irichc     Fecha  14/02/2003 10:02 
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Volver al foro Responder Textos maniqueos. Los cátaros-II   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Sólo recomendaros la atenta lectura de este singular texto, que, en la opinión de cualquier ateo, supone la quiebra de más de mil quinientos años de apologética católica. Los dos puntos de los que trata este capítulo son el libre albedrío, que es negado a todas las criaturas, y la existencia de más de un principio creador (o de un principio creador y otro descreador).

Según los cátaros el hombre no es obra de Dios en su forma mundana. Según los católicos es el libre albedrío el que corrompe a la criatura. La solución es similar (Dios permite el mal o el libre albedrío, respectivamente), pero las consecuencias morales son muy distintas. En el catolicismo el mal es intrínseco al alma, de modo que el hombre ha de obrar, es decir, ofrecer su cuerpo y mortificar su alma para así redimirla y salvarse. En el catarismo/maniqueismo el mal es extrínseco al alma. El hombre ha de librarse de toda obra para, purificando su cuerpo, lograr la ascensión del alma fuera de este mundo.

A continuación, una justificación hermenéutica del principio del mal.

Daniel.

* * *

1. El libre albedrío.

Porque muchos se hallan en la imposibilidad de conocer exactamente la verdad, para iluminarlos y para exhortar a aquellos que comprenden, así como para el deleite de mi alma, me he propuesto exponer nuestra verdadera fe a través de los testimonios de las divinas Escrituras con argumentos de lo más fundados, una vez invocada la ayuda del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

Los dos principios.

He querido empezar, en honor del Padre santísimo, por los dos principios y confutar la doctrina, tan contraria a casi todas las personas religiosas, de un principio único. Pero en primer lugar: o existe un solo principio primordial o más de uno. Si hay uno y no muchos, como sustentan los ignorantes, entonces el mismo ha de ser necesariamente bueno o malo. Pero malo no puede ser, porque dimanarían solamente las cosas malas y no las buenas, como dice Cristo en el Evangelio del bienaventurado Mateo: “Un árbol malo produce frutos malos; no puede un árbol bueno producir frutos malos, ni un árbol malo producir frutos buenos” [Mt 7, 17-18]. Y el bienaventurado Santiago afirma en su Epístola: “¿Acaso la fuente hace brotar agua dulce y amarga de la misma apertura? ¿Acaso puede, hermanos míos, una higuera producir una uva o una vid higos? Así pues, tampoco una fuente salada puede producir agua dulce” [Sant 3, 11-12].

[...]

Primera proposición contra los adversarios.

Pero yo me opongo a la tesis de aquellos que afirman la existencia de un solo principio primordial. Así digo: si Dios, que es bueno, justo y santo, sabio y recto, que es “fiel en todas sus palabras y santo en todas sus obras” [Sal 144, 13], que además es omnipotente y sabe todas las cosas antes de que acaezcan, como se ha demostrado con anterioridad, ha creado y dispuesto a sus ángeles desde el principio como él mismo ha querido, sin que encontrase el menor impedimento de algo existente, conociendo además el destino de todos sus ángeles antes existiesen, porque existían en su providencia todas las causas por las cuales permaneciesen por siempre ante su mirada malvados y demonios, como afirman casi todos nuestros adversarios, sin duda se derivaría necesariamente que estos ángeles no han podido nunca permanecer buenos, santos y humildes al lado de su Señor, sino en la medida en que desde el principio lo sabía el propio Dios, en cuyo seno todas las cosas acaecen necesariamente desde la eternidad, ya que nadie, ante él, que conoce perfectamente todas las cosas futuras, puede hacer absolutamente nada que no sea lo que Dios sabe desde la eternidad que hará. [...]

El principio del mal.

