irichc     Fecha  17/06/2002 15:28 
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Volver al foro Responder Textos maniqueos. Los cátaros-I   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Os paso la magnífica introducción al libro “El legado secreto de los Cátaros”, de la editorial Siruela. Como introducción a la introducción, permitidme detallar lo siguiente:

Según los Cátaros los hombres son una realidad transitoria, una “vestidura” de la simiente angélica. Afirman que el pecado se produjo en el cielo y que se ha perpetuado en la carne. La doctrina cristiana tradicional, en cambio, considera que aquél se produjo por causa de la carne y contagia en el presente al hombre interior, al espíritu, que estaría en un estado de caída como consecuencia del pecado original. Para los católicos la fe en Dios redime, mientras que los Cátaros exigen un conocimiento (una gnosis) del estado anterior del espíritu para purgar su existencia mundana. No existe en ellos una sumisión a lo dado, a la materia, que no sería más que un sofisma tenebroso que obstaculiza la salvación, y ello se opone, a su vez, a la doctrina del arrepentimiento y de las buenas obras. En resumen, el cátaro pretende restituir la vida angélica en el mundo para hacerse merecedor de una existencia superior, no redimir la vida terrenal en base a dogmas de ultratumba.

La “herejía” de los Cátaros se resume en los siguientes puntos:

1) Presuponer dos Creadores, uno "bueno", autor del reino celestial, y otro "malo", generador del cosmos sensible. Ambos principios se encuentran en lucha perpetua, y en eso consiste la salvación cátara, a saber, en escapar del mundo por una vía gnóstica, basada en el conocimiento y no en la mera fe.

2) Negar la doctrina de la Trinidad, de la unidad Dios-Cristo-Espíritu Santo. Cristo sería un ángel que toma la forma humana para aleccionar a las almas, las cuales, como él pero culpablemente, han caído del reino de los cielos y están aprisionadas en cuerpos o "vestiduras". El Espíritu Santo es el spiritus principali, el espíritu universal en el que todos los espíritus individuales aspiran a fusionarse.

3) Excluir los sacramentos de la Iglesia católica, que, según los Cátaros, no tendrían ningún poder salvífico. Los Cátaros tenían sus propios ritos y sus propios representantes eclesiásticos.

* * *

Desde mediados del siglo XII hasta finales del XIII, el movimiento cátaro se alzó por varias regiones de Europa –Occitania, norte de Italia, Flandes, Champaña y Cataluña- como una auténtica iglesia alternativa a la de Roma, con su propia organización secreta, su doctrina y sus ritos iniciáticos, que consideraban como la más auténtica expresión del mensaje de Cristo, aunque se trata en realidad de una herencia directa del maniqueísmo y gnosticismo orientales en su concepción radicalmente dualista de la existencia humana.

El mundo, en efecto, no era considerado obra del Dios bueno y celestial, sino de una divinidad inferior, de un Dios inicuo (iniquus) que habría encarcelado a los ángeles del verdadero Dios, es decir, a las almas humanas. Este Dios malvado es llamado en muchos textos "extranjero" o "extraño" (alienus, en provenzal estranh) y reina en una tierra extranjera (in terra aliena). Para mentarla, los Cátaros citaban con frecuencia un versículo de Jeremías: "Lo mismo que me dejasteis a mí y servisteis a un Dios extranjero en vuestra tierra, así serviréis a dioses extranjeros en una tierra no vuestra [Jr 5,19]. Pero a esta "tierra extranjera" corresponden todas las imágenes de desolación y exilio que ofrece la Biblia, en especial el Antiguo Testamento: ella produce "espinas y abrojos", está "próxima a ser maldita, y su fin será el fuego" [Heb 6,8], es una "tierra de desventuras y de tinieblas", donde "reina el pecado más que el bien", en ella todo es "basura" [Flp 3,8], "vanidad y aflicción del espíritu" [Ecl 1,14], sus abismos tenebrosos retumban "con llanto y crujir de dientes" [Mt 8,12].

(...)

