irichc     Fecha  29/11/2003 17:13 
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Volver al foro Responder Tertuliano. Enervación del culto a los dioses paganos.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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"A los dioses -decís- no les tributáis culto, y a los emperadores no les ofrecéis sacrificios". Se deduce que no ofrecemos sacrificios por otros por la misma razón por la que no los ofrecemos tampoco por nosotros mismos: es decir, que no damos culto a los dioses. Y por esto se nos persigue como culpables de sacrilegio y de lesa majestad. Ésta es la clave de la acusación, o más bien su totalidad, y, por cierto, sería digna de ser examinada si no actuaran como jueces la prevención o la injusticia, pues la una renuncia a la verdad y la otra la rechaza.

A vuestros dioses hemos dejado de darles culto desde el momento en que sabemos que no son dioses. Así pues, lo único que debéis exigirnos es que probemos que no son tales dioses y que por tanto no hay que darles culto, porque se les debería dar culto únicamente en el caso de que fuesen dioses. Y así, se debería castigar a los cristianos únicamente si se demostrara que aquellos a quienes no dan culto, porque consideran que no son dioses, realmente lo son. "Pero para nosotros -decís- son dioses". Apelamos y acudimos a vuestra conciencia; que ella nos juzgue y ella nos condene si puede decir que todos esos dioses vuestros no han sido hombres. Y si ella también lo niega, será rebatida con sus propias armas: los monumentos de la antigüedad, por los que llegó a conocerlos: ellos dan testimonio hasta el presente de las ciudades en que nacieron, las regiones en las que dejaron alguna huella de sus hazañas, e incluso del lugar en que se pueden ver sus tumbas. ¿Será acaso preciso recorrer ahora la lista de vuestros dioses, siendo tan numerosos y diversos: recientes y antiguos, bárbaros y griegos, romanos y peregrinos, cautivos y adoptivos, privados y públicos, varones y mujeres, rústicos y urbanos, marinos y guerreros? Es inútil hasta enumerar sus nombres; tomaré un único ejemplo -como resumen- y esto no para hacéroslo saber sino para que recordéis (pues en verdad actuáis como si lo hubierais olvidado): no existe entre vosotros ningún dios anterior a Saturno; a él se remonta el origen de toda divinidad o al menos lo mejor y más conocido de ella. Así pues, lo que se establezca acerca del padre podrá aplicarse también a su descendencia.

De Saturno, pues, si nos remitimos a la tradición literaria, ni Diodoro el griego, ni Talo, ni Casio Severo ni Cornelio Nepote, ni ningún otro escritor de la antigüedad han hablado nunca de él más que como hombre. Y si nos remitimos a las pruebas tomadas de la realidad, en ningún sitio las encuentro tan seguras como en la misma Italia, donde Saturno se estableció -después de muchas expediciones y después de haber sido recibido como huésped en el Ática-, cuando lo recogió Jano, o Janis, como dicen los salios. El monte donde habitó se llama Saturnio; la ciudad cuyo recinto trazó se llama hasta hoy Saturnia; y, en fin, toda Italia, después de llamarse Enotria, recibió el sobrenombre de Saturnia. Él fue el primero que utilizó tablillas y monedas con efigie grabada, y por esta razón está a su cargo la protección del erario. Y si Saturno es un hombre, necesariamente procede de otro hombre; y si procede de un hombre, no es posible que proceda del Cielo y de la Tierra sino que, al no conocerse sus padres, fácilmente pudo decirse que era hijo de quienes todos podemos parecerlo; pues, ¿quién no llamará al cielo y a la tierra "padre" y "madre" en señal de veneración y respeto? ¿O no es también costumbre decir que los desconocidos o los que aparecen inesperadamente han caído del cielo? De ahí que a Saturno, que aparece inesperadamente en todas partes, le cupo en suerte llamarse "Celeste"; y además, "hijos de la tierra" llama el vulgo a quienes son de origen desconocido. No voy a decir que entonces los hombres eran tan rudos que se dejaban impresionar por la presencia de cualquier hombre desconocido como si fuera una aparición divina, porque veo que todavía hay hombres ya civilizados que consagran como dioses a quienes pocos días antes consideraron muertos y sepultaron en medio de un duelo general. Ya es suficiente en lo que respecta a Saturno, aunque haya dicho poco. Haremos ver que también Júpiter es hombre e hijo de hombres, y después, que todo su linaje es mortal, semejante a su progenitor.