Por ello hemos de admitir necesariamente que hay otro principio, el del mal, el cual obra pérfidamente contra el Dios verdadero y su criatura; tal principio parece incitar a Dios contra su criatura y a la criatura contra su Dios: el mismo hace que Dios quiera y desee cuanto por sí mismo jamás habría querido. Así, a causa de la turbación provocada por el enemigo malvado, el propio Dios verdadero quiere y sufre, se arrepiente, sirve a sus propias criaturas y es por ellas ayudado. De ahí que el Señor diga a su pueblo por boca de Isaías: “Me has convertido en siervo con tus pecados y me has cansado con tus iniquidades” [Is 43, 24]. Y además: “Me cuesta soportarlas”. Y Malaquías dice: “Habéis hecho sufrir al Señor con vuestras palabras” [Mal 2, 17]. Y David: “Y Él se arrepintió conforme a la grandeza de su misericordia” [Sal 105, 45]. También el Apóstol afirma en la primera Epístola a los Corintios: “Puesto que somos los coadjutores de Dios” [Cor 3, 9]. De esta turbación de Dios, el propio Señor dice a Satanás en el libro de Job: “Tú me has incitado contra él, para que en vano lo afligiese” [Job 2, 3]. Y por boca de Ezequiel dice: “Cuando las falsas profetisas> se adueñaban de las almas de mi pueblo, las vivificaban y me ultrajaban con mi pueblo por un puñado de cebada o un trozo de pan, a fin de matar a las almas que no mueren y de vivificar a las almas que no viven” [Ez 13, 18-19]. Y por boca de Isaías el Señor, quejándose de su pueblo, exclama: “Porque he llamado y no habéis respondido, he hablado y no habéis escuchado, hacíais el mal ante mis ojos y habéis elegido lo que yo no quería” [Is 65, 12]. Se ve así claramente que la posibilidad de servir a Dios es un excelente argumento a mi favor. En cambio, si hubiese un único principio primordial, santo, justo y bueno, como se ha demostrado con anterioridad respecto al Señor Dios verdadero, dicho principio no lo entristecería, afligiría ni apesadumbraría, no padecería pena por parte de sí mismo, no sufriría, no se arrepentiría ni sería ayudado por nadie, no estaría sujeto a los pecados de nadie y no desearía o querría que ocurriese algo que demora en cumplirse, porque nada podría ocurrir contra su voluntad, ni nadie podría turbarlo o ultrajarlo; y nada podría someter a este Dios, sino que todas las cosas le obedecerían por absoluta necesidad. Por la razón esencial de que “todas las cosas serían por medio de él, en él y para él” [cfr. Rom 11, 36] en todas sus disposiciones, si hubiese un único principio primordial, santo y justo, como se ha demostrado respecto del Dios verdadero.

Eliminación del libre albedrío.

[...]

Y así se ve claramente que todo lo que se halla de bueno en las criaturas de Dios proviene de él y por su medio, y es él quien lo hace ser y es su causa, como se ha demostrado con anterioridad. El mal, en cambio, cuando se halle en el pueblo de Dios, no proviene del propio Dios verdadero ni por su medio; no es él quien lo hace ser ni ha sido ni es la causa, como afirma Jesús, hijo de Sirac: “A ninguno él ha mandado que actúe impíamente, y a ninguno le ha dado permiso para pecar” [Eclo 15, 21]. Entiéndase: sencilla y directamente, sin más: de una criatura de Dios en sí misma buena, sin una causa del mal, jamás podría haber provenido el mal. Así, el Señor dice por boca de Ezequiel: “Ha florecido la vara, ha germinado la soberbia: la iniquidad se ha levantado sobre la vara de la impiedad; no de ellos, no del pueblo ni de su estrépito” [Ez 7, 10-11]. ¡Así que proviene de otro sitio! Cristo dice en el Evangelio de Mateo: “Es semejante el reino de los cielos a un hombre que sembró en su campo semilla buena. Pero mientras los hombres dormían, vino el enemigo y sembró cizaña en medio del grano y se fue” [Mt 13, 24-25]. Y David dice: “Oh Dios, han venido las naciones a tu heredad, han profanado tu santo templo, han hecho de Jerusalén un almacén de frutos” [Sal 78, 1]. Y por la boca del profeta Joel, el Señor dice: “Porque una nación ha invadido mi tierra, fuerte e innumerable; sus dientes son como los dientes de un león y sus muelas como las de un cachorro de león. Ha convertido mi viña en un desierto y ha descortezado mi higuera; la ha pelado del todo y la ha tirado, y sus ramas han quedado secas” [Jl 1, 6-7]. Y así se ha de comprender claramente que la soberbia y la iniquidad o impiedad, la cizaña, la profanación del templo santo de Dios y la devastación de su viña no podrían en ningún caso derivarse propia y primordialmente del Señor bueno ni de su criatura buena, la cual depende enteramente de él en todas sus disposiciones. Se deduce, una vez más, que hay otro principio, el del mal, que es origen y causa de toda soberbia e iniquidad y de la contaminación del pueblo y de todos los restantes males.

