irichc     Fecha  10/05/2003 16:31 
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Volver al foro Responder Teófilo de Alejandría. Sobre el problema de la carne en la Providencia.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Teófilo combate aquí, por un lado, a Apolinar, polemista y hereje del siglo IV; por el otro, a Orígenes, teólogo y exégeta del siglo II y, junto con San Ireneo y San Agustín, uno de los tres grandes vértices de la Patrística.

Apolinar desvinculaba el alma humana de la encarnación divina, pues, según él, la divinidad de Cristo hacía las veces de alma, mientras que su cuerpo asumido, irracional, carecía de ella. Así, en su afán excesivo por contradecir a origenistas (que divinizaban el alma humana) y a arrianos y ebionitas (que negaban la divinidad de Cristo) suprimió parcialmente el misterio de la venida del Verbo al mundo, negando que el alma del hombre se hubiera salvado definitivamente con Cristo. Lo cual equivale a decir que es necesaria una segunda venida del Mesías para redimir a la humanidad completamente (milenarismo).

Orígenes, en cambio, veía la creación del hombre, en su forma corpórea actual, como una caída platónica de las almas en el pecado; visión compartida con el hermetismo, el gnosticismo y, en cierto modo, el budismo. Eso excluía a la carne de la economía de la salvación, cuestionaba por un motivo análogo la humanidad de Cristo (en paralelo al apolinarismo), y separaba la primera creación (pura, espiritual, incólume) de la segunda (impura, corporal, lapsa) por medio de un hiato indeterminado de tiempo, condicionándola no a la voluntad omnipotente de Dios, sino a la voluntad pecadora de los ángeles-almas.

Además, en una versión cristianizada del eterno retorno, Orígenes sostenía la restauración universal (apokatástasis), según la cual todo ser creado, incluso el Diablo, sería salvo al final de los tiempos. Concepción herética que, sin embargo, también adoptaron algunos ortodoxos, como Gregorio de Nisa.

Daniel.

* * *

1. En esta augusta solemnidad, el Verbo divino que envía su fulgor desde las regiones celestes y supera con brillo la claridad del sol, derrama luz esplendorosa en las almas de los que le buscan. Y a las que con la mirada del corazón pueden soportar los rayos de esa luz, las lleva a las mansiones interiores de la Jerusalén celestial y, por decirlo así, al santo de los santos. Por eso, si queremos participar de la salvación y, aplicándonos a la práctica de las virtudes, purgar los vicios de nuestras almas y, por la constante meditación de las Escrituras, limpiar cuanto de sucio hay en nosotros, contemplando como a cielo abierto la clara ciencia de los dogmas, apresurémonos a celebrar las fiestas de la celeste alegría y unámonos a los coros de los ángeles allí donde está segura la corona, el premio y la victoria, y donde se ofrece a los triunfadores la deseada palma. Y una vez liberados de las tumultuosas olas de la carne, no dudemos en aferrarnos al timón de las virtudes en medio de los diversos naufragios que amenazan a nuestra sensualidad y, una vez superados los enormes peligros de la mar, entrar en el puerto segurísimo de los cielos.

(...)