Ya que, en efecto, los dos principios creadores no son idénticos, tampoco estas dos creaciones, consideradas como totalidades opuestas (omnia bona y omnia mala, según la terminología cátara), se sitúan en el mismo plano de realidad. Tan sólo el mundo superior posee una plenitud de ser; el material, en cambio, se halla, por decirlo así, ontológicamente degradado, colmado de inexistencia. En un importante capítulo del Tratado, el anónimo autor llega a identificarlo con la nada, con el nihil, y lo contrapone a lo que constituye la esencia más profunda del mundo espiritual y divino, la caritas. Con tal propósito reúne un dossier de auctoritates bíblibas sobre la nada, basándose principalmente en una interpretación tendenciosa del versículo de San Juan sine ips factum est nihil (traducido: "Sin él se ha hecho la nada"). Y escribe: "Si todos los espíritus malvados y los hombres malvados y todas las cosas visibles en este mundo no son nada porque no tienen caridad, entonces han sido hechas sin Dios. Por lo tanto, no las hizo Dios, pues "sin él se ha hecho la nada" [Jn 1,3]. En consecuencia, el ser humano no tiene, en cuanto individuo, ninguna dignidad ontológica: es solamente el teatro de una lucha eterna entre las dos naturalezas que lo conforman. Creado en parte por Dios, en parte por Satanás, mezcla de bondad y de malignidad, de verdad y de falsedad, de ser y de nada, el hombre, mientras exista como tal, está destinado a permanecer como un trágico nudo de contradicción y de sufrimiento. Para escapar a esta condición, a la que lo condena la morada de un cuerpo material, el hombre tendrá, pues, que destruirse, que anularse como individuo, que deshacer el nudo perverso de espíritu y carne que lo constituye. En el Ritual cátaro de Lyon se ruega así a Dios: "No tengas piedad de la carne nacida de la corrupción, mas ten piedad del espíritu preso"

Lo que la religión cátara promete a sus fieles son precisamente los medios para huir de esta tenebrosa cárcel. Pero el camino que se debe recorrer para ascender nuevamente al reino celestial no es otro, como en todas las iniciaciones tradicionales, que el impetuosamente recorrido, en origen, durante la caída en el mundo y en el cuerpo. En efecto, las fuentes cátaras coinciden en afirmar que las almas humanas no son sino los ángeles caídos al principio del reino de los cielos: Dicebant enim animas humanas non aliud esse, nisi illos apostatas spiritus, qui in principio mundi de regno coelorum ejecti sunt, testimonia, por ejemplo, Ecberto de Schönau. El término spiritus designa precisamente a los ángeles, como explica uno de los máximos polemistas católicos del siglo XII, el cremonés Moneta, él mismo un ex Cátaro: per spiritum intendent isti Haeretici Angelos ("por espíritu estos herejes entienden los ángeles"). El spiritus o angelus es, pues, la parte más elevada del compuesto humano, su componente transcósmica y propiamente divina; la que, tras precipitarse al mundo y al cuerpo, tendrá a la postre que regresar a su patria celestial. Más precisamente, de dicho ángel o espíritu, una parte ha caído en el mundo y ha sido aprisionada en la carne, una parte ha quedado en el cielo y espera el momento de reunirse con aquélla. En efecto, los Cátaros distinguen en el hombre, según una doctrina corriente en el cristianismo de los primeros siglos (expuesta con especial rigor por Orígenes), tres componentes: corpus, anima y spiritus. El cuerpo es de origen diabólico, ha sido creado o plasmado por el Dios malvado; el alma y el espíritu son, en cambio, de origen divino, son el semen angelicum que está contenido en nosotros. Aun cuando los términos anima y spiritus aparezcan utilizados muchas veces como sinónimos, su distinción queda claramente atestiguada por diversas fuentes, entre ellas el propio Moneta: dicunt aliud esse animam et aliud spiritum; y en otro lugar precisa: "El alma se encuentra dentro del cuerpo, mientras que el espíritu, que es guarda del alma, y su regidor, no se encuentra en el cuerpo; cada una de las almas creadas por el Dios bueno tiene un espíritu propio a su custodia". Así pues, el alma es la mitad del ángel caída y contenida en el cuerpo, mientras que el espíritu es la otra mitad que permanece "firma" en los cielos, aquella que hace de custodio y guía del alma, a la espera de reunirse con ella después de su exilio terrenal. Justamente porque spiritus y alma son, en última instancia, la misma cosa y su distinción es sólo consecuencia de un momentáneo desbarajuste del orden universal, los dos términos los usaban a menudo indiferentemente los Cátaros: anima es el spiritus aprisionado en el cuerpo, spiritus es el anima que asciende a su patria celestial.