Objeción de los adversarios: que Dios no quiso crear a sus ángeles perfectos.

Me propongo ahora debatir lo que sigue: nuestros adversarios afirman que Dios no quiso crear a sus ángeles perfectos, esto es, de tal perfección que pudiesen hacer siempre y solamente el bien y mal el mal, o bien siempre y solamente el mal y mal el bien, pero los creó, dicen, de tal naturaleza que pudiesen hacer el bien y el mal a su elección, como nos parece que hemos demostrado con anterioridad. Respondo que, si Dios no quiso crear a sus ángeles de tal naturaleza que pudiesen hacer siempre y solamente el bien y nunca el mal, ni solamente el mal y nunca el bien, sino que los creó de forma que pudiesen hacer tanto el bien como el mal, hay que entender: de forma que pudiesen hacerlo en momentos distintos; por cuanto es imposible que los ángeles hayan podido recibir de Dios una naturaleza que les permitiese hacer simultáneamente, de una sola vez y al mismo tiempo, el bien y el mal. Se deduciría necesariamente, en base a la tesis arriba expuesta, que los ángeles de los que estamos hablando habrían hecho el bien y el mal, y no solamente el bien o solamente el mal, sino en todo y por todo tanto el bien como el mal. Se ve así claramente que estos ángeles no podrían haber evitado en modo alguno el mal, a causa de la disposición recibida de su Señor. Y si así fuese, Dios sería la causa y principio de ese mal, lo que es imposible aceptar y vano pensar.

Pero a lo mejor nuestros adversarios, primero hablando tranquilamente y luego levantando la voz, podrían exclamar: los ángeles en cuestión, si lo hubiesen querido, habrían podido perfectamente hacer siempre el bien y el mal, porque han recibido de Dios el libre albedrío, o sea, una libre fuerza o facultad de hacer igualmente, a su elección, el bien y el mal. Y así dirían que Dios no es la causa primordial de este mal, porque los ángeles han pecado como consecuencia del libre albedrío que se les concedió, y por ende por su voluntad.

Prueba de que no hay libre albedrío.

Ahora bien, de examinarse diligentemente las razones esgrimidas con anterioridad, resultaría claro que la teoría del libre albedrío –esto es, aquella fuerza libre o facultad que, dicen nuestros adversarios, Dios habría concedido a los ángeles y gracias a la cual éstos podrían hacer el bien y el mal a su elección- carece de peso contra mi tesis. Así, les parece imposible a los sabios que alguien pueda tener la potestad de hacer dos actos opuestos simultáneamente, de una sola vez y al mismo tiempo, esto es, que alguien pueda tener la potestad de hacer durante todo el tiempo el bien y durante todo el tiempo el mal; con mayor razón en el seno de Dios, el cual conoce perfectamente todas las cosas futuras y según cuya sabiduría todo acaece necesariamente desde la eternidad. Pero sobre todo habría que sorprenderse si los ángeles buenos hubiesen podido odiar la bondad semejante a ellos –que, al igual que su causa, existía desde la eternidad- y amar la maldad, que todavía no existía y que es del todo opuesta a la bondad; y ello sin causa si, como afirman los ignorantes, la causa del mal no existía en modo alguno. Tanto más cuanto que está escrito en el libro de Jesús, hijo de Sirac: “Todo animal ama a su semejante, y así cada hombre a su prójimo. Toda carne se une a la que le es semejante, y todo hombre se asocia con su semejante” [Eclo 13, 1920]. Y además: “Las aves se reúnen con sus semejantes; y la verdad vuelve a quienes la practican” [Eclo 27, 10]. De modo que parece evidente que los ángeles habrían tenido que elegir el bien, semejante a ellos, que existía desde la eternidad, en vez de rechazarlo y elegir el mal que, al igual que su causa, no existía, según la tesis de nuestros adversarios, aunque parezca imposible que algo pueda comenzar sin causa. Pues está escrito: “Todo aquello que comienza es imposible que no tenga una causa”. Y además: “Todo aquello que pasa de la potencia al efecto tiene necesidad de una causa que lo lleve al efecto”. Por otra parte, según ellos, lo que existía y su causa, es decir, el bien, habría obrado menos que aquello que no existía y su causa, es decir, el mal, aunque esté escrito: “Es necesario que una cosa exista para que pueda obrar”. Y también ha de quedar claro que, si una causa permaneciese en todo y por todo en la disposición en la que se hallaba antes, de ella no derivaría sino aquello que ya provenía; pues cada nueva acción empieza por efecto de una nueva causa, como está escrito: “Cuando alguien que no era agente se vuelve agente, ello ocurre necesariamente por efecto de una nueva causa”. Por lo tanto, hay que reconocer que, si las disposiciones del agente permaneciesen exactamente como eran y si al agente no le ocurriese hasta un momento dado nada nuevo, ni en él ni fuera de él, sin duda su acción no tendría más razón de ser que de no ser, sino que continuaría incesantemente sin ser. Pues así como de la diversidad deriva lo otro, así la identidad hace durar a lo mismo. Ahora bien, si fuese verdad que ninguno de los ángeles ha podido pecar sin el libre albedrío, Dios no se lo habría permitido en modo alguno, sabedor de que sólo por este motivo su reino se habría corrompido. De lo contrario, la corrupción de los ángeles derivaría necesariamente de Dios, que “es más grande que cualquier alabanza” [Eclo 43, 33]; lo cual es impío pensar. Así pues, se deduce que hay otro principio, el del mal, que es origen y causa de la corrupción de los ángeles y además de todo mal.

