irichc     Fecha  25/11/2003 03:43 
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Volver al foro Responder Tertuliano. Los derechos de la ortodoxia.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Justificación de las herejías.

La condición de los tiempos presentes nos obliga incluso a hacer esta advertencia: no debemos admirarnos de estas herejías, ni de que existan, pues estaba anunciado que iban a existir, ni de que arruinen la fe de algunos, pues para eso existen, precisamente, para que la fe, teniendo la tentación, tenga también la prueba.

Por tanto, en vano e irreflexivamente se escandalizan muchos de que las herejías puedan tanto. Si no pudiesen tanto, no existirían. Cuando la suerte ha decidido que algo exista plenamente, lo mismo que recibe la naturaleza por la cual es lo que es, así obtiene también la fuerza mediante la cual existe y no puede no existir.

En una palabra, de la fiebre -destinada, entre los demás mortíferos y dolorosos desenlaces, a matar al hombre- no nos admiramos de que exista, pues existe, ni de que mate al hombre, pues para eso existe. Por tanto, si nos espantamos de que las herejías -aparecidas para causar la languidez y la muerte de la fe- puedan esto, primero tendríamos que espantarnos de que sean esto, pues mientras existen, tienen poder, y mientras pueden tienen existencia.

Ahora bien, la fiebre -en cuanto es un mal ya por su naturaleza, ya por su potencia, como es sabido-, la abominamos más que nos admiramos de ella y, en cuanto depende de nosotros, la evitamos, pues no tenemos su abolición en nuestro poder. Sin embargo, las herejías -que causan la muerte eterna y el ardor de un fuego mayor-, algunos prefieren admirarse de que puedan esto a evitar que lo puedan, aun teniendo el poder de evitarlo.

Por lo demás, las herejías no podrán nada si ellos no se admiran de que ellas puedan tanto. Pues o se admiran y, mientras se admiran, son ocultamente conducidos hacia el escándalo, o porque se escandalizan, por eso mismo se admiran, como si el que puedan tanto provenga de alguna verdad.

Es sorprendente, sin duda, que el mal tenga fuerzas propias; sólo que las herejías pueden mucho en aquellos que no son fuertes en la fe. En el combate de los púgiles y de los gladiadores, la mayoría de las veces alguien vence no porque sea fuerte o porque no pueda ser vencido, sino porque quien ha sido vencido carecía de fuerzas: por eso, aquel mismo vencedor, enfrentado después a uno que es vigoroso, incluso se retira vencido. No de otro modo, las herejías sacan poder de las debilidades de algunos, no pudiendo nada si se encuentran con una fe vigorosa.


Las defecciones de cristianos "ejemplares".

Es verdad que estos papanatas suelen edificarse para su ruina hasta de que ciertas personas hayan sido captadas por la herejía: 'porque aquélla o aquél, fidelísimos y prudentísimos y sumamente asiduos en la iglesia, se han pasado a aquella facción'.

¿Quién que dice esto no es capaz de responderse él mismo que aquellos a quienes las herejías han sido capaces de cambiar no deben ser tenidos ni por prudentes ni por fieles ni por asiduos? ¿Pero es sorprendente -pienso yo- que alguien aprobado en el pasado sucumba después?

Saúl, bueno más que los demás, es arruinado después por la envidia. David, varón bueno "según el corazón de Dios", se hace después reo de homicidio y estupro. Salomón, agasajado por el Señor con toda gracia y sabiduría, es inducido por las mujeres a la idolatría. Pues sólo al Hijo de Dios estaba reservado permanecer sin delito.

Por tanto, ¿qué pasa si un obispo, si un diácono, si una viuda, si una virgen, si un doctor, si incluso un mártir se aparta de la regla? ¿Parecerá, por eso, que las herejías ganan verdad? ¿Juzgamos la fe por las personas o a las personas por la fe? Nadie es sabio si no es creyente, nadie es mayor si no es cristiano, pero nadie es cristiano sino quien habrá perseverado hasta el final.