(...)

Los dualistas moderados -sobre todo los partidarios de una de las Iglesias italianas, la de Concorezzo (en las cercanías de Milán)- seguían, en cambio, el mito narrado en la Interrogatio Iohannis. Según este mito, Satanás (o Satanael, hijo mayor de Dios) era el administrador de todas las cosas, desde la sumidad de los cielos hasta lo más profundo del infierno; envanecido, quiso sustituir a Dios e indujo a la rebelión a una tercera parte de sus ángeles, que junto con él fueron expulsados de la corte celestial y privados de su gloria. Luego, con el permiso del Señor, Satanás puso orden al caos y plasmó al hombre y a la mujer, forzando a dos ángeles celestiales a entrar en su cuerpo de fango para vivificarlo. De estos primeros hombres nacieron, mediante la fornicación, todos los demás, perpetuando el encarcelamiento de la simiente angélica en ellos contenida.

(...)

Ahora bien, las dos tendencias del catarismo concuerdan en la descripción del estado de las almas o de los ángeles en este mundo inferior, es decir, en la descripción del destino humano. El cuerpo está definido con las metáforas propias de toda la tradición gnóstica y platónica: es una "vestidura" o una "cárcel" que contiene o envuelve el semen angelicum caído. Condición esencial de la salvación será, pues, el abandono del envoltorio corporal, que no está destinado a la resurrección, sino a ser nuevamente engullido por esa nada diabólica de la que proviene. De este capullo degradado y tenebroso tendrá, por último, que librarse la que bien podríamos llamar, dantescamente, la angélica mariposa. Moneta refiere otro símbolo también empleado por los Cátaros, el de la cáscara y el grano: "En el trigo hay cáscara y grano. Ellos significan que la cáscara significa la carne; el grano, en cambio, el alma; y tal y como el grano vive sólo si la cáscara se pudre, así el alma resurgirá sólo a condición de que la carne se pudra". No aias merce de la carn nada de corruptio, mais aias merce del esperit pausat en carcer, implora el Ritual de Lyon.

El único medio admitido por los Cátaros para liberarse de la cautividad diabólica, para anular los efectos de la caída en la tierra oblivionis y para conquistar el derecho a volver a ascender a la patria celestial es la plena adhesión a su Iglesia mediante el recibimiento del consolament, el bautismo espiritual: lo que los heresiólogos llamaban haereticatio.

En efecto, la muerte no se consideraba suficiente para apartar por siempre al ángel prisionero de la materia. Santiago Autier y Guilhem Belibasta, partidarios de la doctrina absoluta, explicaban que "todas las criaturas hechas por el Padre celestial, es decir, los espíritus y las almas, serán salvadas, y que ninguna de ellas perecerá. Pero irán de vestidura en vestidura, o sea, de cuerpo en cuerpo, hasta que lleguen a un cuerpo donde alcancen el estado de verdad y de justicia y se conviertan en buenos Cristianos, o sea, en herejes. Y este mundo no terminará hasta que todos los espíritus y almas hechas en el cielo por el Padre celestial, y que han pecado y han caído, hayan sido encarnados en cuerpos que les permitan convertirse en buenos Cristianos". Boni christiani es el nombre con el que los Cátaros se denominaban a sí mismos: la salvación a la que aspiran presupone, pues, la misión terrenal de Cristo. También Cristo, según una doctrina bastante extendida en el pensamiento cristiano de los primeros siglos, era concebido como un ángel del Padre celestial: "Creen que Cristo ha sido un ángel convertido en hombre (Christum Angelum fuisse humanatum); y este ángel es a veces llamado alma, y ascendió [al cielo] sin humanidad, es decir, sin carne", escribe Moneta acerca de los seguidores de Desiderio, exponente del dualismo moderado; pero la misma idea puede rastrearse también entre los Cátaros radicales. Así pues, la misión del Salvador rehace el descenso de los espíritus angelicales, es decir, al mundo tenebroso y doloroso de la materia. Pero esta vez dicho descenso se produce por voluntad del Dios bueno y para anular los efectos del pecado cometido en los cielos. Por lo demás, el mundo y la carne no tienen en realidad influjo sobre el ángel-Cristo ni sobre su madre María, a la que igualmente se concibe como un ángel: la cristología de casi todas las escuelas cátaras se vincula, en efecto, a la tradición docetista, y en consecuencia considera el cuerpo de Cristo como un cuerpo puramente fantasmático, que sólo en apariencia tenía las necesidades de los cuerpos humanos y sólo en apariencia sufrió y murió en la cruz. El papel de Cristo ha consistido tan sólo en revelar la verdad, es decir, la verdadera naturaleza de los hombres, y en mostrar a los espíritus celestiales el camino a través del cual podrían volver al cielo del que habían caído: esta "gnosis" revelada la llamaban los Cátaros entendensa de be, "conocimiento del bien". Y dicha misión gnóstica la posibilita el hecho de que Cristo, en cuanto ángel, posee la misma naturaleza de las almas: en cierto modo, el Jesús cátaro, al salvar las almas, se salva a sí mismo. Su figura corresponde al modelo gnóstico y maniqueo del Salvator salvandus. Como ha escrito Söderberg, "con la idea de Cristo como ángel no se sobreentiende sólo que él es semejante a los ángeles celestiales. Las almas eran originariamente ángeles. Y Cristo es también, como ellos, un alma. Esta correspondencia es sumamente importante. El Salvador liberará a las almas-ángeles porque son semejantes a él y tienen su mismo origen divino".

