irichc     Fecha  1/04/2005 02:18 
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Volver al foro Responder Vives. Las necesidades de los hombres.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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No sin razón muchos de los antiguos dijeron que nuestra vida no es vida, sino muerte; y los griegos llamaron a nuestro cuerpo "soma", como si dijesen "sema", que entre ellos significa el sepulcro. Había Dios amenazado a Adán que en cualquier día que comiese del fruto vedado había de morir. Comió, y a la comida se siguió la muerte. Porque ¿qué es esta vida, sino una muerte continua, que se perfecciona cuando queda el alma del todo libre de este cuerpo? Cuando nacemos, dice un poeta, morimos, y el fin empieza ya desde el principio; porque desde el primer instante que nace el hombre, lucha el alma con el cuerpo, al cual desamparará luego sin duda, si no fortaleciese éste su flaqueza con el alimento como con una medicina. Para esto crió Dios las comidas, para que fuesen, digámoslo así, como unos pies derechos, o firmes maderos, que sostuviesen este caduco edificio, que va caminando siempre hacia su ruina. De estos alimentos, unos hay que los da de sí la tierra en sus árboles, arbustos, yerbas y raíces, y otros se apacientan en ella para nuestro uso, como los ganados. Hay unos que tomamos del agua y otros que cazamos del aire. Fuera de esto, nos defendemos de la fuerza del frío con pieles, paño y fuego, y nos guardamos del calor con el beneficio de la sombra.

Nadie hay, o de cuerpo tan robusto, o de ingenio capaz, que se baste a sí mismo, si quiere vivir según el modo y condición humana. En efecto, une a sí el hombre una mujer, por asegurar la sucesión y conservar lo adquirido, porque este sexo, por medroso, es guardador por naturaleza. Busca después los compañeros de sus miserias, a quienes quiere bien, y procurando hacerles todo el bien que puede, crece el amor y la sociedad poco a poco, y sale y se extiende hacia fuera. Unidos ya unos a otros por las obligaciones y beneficios, no permanece encarcelado el amor dentro de los cortos límites de una familia y de un hogar, sino que el favorecido agradece el beneficio, sin descuidarse en recompensarlo en la primera ocasión; porque, en verdad, la naturaleza, que hasta a las bestias fieras, como elefantes, leones y dragones inspiró sentimientos de gratitud y una como memoria del beneficio, nada aborrece más que al alma ingrata.

No podían dejar de conocer, ya que deseaban con ansia ayudarse mutuamente, franqueándose favores, cuán útil y agradable había de ser edificar cercanas habitaciones, para proveer de este modo de las cosas que estuvieran en su mano a los que querían socorrer. Ocuparon el campo más vecino, y cada cual, para aprovecharse a sí mismo y a los otros, se aplicó de buena gana a aquel oficio a que se halló más proporcionado y dispuesto. Unos tomaron a su cargo la pesca, otros la caza, la agricultura, apacentar ganados, tejer, edificar, u otros oficios necesarios o útiles para vivir. Hasta aquí conversaban ellos entre sí con la mayor limpieza y unión; pero el antiguo mal no tardó en apoderarse de muchos con el deseo de anteponerse, o por mejor decir, de oprimir a otros para gozar, ociosos y venerados, de los trabajos ajenos, y obligar a los demás a ejecutar sus preceptos; resplandeciendo ellos con el reino ye l poder, guardados con un ejército de los mismos a quienes habían hecho consentir en su tiranía, o por el engaño o por el miedo. Todo esto se originaba de aquella ambición con que nuestros primeros padres habían presumido y esperado temerariamente ser dioses; y verdaderamente nuestro apetito de dominar no se fija otro térmno que un ser divino. Bastante lo manifestó aquel furioso joven rey de Macedonia, cuando le parecía haber hecho aún poco en la conquista que pensaba haber conseguido todo el orbe, sin embargo de faltarle aún la mejor parte que vencer. De aquí viene haber sido corrompidas por la violencia de los dominantes las leyes bien recibidas y justas para todos; de aquí los muros añadidos a las ciudades, y la guerra, ya civil, ya extraña, peste la más contagiosa de todas.

(...)

También se proveyó el cuerpo miserable y enfermizo, para que fuese ayudado por los remedios buscados a costa de la experiencia, y para que el ánimo afligido se aliviase con las conversaciones y obsequios de los amigos. Diéronse después maestros a la edad ruda, que formasen la vida, mostrasen el camino de la virtud y dirigiesen el talento; primero lo fue para cada uno su padre, su madre; luego sus madrinas, padrinos, tíos, abuelos, y los que distan más y están unidos con menos estrecho vínculo de sangre. Después fueron las escuelas, los maestros de la sabiduría, y muchedumbre de fundaciones que dejaron a este fin los hombres más grandes; pero ya estos remedios se han de ir a buscar lejos, o ya son desconocidos o costosos, o se ignora el modo de usarlos, en todo lo cual necesitamos de la ayuda ajena. Hay algunos que no lograron maestro para cultivar su ingenio, y otros a quienes corrompió y echó a perder el mismo maestro corrompido y malo, como el pueblo, que es un grande doctor de erores, y un vecino a otro vecino, y el padre al hijo, son los autores y maestros de las perversas opiniones; también muchos maestros de juicios estólidos y depravados, a quienes no fiarías tus gansos, gobiernan las escuelas de niños nobles. Otros hay que despreciando al maestro, van dando de principio en principio con toda la ceguedad de su mal consejo, apartando de sí la guía, o escogiendo la que es más ciega.

De esta suerte, hecho un miserable todo el hombre, exterior e interiormente, pagó justísimamente la avilantez con que emprendió usurpar la divinidad. Fue abatida la soberbia del animal más desvanecido, hasta llegar a ser el más flaco y el que menos vale de todos por sí mismo. Toda su vida y su salud depende de los auxilios de otros, ya para que se corte la raíz de la soberbia, que por medio de nuestros primeros padres se nos comunica a sus descendientes, ya especialmente, por ocultos juicios de Dios, faltando a unos el dinero, y a otros la salud o el ingenio, porque habían de usar mal de estas cosas; para otros la misma pobreza es instrumento de grandes virtudes, porque todo lo refiere a nuestro provecho aquel príncipe y gobernador de este mundo, padre el más sabio y liberal. Concluyamos, pues, que todo aquel que necesita de la ayuda de otro es pobre y menesteroso de misericordia, que en griego se llama limosna, la cual no consiste sólo en distribuir dinero, como el vulgo piensa, sino en cualquiera obra, por cuyo medio se socorre la miseria humana.

Juan Luis Vives. Del socorro de los pobres.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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