Los ángeles no recibieron el libre albedrío.

Por ello resulta suficientemente claro a los sabios que los ángeles antedichos no recibieron nunca de Dios tal albedrío, o sea, una facultad que les permitiese querer, saber y hacer siempre solamente el bien y no el mal; porque, si lo hubiesen recibido, habrían hecho y querido, por absoluta necesidad, siempre el bien y nunca el mal.

¿Con qué razones, entonces, y con qué descaro los ignorantes pueden sustentar que los ángeles en cuestión, si hubiesen querido, habrían podido perfectamente hacer siempre y solamente el bien, cuando en Dios, que conocía perfectamente el futuro, estos ángeles no habían de ningún modo recibido de él ni potestad, ni voluntad, ni ciencia ni libre albedrío ni ningún otro atributo que les permitiese evitar completamente el mal, como se ha demostrado suficientemente con anterioridad? Claro está que desde el punto de vista de los hombres, que ignoran por completo el futuro y también todas las causas que son necesarias para hacer el bien o el mal, durante todo el tiempo o en momentos distintos, tal vez quepa de alguna manera afirmar que los ángeles recibieron de Dios una virtud o facultad que les permite hacer todo el tiempo el bien y el mal. Pero desde el punto de vista de Dios, que sabe perfectamente todas las cosas futuras, que conoce desde la eternidad todas las causas por las cuales es imposible que no acaezca lo que debe acaecer y según cuya sabiduría todo acaece por necesidad, ello resulta palmariamente falso.

De modo que a menudo es fácil verificar en los hombres que ignoran completamente el futuro o la verdad de las cosas aserciones contradictorias: es decir, que dicen que puede ocurrir lo que no ocurrirá nunca y que ocurrirá seguramente lo que no puede ocurrir. Por ejemplo, decimos a veces: es posible que Pedro viva hasta mañana, y es posible que muera hoy. Aunque sea imposible que Pedro pueda vivir hasta mañana y morir hoy, con todo, dado que ignoramos el futuro y también todas las causas necesarias a la vida o a la muerte de Pedro, consideramos posible lo que es imposible e imposible lo que es posible. En cambio, si conociésemos perfectamente el futuro, además de todas las causas necesarias a la vida y a la muerte de Pedro, no diríamos: Pedro puede vivir hasta mañana y puede morir hoy. Pues si supiésemos que Pedro debe morir hoy, diríamos claramente: es necesario que Pedro muera hoy o es imposible que viva hasta mañana. Y si supiésemos que debe vivir hasta mañana, diríamos claramente: es necesario que viva hasta mañana o es imposible que muera hoy. Pero por el hecho de que ignoramos el futuro, juzgamos posible lo imposible e imposible lo posible; lo cual es imposible en aquel que conoce perfectamente todo el futuro.