Tú, como hombre, conoces a cada uno por fuera: juzgas por lo que ves, y ves hasta donde alcanzan tus ojos. Pero "los ojos del Señor -dice [la Escritura]- son profundos. El hombre mira a la cara, Dios al corazón". Y por eso, "conoce el Señor a los suyos y arranca la planta que no ha plantado", y de los primeros hace los últimos, y lleva en la mano el bieldo para limpiar su era. Vuelen cuanto quieran, a cualquier viento de tentaciones, las pajas de la fe inestable, tanto más limpio será depositado el montón de trigo en los graneros del Señor.

¿Acaso algunos discípulos no se apartaron, escandalizados, del Señor mismo? Y, sin embargo, no por eso pensaron también los otros que había que separarse de sus huellas, sino que quienes sabían que era el Verbo de vida y que había venido de Dios perseveraron en su compañía hasta el final, aun cuando él, sin turbarse, les había ofrecido que, si querían, también ellos podían irse. Tiene poca importancia que algunos, Figelo y Hermógenes y Fileto e Himeneo, hayan abandonado a su Apóstol: el mismo que entregó a Cristo fue uno de los Apóstoles.

¿Nos vamos a admirar de que sus iglesias sean abandonadas por algunos, cuando todas esas cosas que padecemos a ejemplo de Cristo mismo demuestran que somos cristianos? "De entre nosotros -dice [la Escritura]- salieron, pero no eran de los nuestros; si hubieran sido de los nuestros, habrían permanecido, ciertamente, con nosotros" (1 Jn 2,19).

(...)

El "buscad y encontraréis" (Mt. 7,7) fue dicho sólo a los judíos.

Vengo, pues, a esa sentencia que los nuestros alegan como pretexto para iniciar su curiosidad y que los herejes intercalan en el discurso para infiltrar su meticulosidad. Está escrito, dicen: "buscad y encontraréis".

Recordemos cuándo pronunció el Señor esta palabra. Pienso que en los comienzos de su enseñanza, cuando todos dudaban todavía de que él fuese el Cristo, cuando ni Pedro lo había proclamado Hijo de Dios, cuando incluso Juan [Bautista] había dejado de estar seguro acerca de él. Por tanto, con razón se dijo entonces: "buscad y encontraréis", cuando aún tenía que ser buscado quien todavía no era reconocido, y esto en cuanto se refería a los judíos.

Pues todo este discurso de reproche concierne a quienes tenían dónde buscar a Cristo. "Tienen -dice [Cristo]- a Moisés y a Elías", esto es, la Ley y los Profetas, que predicaban a Cristo, según lo que también en otro lugar [dice] abiertamente: "Escrutad las Escrituras, de las que esperáis la salvación: pues ellas hablan de mí" (Jn 5,39). Esto será el "buscad y encontraréis".

Pues también está claro que lo que sigue se corresponde a los judíos: "llamad y se os abrirá" (Mt 7,7). En el pasado los judíos habían estado junto a Dios; después, expulsados a causa de sus delitos, comenzaron a estar fuera de Dios.

Sin embargo, los paganos nunca estuvieron junto a Dios, sino que fueron "goteo de un cubo y polvo de una era" (Is 40,15) y siempre estuvieron fuera. Entonces, quien estuvo siempre fuera, ¿cómo llamará donde nunca estuvo?, ¿qué puerta conoció en la que no fue recibido ni de la que fue expulsado alguna vez? ¿Acaso no llamará, más bien, y conoce la puerta quien sabe que estuvo dentro y que fue echado fuera?

También el "pedid y recibiréis" corresponde a aquél que sabía a quién tenía que pedírsele algo y por quién había sido prometido, es decir, el Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, a quien los paganos desconocían tanto como sus promesas. Y por eso decía [el Señor] a Israel: "no he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel" (Mt 15,24). Aún no había echado a los perros el pan de los hijos, aún no había mandado ir por el camino de los paganos.

