irichc     Fecha  13/09/2004 01:06 
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Volver al foro Responder Weininger. El judaísmo como condición de posibilidad de dos opuestos: feminismo y cristianismo.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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No quiero concluir esta serie sobre Weininger sin un pequeño esbozo sobre su concepción de los sexos y las repercusiones metafísicas que se siguen de la misma.

Weininger parte de la bisexualidad del ser humano para afirmar el espíritu como constituyente de lo masculino, de lo activo, de lo que se supera; todo ello como contrapuesto a la materia, a lo pasivo, a lo permanentemente mediocre. No es un machista en sentido estricto, ya que no toma a los hombres según su género, sino como puros individuos.

Weininger afirmaba que las mujeres no tenían alma. Esto no debe leerse literalmente, más bien en tanto que su individualidad es difusa, es decir, poco acentuada, dispersa, dividida, multiforme, cambiante, proteica. Es la conclusión a la que llega mediante la observación de casos clínicos de histéricas (el “yo falso” o super-yo se constituye como verdadero, a la par que niega al “yo verdadero” o pulsional, estigmatizándolo como falso) y de la práctica de la hipnosis.

No se contempla el “feminismo” como un obstáculo para dicha teoría. Las mujeres de hoy no toleran la dominación masculina porque el hombre, que se ha afeminado, gusta de una mujer más agresiva. A su vez, la mujer más masculinizada se adapta, en términos, generales al hombre más afeminado, y el conjunto de las mujeres se ajusta a los dos anteriores. Lo “afeminado”, según Weininger, se corresponde con lo “judaico”, con lo impío, con lo inorgánico, con lo nihilista. El feminismo sería la aplicación de las características individuales de los individuos sobresalientes (las mujeres masculinizadas) al común del género, esto es, un anti-individualismo.

Saludos.

Daniel.

* * *

El conocimiento de la naturaleza típicamente judía nos es especialmente facilitado por la irreligiosidad del semita. No es éste el lugar para emprender investigaciones acerca del concepto de la religión, y absteniéndonos de comentarios que nos llevarían muy lejos del tema, diremos que como religión debe comprenderse, en primer término, la afirmación de todo lo eterno en el hombre y por el hombre, afirmación que no se podrá jamás deducir ni demostrar valiéndose de los datos de la vida inferior. El judío es el hombre incrédulo. La fe es aquel acto del hombre por medio del cual se acerca a un ser. La fe religiosa se refiere, como caso especial, al ser eterno, absoluto, a la vida eterna, como se dice en los términos de la religión. Y la causa esencial de que el judío no sea nada debe buscarse en que no cree en nada.

La creencia lo es todo. Poco importa que un hombre crea o no en Dios; si no cree en él que crea, al menos, en el ateísmo. Pero, en cambio, el judío no cree en nada, no cree en sus creencias y duda de sus dudas. Nunca llega a compenetrarse con sus alegrías, ni tampoco con sus desventuras. Jamás logra considerarse a sí mismo en serio, y como es natural tampoco toma en serio a los restantes individuos ni a ninguna cosa. Es cómodo interiormente ser judío, y para obtener esa comodidad hay que aceptar algunas incomodidades exteriores.

Así se llega finalmente a la diferencia esencial entre los judíos y las mujeres. Su semejanza se basa sobre todo en que aquéllos y éstas creen poco en sí mismos. Pero las mujeres creen en los demás, en el hombre, en el niño, en "el amor"; tienen un centro de gravedad, si bien éste se encuentra fuera de ellas. El judío no cree en nada, ni en sí mismo, ni en los otros; no encuentra un apoyo en los extraños, ni siquiera extiende sus raíces hacia éstos, como hace la mujer. La inestabilidad de su morada, su profunda incomprensión para los bienes inmuebles y su preferencia por el capital mueble parecen ser simbólicas.

La mujer cree en el hombre, en el hombre exteriormente considerado o en el hombre en sí, en el hombre que ha impregnado su espíritu, y de este modo le es posible tomarse en serio a sí misma. El judío no cree que haya nada verdadero e inmutable, santo e invulnerable. Por esto es eminentemente frívolo y se burla de todo; no cree en el cristianismo de ningún cristiano, y todavía menos en la honradez del bautismo de un judío. Pero tampoco es un verdadero realista ni un verdadero empirista. Y ahora debemos establecer la principal limitación de nuestras afirmaciones precedentes, que en parte concuerdan con las de H. S. Chamberlain. El judío no es realmente un empirista convencido a la manera de los filósofos ingleses. El positivismo del empirista cree en la posibilidad de encerrar toda la ciencia accesible al hombre dentro del reino de los sentidos, y espera se llegue al perfeccionamiento del sistema de la ciencia exacta. El judío, en cambio, no cree ni siquiera en la ciencia y, sin embargo, tampoco es un escéptico, pues tampoco está convencido de su escepticismo. Por el contrario, sobre un sistema completamente ametafísico, como el de Avenarius, reina una preocupación piadosa, e incluso sobre los conceptos relativistas de Ernst Mach se extiende una religiosidad llena de fe. El empirismo podrá no ser profundo, pero no se puede considerar judío.