Otro ejemplo. Imaginemos que hay un hombre en una casa en la que se halla Pedro y que ve a Pedro sin posibilidad de duda; imaginemos luego que fuera de la casa hay otro hombre y que interroga al que se halla dentro, diciendo: ¿puede estar Pedro dentro de la casa? Si aquel que sabe con certeza que Pedro está en la casa, porque lo ve con sus ojos, le respondiese: a lo mejor Pedro se halla en la casa y a lo mejor no se halla, sin duda diría un desatino y hablaría contra su propio conocimiento (al decir: a lo mejor Pedro no se halla en la casa), dado que sabe con absoluta certeza que Pedro está en la casa porque lo ve con sus ojos.

[...]

La teoría de maestro Guillermo

No tengo la menor intención de pasar en silencio la teoría de maestro Guillermo, que sin embargo parece sabio en muchos puntos. Pues bien, le he oído decir más o menos estas palabras: que a los ángeles no los hizo Dios perfectos desde el principio, porque su Dios no pudo darles la perfección. La causa de ello radica en que Dios no ha podido ni puede en modo alguno hacer un ser semejante o igual a sí. Y si bien el propio Dios es llamado por muchos omnipotente, sin embargo no puede él en modo alguno hacerlo. Por ello, en la medida en que carecían de belleza y de grandeza respecto a Dios, ya que no eran semejantes o iguales a él, en la misma medida los antedichos ángeles pudieron faltar, anhelando esta belleza o esta grandeza. Como se lee de Lucifer en Isaías: “Instalaré mi trono en la parte del aquilón y seré semejante al Altísimo” [cfr. Is 14, 13-14]. Por ello quizás diría él que no podemos razonablemente inculpar a Dios porque no hiciese a sus ángeles perfectos (esto es, de tal perfección que no pudiesen en modo alguno anhelar la belleza y la grandeza de Dios), en cuanto su Dios no pudo hacer tal cosa, como se ha demostrado con anterioridad.

Me propongo confutar la tesis arriba expuesta con un argumento de lo más fundado. Pues bien, si no podemos razonablemente inculpar a Dios porque no haya podido hacer a sus ángeles tan perfectos como para que no anhelasen su belleza y grandeza, porque él no podía hacerlos semejantes o iguales a sí, aún menos podemos inculpar a los propios ángeles, dado que en modo alguno han podido prescindir de anhelar la belleza y la grandeza de Dios, a causa de la disposición recibida de su Creador, el cual no pudo hacerlos tan perfectos como para que no anhelasen su belleza y grandeza.

Repito: si Dios no pudo hacer a sus ángeles de tal perfección para que no anhelasen su belleza y grandeza, hasta el punto de no volverse demonios a causa de este anhelo, tampoco los ángeles pudieron evitar de ninguna manera este mal. Se derivaría necesariamente, según algunos, que todos los ángeles, además de los hombres que ahora se salvan, deberían anhelar siempre esta belleza y grandeza y pecar siempre contra su Dios a causa de este anhelo, y además volverse necesariamente demonios por su causa, en lo que, según se dice, se han convertido los otros ángeles. Y ello esencialmente por el hecho de que Dios no pudo, ni puede ni podrá hacer que alguien sea de alguna manera semejante o igual a sí.

Si luego se dijese: aquellos que se salvan no pueden ya anhelar o pecar, porque han sido instruidos y profundamente aleccionados por el castigo de los otros ángeles, que se convirtieron en demonios a causa de este anhelo, se podría responder que Dios, del que se ha dicho con anterioridad que es bueno, santo y justo, sería enteramente la causa y el principio del castigo y del mal de todos sus ángeles desde el momento en que les habría infligido una pena eterna sin razón ni justicia. Ello porque no pudo hacerlos de tal perfección para que no anhelasen su belleza y grandeza; ni los ángeles pudieron en modo alguno evitar este mal, ya que fueron creados antes que los otros ángeles que habrían sido instruidos por su castigo y por su rebelión. En cambio, los ángeles que se volvieron demonios, como muchos sustentan, no tuvieron la posibilidad de ser instruidos y aleccionados por el castigo de otros ángeles, porque antes que ellos no fueron creados otros. Y así los antedichos ángeles habrían podido quejarse con todo derecho de un Señor que les infligió innumerables penas, por no haber podido hacerlos perfectos hasta el punto de que no anhelasen su belleza y grandeza, razón por la cual aquéllos no pudieron evitar en modo alguno dicho anhelo. Por ello es en verdad sorprendente que se le haya podido ocurrir a un sabio que Dios –el cual es bueno, santo y justo- deba poner a prueba una y otra vez a sus ángeles, infligiéndoles un suplicio eterno, sólo porque no pudo hacerlos de tal perfección para que no anhelasen su belleza y grandeza, ni ellos pudieron en modo alguno recibir de él semejante perfección.