Como que no osáis decir que aquéllos no fueron hombres, y habéis decidido afirmar que se convirtieron en dioses después de su muerte, vamos por eso a examinar las causas que han dado lugar a esto.

En principio, es preciso que admitáis la existencia de algún Dios supremo y en cierto modo propietario de la divinidad, que haya podido convertir a los hombres en dioses; pues ni ellos hubieran podido darse a sí mismos una divinidad que no tenían, ni otro hubiera podido concederla a quienes no la tenían, si no la poseía antes de por sí. Por otra parte, si no hay nadie que pudiera transformarlos en dioses, es vana vuestra pretensión de que se han transformado en dioses, si suprimís al causante de la transformación. Está claro además que, si ellos mismos hubieran podido hacerse dioses, nunca hubieran sido hombres, estando en su mano la facultad de procurarse mejor condición.

Supongamos que existe alguien capaz de hacer dioses: me pongo a examinar las razones que le moverían a transformar a los hombres en dioses y no encuentro ninguna, a no ser que aquel gran Dios haya sentido la necesidad de ministros y auxiliares para ejecutar las tareas divinas. En primer término, es impropio de la divinidad necesitar ayuda de alguien, por añadidura de un muerto, cuando sería mucho más adecuado que hubiese hecho desde el principio algún dios, puesto que iba a necesitar después la ayuda de un muerto. Pero tampoco veo la necesidad de esta ayuda, pues todo el conjunto de este mundo, ya sea eterno e increado -como dice Pitágoras-, ya sea nacido y hecho -como dice Platón- en su mismo principio y de una vez para siempre, aparece organizado, armónicamente ordenado y gobernado racionalmente. No puede ser un principio imperfecto el que lo realizó todo con perfección. Para nada necesitaba a Saturnio y a la raza saturnia. Insensatos serían los hombres si no tuvieran la seguridad de que desde el principio las lluvias han caído del cielo, y los astros han brillado, y las luces del cielo han iluminado, y los truenos han resonado; y de que el mismo Júpiter ha tenido miedo a los rayos que ponéis en su mano. Y del mismo modo, se sabe que la tierra ha producido en abundancia todos los frutos antes de que existieran Líber, Ceres y Minerva; más aún, antes de que existiera el primer hombre, porque nada de lo que mira a la conservación y sostenimiento del hombre ha podido aparecer después que el hombre.

Y, por último, dicen que lo necesario para esta vida lo han descubierto, no lo han hecho; pero lo que se descubre, existía ya; y lo que existía no se atribuye a quien lo descubrió sino a quien lo hizo, pues existía antes de ser descubierto. Por lo demás, si Líber es dios porque dio a conocer la vid, se ha obrado injustamente con Luculo -el primero que llevó a los romanos las cerezas del Ponto y extendió su conocimiento por Italia- ya que no se le ha consagrado como autor del nuevo fruto siendo su difusor. En consecuencia, si desde el principio el universo se ha mantenido y está organizado y provisto de normas seguras para el desempeño de sus funciones, por lo que a ello respecta no existe motivo para elevar a los hombres a la dignidad de dioses, puesto que los oficios y poderes que les habíais asignado, existían desde el principio, del mismo modo que hubieran existido aunque no hubierais inventado esos dioses.

Pero atendéis a otro motivo cuando alegáis como causa de la divinización el premio a los méritos. Venís a admitir, supongo, que este Dios deífico será sumamente justo y por tanto no habrá otorgado tan gran premio sin causa fundada, ni inmerecidamente, ni con excesiva prodigalidad. Quiero, pues, examinar estos méritos para ver si son de tal naturaleza que los eleven al cielo en lugar de hundirlos en lo más profundo del Tártaro, lugar que -cuando os parece- consideráis como cárcel de los suplicios infernales. Pues allí se suele destinar a los impíos para con sus padres, a los incestuosos con sus hermanas, a los adúlteros, a los raptores de doncellas y corruptores de niños, a los violentos y a los homicidas, a los que roban y a los que defraudan y a todos los que se asemejan a algún dios vuestro, porque no podríais probar que alguno de ellos está libre de crímenes o de vicios, a no ser que le neguéis la condición de hombre. Pero, como no podéis decir que no fueron hombres, ahí están estas características que no permiten creer que después hayan sido hecho dioses. Si vosotros tenéis tribunales para castigar a quienes hacen algo semejante, si todos los que sois honrados evitáis el contacto, la conversación, el trato con los malvados e infames, ¿a hombres semejantes a éstos los ha admitido aquel Dios como consortes de su majestad? ¿Por qué, pues, condenáis a unos y adoráis a sus colegas? Vuestra justicia es un ultraje para el cielo. Convertís en dioses a los peores delincuentes para agradar a vuestros dioses; ¡Para ellos es un honor la consagración de sus semejantes!

