interior al Espíritu Santo, ordena que salgan todos los demás de la celda en que yacía el cuerpo, y tras cerrar las puertas se tiende sobre el cuerpo sin vida del hermano difunto. Y como se hubiese entregado un tiempo a la oración y hubiese sentido a través del espíritu que el poder del Señor estaba presente, irguiéndose un poco y clavando su mirada en el rostro del difunto, comenzó a esperar sin miedo los resultados de su oración y de la misericordia del Señor. Apenas habían transcurrido dos horas cuando ve que el difunto mueve poco a poco todo el cuerpo y que abriendo los ojos parpadea intentando ver. Y entonces dirigiéndose con grandes voces al Señor y dándole gracias llenó la celda de sus gritos. Al oírlos, los que se habían quedado ante la puerta irrumpen al punto. Asombroso espectáculo: veían con vida al que habían dejado muerto.

* * *

Asimismo, como hubiese derruido en una aldea un templo antiquísimo y se dispusiese a talar un pino próximo al santuario, el sacerdote de aquel lugar y los demás paganos intentaron resistirse. Siendo así que aquellos mismos se habían mantenido quietos por orden del Señor mientras se derribaba el templo, no querían permitir que se cortase el árbol. Él intentó convencerlos con toda sinceridad de que nada sagrado hay en un tronco, que más bien debían seguir a Dios a cuyo servicio él estaba; que convenía talar aquel árbol porque estaba consagrado al demonio. Entonces uno de ellos, más audaz que el resto, dice: "Si tienes alguna confianza en tu Dios, al que dices venerar, nosotros personalmente talaremos este árbol, tú recógelo cuando caiga; y si contigo está tu Señor, como dices, escaparás". Entonces él, confiando en el Señor sin temor alguno, se compromete a hacerlo. Y en ese punto toda aquella muchedumbre de paganos acepta tal condición y acogen con facilidad la pérdida de su árbol con tal de que en su caída aplaste al enemigo de sus ceremonias. Así que, como el árbol estuviese inclinado en una dirección, y no hubiera duda de hacia qué parte iba a caer cuando se le talara, se coloca a Martín atado en el lugar en el que, a juicio de los campesinos, nadie dudaba de que iba a caer el árbol.

Así pues, ellos comenzaron a cortar su pino con inmenso gozo y alegría. Lo presenciaba de cerca una muchedumbre de curiosos. Y poco a poco empezaba a tambalearse el pino y amenazaba con caer. Palidecían a distancia los monjes y habían perdido toda esperanza y confianza aterrados por el peligro ya inminente, esperando ya únicamente la muerte de Martín. En cambio él, confiando en el Señor, esperando sin miedo, como ya el pino hubiese producido crujido que anuncia su caída, cuando ya se abatía, cuando se desplomaba sobre él, levantando su mano frente al pino le opuso el signo de la salvación. Y entonces -podía pensarse que retrocedía a manera de un huracán- se desploma hacia la parte opuesta, al punto de que poco faltó para que derribara a los campesinos que se habían colocado en lugar seguro.

Y entonces, elevándose un clamor al cielo, los paganos quedaron atónitos ante el milagro, los monjes lloraban de alegría, el nombre de Cristo estaba en boca de todos sin distinción. Y no hay duda de que tal día llegó la salvación a esa zona. Pues no hubo casi nadie de aquella inmensa multitud de paganos que, abandonando el error de la impiedad, no creyera en nuestro Señor Jesús solicitando la imposición de manos. (...)

* * *

Por esas mismas fechas, en la misma ciudad, entró en la casa de un padre de familia, se paró en el umbral diciendo que veía en el atrio de la casa un horrible demonio. Como le ordenara que se alejara, se introdujo en el cuerpo del cocinero del cabeza de familia que estaba en el interior de la casa. Empezó el desdichado a dar dentelladas y a desgarrar a todos los que se encontraba. La casa alterada, la familia conturbada, la gente dada a la fuga. Martín se enfrentó con el loco y, en primer lugar, le ordena que se pare. Pero como rechinara los dientes y amenazara con morder abriendo la boca, Martín le mete los dedos en la boca; dice: "Si tienes algún poder, devóralos". Y entonces, como si hubiese acogido en la garganta un hierro candente, retirando hacia atrás los dientes intenta evitar el contacto con los dedos del santo; y como se viera obligado a escapar del cuerpo poseído por estos castigos y tormentos, pero no le fuera posible hacerlo por la boca, se le eliminó en una diarrea que dejó asquerosas huellas.

* * *

Y no parece que deba pasarse por alto con qué recursos tentó el diablo a Martín en esos mismos días. Pues cierto día, precedido y rodeado de una luz brillante para poder engañarlo con mayor facilidad gracias al resplandor del brillo asumido, revestido incluso de una vestidura regia, ceñido de una diadema de oro y piedras preciosas, recubiertos de oro sus zapatos, con rostro sereno, aspecto sonriente, tal que su apariencia era lo menos parecida a la de un diablo, se presentó ante él mientras oraba en su celda. Y como Martín hubiese quedado aturdido por la primera impresión, durante algún tiempo ambos guardaron silencio. Entonces dice primero el diablo: "Reconoce Martín a quién estás viendo, yo soy Cristo; en la idea de descender a la tierra, antes quise manifestarme ante ti". Como Martín se callara y no respondiera nada, se atrevió el diablo a reiterar la audacia de su confesión: "Martín, ¿por qué dudas? Cree, pues estás viendo. Yo soy Cristo". Y entonces él, por revelación del espíritu para que comprendiera que era el diablo, no el Señor, dice: "El Señor Jesús no predijo que iba a venir sonriente, revestido de púrpura ni con una diadema; yo no creeré que ha venido Cristo más que bajo el aspecto y la forma en que sufrió, más que llevando los estigmas de la cruz". Ante estas palabras se desvaneció aquél al punto como el humo. Llenó la celda de tal hedor que dejó rastros indudables de que era el diablo. Y que así sucedió esto, tal como acabo de referir, a fin de que nadie lo considere fabuloso, diré que lo supe de labios del propio Martín.

Sulpicio Severo. Vida de Martín.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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