4. Por eso, cuando todos estábamos seducidos por el error, la Palabra viviente de Dios vino en nuestra ayuda a una tierra que desconocía el culto a Dios y estaba privada de la verdad. De lo cual es testigo aquel que dice: "Todos se desviaron, a una se corrompieron" (Rom 3,12). Y los profetas que imploran el auxilio de Cristo: "Señor, inclina tu cielo y desciende" (Sal 143,5). No para cambiar de lugar, ya que en Él está todo, sino para asumir la carne de la fragilidad humana por nuestra salvación, según lo que dice Pablo: "El cual, siendo rico, por nosotros se hizo pobre a fin de que con su pobreza nosotros nos hiciéramos ricos" (2 Cor 8.9). Vino pues a la tierra y, naciendo hombre del seno virginal que había santificado, confirmando por esta disposición el significado de su nombre "Emmanuel", es decir, "Dios con nosotros", de modo admirable comenzó a ser lo que nosotros somos, sin dejar de ser lo que es: de tal modo asumió nuestra naturaleza que no perdió lo que Él mismo era. Porque aunque Juan escriba "El Verbo se hizo carne" (Jn 1,14), es decir, "hombre", sin embargo no se convirtió en carne, porque nunca dejó de ser Dios. A él se dirige el santo: "Tú eres mi hijo amado, en quien me complazco" (Lc 3,22), de modo que, aun después de hecho hombre, confesamos que sigue siendo lo que fue antes de ser hombre, cosa que Pablo pregona con nosotros cuando dice: "Ayer como hoy, Jesucristo es el mismo y lo será siempre" (Heb 13,8). Al decir "el mismo" pone de manifiesto que no ha cambiado su naturaleza original ni disminuido la riqueza de su divinidad el que, hecho pobre por nosotros, tomó la plena semejanza de nuestra naturaleza. Asumió al hombre con los mismos elementos, en cantidad y en calidad -a excepción del pecado-, con los que todos nosotros fuimos creados, no parcialmente, sino en su integridad, de forma que "mediador entre Dios y los hombres, Cristo Jesús, hombre también" (1 Tim 2,5), no careció de nada de lo que constituye nuestra semejanza, a excepción sólo del pecado, que no constituye una sustancia.

No tuvo una carne sin alma, en la que el mismo Dios Verbo habría hecho de alma racional, como opinan en sus sueños los discípulos de Apolinar. Cuando Él afirma en el evangelio: "Ahora mi alma está turbada" (Jn 12,27), no quiere decir que su divinidad estuviera sujeta a turbación, cosa que lógicamente habrán de decir quienes propugnan que la divinidad hizo en su cuerpo las veces del alma. Tampoco habría sido íntegro el hombre asumido por Él si únicamente hubiera asociado al alma, sin su racionalidad; porque, por la semejanza de la carne y la desemejanza del alma, habría que pensar que realizaba una economía de "semi-encarnación", siendo en su carne semejante a nosotros, y en su alma, a los animales irracionales; eso, suponiendo, claro está, que el alma del Salvador fuera, como ellos dicen, irracional y sin inteligencia ni espíritu; pero creer tal cosa es impío y ajeno a la fe de la Iglesia, y sobre el Salvador caería al punto aquel denuesto con que el profeta reprende al pecador: "Efraín es como paloma insensata y sin cordura" (Os 7,11). Y, como irracional, tendría que oír: "Es comparable a las bestias mudas, se asemeja a ellas" (Sal 48,13). Porque nadie puede dudar de que el alma irracional, privada de inteligencia y de espíritu, es comparable a los brutos animales. De ahí que Moisés también escriba: "No pondrás bozal al buey que trilla" (Dt 15,4). Y Pablo, comentando lo escrito, dice: "¿Es que se preocupa Dios de los bueyes? ¿No lo dice expresamente por nosotros?" (1 Cor 9,9-10).

5. Así pues, por nosotros se hizo hombre el Salvador, no por los animales brutos e irracionales, como para que hubiera tenido que tomar un alma semejante a la de las bestias, privada de inteligencia y espíritu. Tampoco aceptó la Iglesia aquello que han inventado y propalado los seguidores de esa misma herejía, a saber, que el alma del Salvador sea lo que se llama "prudencia de la carne", puesto que el Apóstol llama a la prudencia de la carne enemiga de Dios y muerte, y sería un sacrilegio decir del Señor que su alma sea muerte y enemiga de Dios. Porque si Él nos manda: "no temáis a los que matan el cuerpo, pero no pueden matar el alma" (Mt 10,28), tendrán ellos que admitir, con necia lógica, que nuestras almas son mejores que el alma del Salvador, pues de ésta se afirma que es "prudencia de la carne", que es muerte y enemiga de Dios, y en cambio la nuestra no puede morir. Esto no ha de entenderse así, hermanos amadísimos, porque ni siquiera la prudencia del alma puede ser llamada alma, ya que ambas difieren mucho entre sí. Pues aunque la prudencia del alma reside en ésta, siendo prudencia de ésta, sin embargo la una posee y la otra es poseída: lo primero es el alma; luego viene lo que está en el alma, ¡cuánto menos podrá llamarse alma a la "prudencia de la carne"! Echen cuantas veces quieran las redes de sus silogismos; al armar las trampas de sus sofismas, caerán ellos en sus propios lazos, pues no saben ni siquiera aquello de que se jactan con vana ciencia. Que aprendan de nosotros, ya que contra nuestro gusto nos fuerzan a meternos en esta disquisición, que una cosa es el sujeto que sabe; otra, la sabiduría, y otra, el objeto sobre el que se sabe. Y que estas cosas difieren entre sí no sólo por las palabras, sino por el sentido. El sujeto que sabe es el alma racional; lo que proviene de ella, y de ella es pero no es el sujeto que sabe, se llama sabiduría; lo que se sabe, en fin, es el objeto aprehendido, que es formado por la sabiduría en su acción de saber, pero no es ni el sujeto que sabe ni la sabiduría misma. Que dejen, en fin, de tergiversar con los rodeos de su arte dialéctica las sencillas formulaciones de la fe eclesiástica, llamando al alma del Salvador "prudencia de la carne", de la que el Apóstol afirma que es muerte y enemiga de Dios.