(...)

Un texto cátaro italiano del que nos ha llegado indirectamente algún fragmento, el Stella, alude incluso a una llamada del espíritu celestial y a una respuesta del alma, como en el diálogo maniqueo entre el Tercer Enviado y el Hombre Primordial: “Ellos afirman –se lee- que los ángeles tienen tres partes, es decir, cuerpo, espíritu y alma. [El hijo del Dios de las Tinieblas], como se ha dicho, condujo a la tierra a las almas, mientras que los cuerpos permanecieron muertos en el cielo, como en el desierto; y los espíritus descienden, cada uno en busca de su alma. Cuando la encuentra, le habla, y el alma responde. Y en seguida, no bien el alma reconoce al espíritu con el que estuvo en el cielo, se acuerda de haber pecado en el cielo y comienza a hacer penitencia del pecado cometido”. Esta idea de un cuerpo celeste enlaza probablemente con la concepción –ya observada en el Tratado cátaro- de la bona creatio como de un doble especular de la mala creatio, del mundo material: una especie de mundus archetypus análogo al nuestro, con sus ciudades, sus hombres, sus acontecimientos. Giovanni di Lugio la llevó a sus consecuencias extremas, a costa de alejarse en determinados puntos de las opiniones corrientes entre los Cátaros. Según Raynier Sacconi, no obstante su patente empeño en caricaturizar la doctrina, Giovanni sustentaba que “el Dios bueno tiene otro mundo (alterum mundum), en el que hay hombres y animales y todas las restantes cosas semejantes a las criaturas visibles y corruptibles de la tierra”. Aceptando todo el canon bíblico, contrariamente a la casi totalidad de las escuelas cátaras que rechazaban en todo o en parte el Antiguo Testamento, Giovanni afirmaba que la Biblia fue escrita en ese “otro mundo” y que en el mismo fueron formados Adán y Eva y que vivieron todos los patriarcas y los profetas del Antiguo Testamento. El propio Cristo realmente se encarnó, fue crucificado muerto y resucitado después de tres días; pero todo ello ocurrió in alio superiori mundo. Explicaba además “que en el antedicho mundo todo el género humano está destinado a la muerte a causa del pecado en el que consintió, pecado que el propio Giovanni llama principio y causa de todos los males [...]; y, tras haber sepultado allí [o sea, en el cielo] sus cuerpos, las almas [o sea, los ángeles caídos] fueron obligadas a descender al infierno, es decir, a este mundo, siendo éste el infierno al que descendió Cristo para socorrerlo”. En el superior mundus, concluía Giovanni di Lugio, se producirá también la resurrección de los cuerpos, cuando “cada alma de Dios reciba su propio cuerpo”.

El legado secreto de los cátaros.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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