Los ángeles.

Pero cabría que alguien dijese: aun cuando Dios no podía hacer a sus ángeles semejantes o iguales a sí, sin embargo habría podido, si lo hubiese querido, darles tal perfección para que no anhelasen nunca su belleza. Pero no quiso hacerlo, porque ellos recibieron de Dios el libre albedrío, o sea, la libre facultad o la libre potestad de anhelar y de no anhelar su belleza y grandeza a discreción. Ahora bien, ello contradice todo lo que se ha dicho con anterioridad, esto es, que Dios no pudo hacer a sus ángeles perfectos hasta el punto de que no anhelasen su belleza y grandeza, por el hecho de que no pudo en modo alguno hacerlos semejantes o iguales a sí.

[...]

Por lo tanto, se ha de concluir que los ángeles antedichos no recibieron de Dios el libre albedrío, gracias al cual habrían podido evitar totalmente el anhelo. Y sobre todo no de un Dios que conocía perfectamente el futuro, en cuya mente es imposible que no acaezca lo que debe acaecer, con todas las causas que lo determinan. Tanto más cuanto que, si hay un único principio primordial, éste es la causa suprema de todas las causas. Se deduce necesariamente que, en base a la antedicha teoría, Dios sería la causa primordial de todo anhelo y también de todo mal, según lo que ha sido escrito: “Aquel que proporciona la ocasión de un daño es considerado como causa del propio daño”.

* * *

El creador malvado

Así, resulta bastante claro para los sabios que este creador, que hizo exterminar sin piedad en el tiempo a un montón de hombres y mujeres con todos sus niños [el Dios del Antiguo Testamento], no es el verdadero. Sobre todo por lo que respecta a los niños, el asunto parece increíble: habida cuenta que éstos -según la creencia de nuestros adversarios [los católicos]- no tenían ni la ciencia para distinguir rectamente el bien del mal ni el libre albedrío, ¿cómo habría podido el verdadero Creador exterminar sin piedad en el tiempo a sus niños, dándoles la muerte más atroz? Tanto más cuanto el Señor ha dicho por boca de Ezequiel: "El hijo no llevará sobre sí la iniquidad del padre, mas el alma que pecare, esa morirá" [Ez 18, 20]. Ni Jesucristo, el Hijo fiel de nuestro Creador, enseñó a sus discípulos a que aniquilasen completamente en este mundo temporal a sus enemigos, sino que más bien les mandó hacerles el bien. Lo dice él mismo en el Evangelio del bienaventurado Mateo: "Habéis oído que se dijo a los antiguos: 'Amarás a tu prójimo y aborrecerás a tu enemigo'. Pero yo os digo: 'Amad a vuestros enemigos'" [Mt 5, 13-44]. No ha dicho: en este mundo temporal perseguid a vuestros enemigos, como hizo durante un tiempo vuestro padre, sino: "Amad a vuestros enemigos y haced el bien a aquellos que os odian: orad por los que os persiguen y os calumnian, para que seáis hijos de vuestro Padre, que está en los cielos" [Mt 5, 44-45], casi como si dijese: para que estéis en el amor de vuestro Padre, que está en los cielos, y al que pertenece esta obra de misericordia. Por lo tanto, el propio Hijo de Dios, Jesucristo, aprendió de su Padre a hacer en el mundo presente esta obra de misericordia, como dice, hablando de sí mismo, en el Evangelio de Juan: "No puede el Hijo hacer nada por sí mismo, sino sólo lo que ve hacer al Padre; porque todo lo que éste hace, lo hace igualmente el Hijo" [Jn 5, 19]. Así pues, es evidente que el Padre de Jesucristo no hizo exterminar en este mundo temporal a un montón de hombres y mujeres con todos sus niños; precisamente porque este Dios es "el Padre de las misericordias y el Dios de todo consuelo" [2 Cor 1, 3], como señala el Apóstol [Pablo] a los Corintios.

Giovanni di Lugio. El libro de los dos principios.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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