6. Pero también podemos argumentar contra ellos de la manera siguiente. Está escrito del Verbo de Dios: "Todo fue hecho por Él" (Jn 1,3). Se puede creer que la sabiduría o prudencia de la carne, como ellos entienden el alma del Salvador, fuera creada por el Verbo de Dios, de modo que él mismo resultara ser el creador de la muerte y de la enemistad con Dios y, lo que sería horrendo decir, que él mismo las asoció a su persona. Si creer eso es horrendo y si, por otra parte, el alma del Salvador está enriquecida en todas las virtudes, entonces la prudencia de la carne no puede ser alma suya, pues habría que pensar que Él mismo había unido a su persona la muerte y la enemistad de Dios. Que los discípulos de Apolinar dejen de defender lo que éste dijo contra las reglas de la Iglesia, alegando para ello otros escritos suyos. Porque aunque escribió contra los arrianos y los eunomianos y rebatió con su lógica a Orígenes y otros herejes, sin embargo, todo el que recuerde aquel precepto: "Nadie haga en el juicio acepción de personas" (Dt 1,17), deberá mirar siempre la verdad por encima de las personas y saber que en el punto de la economía del hombre, que el Hijo unigénito de Dios se dignó a asumir para nuestra salud, no está exento de culpa aquel que respecto de su alma pensó y escribió cosas perversas. Porque del mismo modo que el Apóstol dice: "Aunque repartiera todos mis bienes y entregara mi cuerpo a las llamas, si no tengo caridad, de nada me aprovecha" (1 Cor 13,3); así también este de quien ahora se trata [Apolinar], lo mismo que Orígenes y los demás herejes, pueden haber escrito algunas cosas que no están en contradicción con la fe de la Iglesia, pero si en puntos capitales y que atañen a la salvación de los creyentes han combatido la fe de la Iglesia, no están libres de culpa. Porque no es verdad que, como él y sus seguidores se empeñan en demostrar, nuestro Señor y Salvador haya asumido un alma sin razón ni inteligencia, o sólo la mitad de ella, o dos de las tres partes, o una sola de las tres; pues de ese modo habría salvado sólo parcialmente al hombre asumido, ya que ni la mitad ni ninguna de las partes merecen el nombre del todo. Y así como lo que es perfecto carece de imperfección, así lo que es imperfecto no puede ser llamado perfecto. Y si asumió nuestra semejanza imperfectamente, o sólo en parte, ¿por qué en el evangelio dice: "Nadie me quita mi alma. Yo tengo poder para darla y para recibirla de nuevo" (Jn 10,18)? El alma que se quita y se da no puede ser calificada de irracional o privada de espíritu e inteligencia, sino, al contrario, de racional e inteligente, dotada de espíritu y sensible.

(...)