Pero dejemos a un lado esta indignidad y admitamos que hubieran sido honrados, íntegros y buenos. ¡A cuántos mejores que ellos habéis lanzado a los infiernos! A Sócrates, insigne por su sabiduría; a Aristides por su justicia; a Temístocles, por sus hazañas militares; a Alejandro por su grandeza de espíritu; a Polícrates, por su buena fortuna; a Creso por su riqueza; a Demóstenes, por su elocuencia. ¿Cuál de aquellos dioses vuestros es más grave y prudente que Catón, más justo y mejor soldado que Escipión? ¿Quién más grande que Pompeyo, más afortunado que Sila, más rico que Craso, más elocuente que Tulio?. ¡Cuánto más conveniente hubiera sido que aquel Dios hubiera elegido a éstos para asociarlos a su divinidad, más aún conociendo de antemano a los mejores! Se precipitó, según parece, y cerró el cielo de una vez para siempre, y ahora se avergüenza de que los que son ciertamente mejores estén murmurando en los infiernos.

Basta ya de esto. Sé que, apoyándome exclusivamente en la verdad, llegaré a demostrar qué es lo que no son vuestros dioses cuando haya puesto de manifiesto lo que son. En lo que respecta a vuestros dioses, únicamente veo los nombres de algunos muertos hace ya tiempo, y oigo leyendas, y conozco las ceremonias a través de las leyendas. Y en lo que respecta a las imágenes mismas, no percibo nada más que su material, hermano de las vasijas e instrumentos de uso común, o ese mismo material de vasijas y utensilios, que ha cambiado, por así decir, su destino por medio de una consagración, gracias al arte que lo transfigura, actividad de por sí ultrajante y sacrílega; en realidad, para nosotros, que somos perseguidos por causa de esos mismos dioses, resulta un alivio de nuestros sufrimientos el hecho de que ellos también los soportan hasta que se convierten en dioses.

En cruces y maderos claváis a los cristianos; ¿Qué imagen no se ha formado de barro aplicado a una cruz y a un madero? En un patíbulo son consagrados por primera vez los cuerpos de vuestros dioses. Con garfios herís las espaldas de los cristianos; pero sobre todos los miembros de vuestros dioses se aplican con mayor energía hachas, cepillos y escofinas. Se nos corta la cabeza; antes del emplomado, están sin cabeza vuestros dioses. Se nos echa a las fieras: por cierto, las mismas que uncís al carro de Líber, Cibeles y Celeste. Se nos entrega a las llamas; también a ellos en su primitivo material. Se nos condena a las minas: de ahí han salido vuestros dioses. Se nos destierra a las islas: también suelen algunos de vuestros dioses nacer o morir en ellas. Si a través de esto se adquiere de algún modo la divinidad, resulta que quienes reciben un castigo son consagrados como dioses y que habrá que llamar apoteosis a los tormentos. Pero la verdad es que vuestros dioses no perciben estas ofensas, como tampoco perciben los homenajes. ¡Oh injurias sacrílegas! ¡Rechinad los dientes! ¡Echad espumarajos! Sois, sin embargo, los mismos que aplaudís a un Séneca que, con palabras amargas, habla detenidamente de vuestra superstición.

Así pues, si no adoramos unas estatuas y retratos fríos, semejantes a vuestros muertos -bien las reconocen los milanos, los ratones y las arañas-, ¿acaso no merecía alabanza en vez de castigo el hecho de rechazar un error reconocido? ¿Puede, en cambio, parecer a alguien que ofendemos a unos seres de cuya inexistencia estamos seguros? Lo que no existe no sufre nada de nadie, precisamente porque no existe.

Tertuliano. Apologético (retorsio).                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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