En todo caso, al final mandó que quienes enseguida iban a recibir el Espíritu Santo, el Paráclito, que les guiaría hacia la verdad plena, marchasen a enseñar y bautizar a los paganos. Por tanto, también esto sirve a aquello. Porque si también los Apóstoles mismos, los doctores destinados a los paganos, habían de recibir por doctor el Paráclito, el "buscad y encontraréis" resultaba mucho más superfluo con respecto a nosotros, a quienes la doctrina había de llegar por propia iniciativa por medio de los Apóstoles, y a los Apóstoles mismos por medio del Espíritu Santo.

Ciertamente, todas las palabras del Señor han sido puestas por escrito para todos, han pasado a nosotros a través de los oídos de los judíos; pero la mayor parte de ellas, en cuanto dirigidas a personas concretas, no han constituido para nosotros una admonición propiamente dicha, sino un ejemplo.


Aunque el logion haya sido dicho a todos, la doctrina de Cristo no soporta una búsqueda ilimitada.

Me retiro ahora espontáneamente de esta posición. Admito que se haya dicho a todos: "buscad y encontraréis". Sin embargo, también en este caso es necesario discutir los sentidos [de la sentencia] con la ayuda del gobernalle de la interpretación. Ninguna sentencia divina es tan inconexa y vaga que sólo se puedan defender las meras palabras y no se pueda fijar el sentido de ellas.

Pero, ante todo, sostengo esto: que fue enseñado por Cristo algo absolutamente único y preciso, que los paganos deben, de todos modos, creer y, por tanto, buscar, para que puedan, cuando lo hayan encontrado, creer. Ahora bien, no es posible una búsqueda infinita de una enseñanza única y precisa; hay que buscar hasta que encuentres y hay que creer cuando hayas encontrado, y [no hay que hacer] nada más sino custodiar lo que has creído, comoquiera que, además, crees esto: que no hay que creer otra cosa ni, por tanto, buscarla cuando hayas encontrado y creído aquello que fue enseñado por aquél que te manda no buscar otra cosa que la que él enseñó.

Si alguien duda de esto, luego quedará claro con toda certeza que se encuentra en nuestro poder lo que fue enseñado por Cristo. Entretanto, por confianza en la demostración, me adelanto amonestando a algunos -para que no interpreten sin la disciplina de la razón el "buscad y encontraréis"- que no hay nada que buscar más allá de lo que han creído, que esto es lo que debían buscar.


El sentido del logion no admite una búsqueda ilimitada.

El sentido de este dicho se apoya sobre tres puntos: sobre el contenido, sobre el tiempo, sobre la medida. Sobre el contenido, para que consideres qué es lo que hay que buscar; sobre el tiempo, para que [consideres] cuándo; sobre la medida, para que [consideres] hasta cuándo. Por consiguiente, hay que buscar qué es lo que Cristo enseñó, obviamente mientras no lo encuentres, obviamente hasta que lo encuentres.

Ahora bien, has encontrado cuando has comenzado a creer. Pues no habrías creído si no hubieras encontrado, como tampoco habrías buscado sino para encontrar. Por tanto, si buscas para encontrar y encuentras para creer, al creer has detenido todo proseguimiento del buscar y del encontrar. Esta medida te la ha establecido el resultado mismo del buscar. Este límite te lo determinó aquel mismo que no quiere que creas algo distinto de lo que él enseñó ni que, por tanto, lo busques.

De lo contrario, si porque tantas otras cosas han sido enseñadas por otros, en tanto debemos buscar en cuanto podamos encontrar, estaremos siempre buscando y nunca llegaremos a creer del todo. En efecto, ¿dónde estará el final del buscar?, ¿dónde la parada del creer?, ¿dónde la consumación del encontrar? ¿En Marción? Pero también Valentín propone: "buscad y encontraréis". ¿En Valentín? Pero también Apeles me ha inquietado con esta misma frase; igualmente Ebión y Simón y todos, unos tras otros, no tienen otro procedimiento con el que, introduciéndoseme, ganarme para sí.

Por tanto, no me quedaré en ningún lugar si en todo lugar encuentro "buscad y encontraréis". Será como si en ningún lugar y como si nunca hubiese hecho mío aquello que Cristo enseñó, lo que debe ser buscado, lo que debe ser creído.

Tertuliano. Prescripciones contra todas las herejías.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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