8. De todo lo cual resulta que para mostrar que el misterio de la condición humana está equilibrado en todos sus elementos tomó la perfecta semejanza de nuestra condición y asoció consigno no sólo la carne, ni sólo un alma irracional y sin espíritu, sino todo el cuerpo y toda el alma, a fin de mostrar en su propia persona un hombre perfecto y dar a todos los hombres, en sí mismo y por sí mismo, una salvación igualmente perfecta. Plenamente asociado a nosotros, que hemos sido creados de la tierra, no trajo su propia carne del cielo, ni tampoco unió a su cuerpo un alma que hubiera subsistido previamente, creada con anterioridad a la carne, como se obstinan en enseñar los discípulos de Orígenes. Porque si el alma del Salvador ya moraba en las regiones celestes antes de que Él tomara cuerpo humano sin ser aún su alma, habría que admitir la enorme impiedad de que había existido antes que el cuerpo del Señor, desarrollando una actividad y vitalidad propias, y que más tarde se había convertido en alma del Señor. (...)

10. ¿Qué razón, qué lógica de razonamiento lo pudo inducir a anular la verdad de las Escrituras con las sombras de la alegoría y de inútiles imágenes? ¿Qué profeta le enseñó a opinar que Dios se vio forzado a fabricar los cuerpos porque las almas cayeron del cielo? ¿Quién de los que, según el bienaventurado Lucas, fueron testigos oculares y servidores de la palabra le transmitió la doctrina de que por la negligencia, la inestabilidad y la incapacidad de las criaturas racionales para mantenerse en las regiones superiores se vio Dios obligado a crear la diversidad de los seres de este mundo? De hecho, Moisés, al narrar la creación, no dijo ni dio indicios de que, debido a causas previas, lo sensible surgiera de lo racional, lo visible de lo invisible, ni lo mejor de lo peor, cosa que Orígenes predica abiertamente. Dice, en efecto, que se debe a pecados de las criaturas inteligentes el que el mundo empezara a existir, y no quiere celebrar la pascua con los santos, ni decir con Pablo: "Lo invisible de Dios, desde la creación del mundo, se deja ver a la inteligencia a través de sus obras". Y tampoco quiere exclamar con el profeta: "He considerado tus obras y he quedado estupefacto". Y es que no podría subsistir la belleza del mundo si no hubiera sido colmado con el variado ornato de las criaturas. En fin, el sol y la luna, esos dos luminares mayores, y las demás estrellas, antes de ser creadas para lo que el funcionamiento de su cotidiana carrera demuestra que fueron creadas, no existían sin sus cuerpos ni, perdiendo su original sencillez por no sabemos qué causas, fueron envueltas en sus cuerpos, como sueña aquél, forjando doctrinas contrarias a la fe. Tampoco es que las almas cometieran un pecado en las regiones celestes y por él fueran desterradas a los cuerpos. Si esto fuera así, el Salvador no hubiera tenido que tomar cuerpo, sino simplemente liberar a las almas de sus cuerpos; es más, en el mismo instante en el que por el bautismo perdona los pecados, debería liberar al bautizado de las cadenas de su cuerpo, ya que éstas han sido creadas, según aquel recuerda, por causa de los pecados y para condenación del pecado. En vano, pues, se nos promete la resurrección de los cuerpos, si a las almas lo que les conviene es volar al cielo sin el peso del cuerpo. Y Él mismo, cuando resucitó, no debió resucitar su carne, sino únicamente unir el alma a su divinidad, dado que es mejor vivir sin cuerpos que con cuerpos.

11. ¿Qué es lo que pretende al predicar que las almas quedan con frecuencia vinculadas a los cuerpos y con frecuencia son liberadas de ellos, haciéndonos pasar por muchas muertes? Ignora que Cristo ha venido no para desligar a las almas de sus cuerpos después de la resurrección, ni para revestirlas de otros cuerpos una vez libres, ni para vestir de carne y sangre a las que caen de las regiones celestes, sino para dar a los cuerpos, una vez resucitados, la incorrupción y la inmortalidad. Pues, lo mismo que Cristo, habiendo muerto una vez, no vuelve a morir más, ni la muerte tiene señorío sobre Él, así los cuerpos resucitados, después de su resurrección, tampoco vuelven a morir una segunda vez ni muchas veces, ni la muerte tiene ya poder sobre ellos, ni se resuelven en la nada, porque la venida de Cristo salvó al hombre total.

Teófilo de Alejandría. Carta a los obispos de Egipto (en el epistolario de San Jerónimo).                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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