El semita es impío en el más amplio sentido. Pero la piedad no es una cosa accesoria e independiente del resto de las cosas: la piedad es el fundamento de todo y la base sólida sobre la cual todo se erige. Erróneamente se considera prosaico al judío porque su espíritu no vuela alto, porque no anhela descubrir la fuente original de su ser. Toda cultura interior, lo que un hombre estima siempre como verdad -ya que para él cultura es lo que considera como verdad- descansa sobre los cimientos de la fe y necesita la piedad. Y la piedad no es cosa que se manifieste simplemente en el misticismo o en la religión; palpita en el fondo de todas las ciencias y de todos los escepticismos, en todo lo que para el hombre tiene una profunda significación. Cierto es que puede manifestarse en formas diferentes: el apasionamiento y la objetividad, el gran entusiasmo y la profunda gravedad son las dos principales. El judío jamás es un exaltado, pero tampoco es verdaderamente sobrio; no es entusiasta pero tampoco es frío; le falta no sólo la embriaguez material sino también la espiritual, y es tan incapaz de ser alcohólico como de caer en el éxtasis. En consecuencia, no es tan sereno que sepa encontrar las argumentaciones razonadas. Su parquedad linda con la flaqueza, su abundancia con la hinchazón. Cuando intenta elevarse presa de los más sublimes sentimientos jamás va más allá de lo patético, y cuando pugna por moverse dentro de las más estrechas trabas del pensamiento hace sonar ruidosamente sus cadenas. Y a pesar de no sentir la atracción de abrazar al mundo entero no deja de ser ambicioso frente a sí mismo.

(...)

Judaísmo y cristianismo, aquél el más desgarrado, el más pobre en identidad interna; éste el más creyente, el que más confía en Dios, nos muestran la más amplia, la más inconmensurable contraposición. El cristianismo, en su grado más elevado, es heroísmo; el judío jamás es armónico e íntegro. En consecuencia el semita es cobarde, el polo opuesto al héroe.

H. S. Chamberlain ha dicho muchas verdades acerca de la increíble incomprensión de los judíos para la figura y doctrina de Jesús, tanto para el guerrero como para el mártir que había en él, para su vida y para su muerte. Pero sería erróneo creer que el semita odia a Cristo. El judío no es el Anticristo, lo que ocurre es que no está en relación alguna con Jesús. Estrictamente hablando únicamente algunos arios -delincuentes- odian a Jesús. El judíose siente tan sólo turbado, desagradablemente irritado, ante algo que no es fácilmente accesible a sus burlas porque está más allá de su comprensión.

Uno de los enigmas psicológicos más profundos es que el cristianismo, a pesar de ser la contraposición del judaísmo, haya surgido de éste. Trátase en verdad de la psicología de los fundadores de religiones.

En qué se diferencia el fundador genial de religiones de los restantes genios? ¿Qué necesidad interna le impulsa a fundar religiones?

No puede ser otra que la de no haber creído siempre en el Dios que luego anunciarán. La tradición cuenta que tanto Buda como Cristo estuvieron sometidos a tentaciones mucho más fuertes que el resto de los hombres. Otros dos, Mahoma y Lutero, fueron epilépticos. La epilepsia es, sin embargo, la enfermedad de los criminales: César, Narses, Napoleón; los grandes malhechores han padecido en general esta enfermedad, y Flaubert y Dostoievski, que al menos estaban predispuestos a ella, tenían en sí mucho de delincuentes, aunque no llegaran a serlo.

El fundador de religiones es el hombre que ha vivido sin Dios, y luego se siente penetrado por la máxima fe. "Excede a nuestra capacidad comprender cómo un hombre normalmente malo se transforma por sí en bueno; ¿es posible que un árbol corrompido produzca buenos frutos?". Tal es la pregunta que se plantea Kant en su filosofía de la religión, y admite luego, en principio, esa posibilidad: "a pesar de aquella caída original resuena inalterado en nuestra alma el mandato: debemos ser mejores; en consecuencia, también debemos poder serlo...". La inconcebible posibilidad de la completa modificación de un individuo que durante días y años fue malo, ese misterio tan grande se ha producido en aquellos seis o siete hombres que han fundado las grandes religiones de la humanidad. En esto se diferencian de los genios típicos, en los cuales se da desde el nacimiento la tendencia hacia el bien.

Los otros genios están en gracia ya antes del nacimiento; en cambio, el fundador de religiones la recibe en el curso de su vida. En él se extingue completamente el primitivo ser, que desaparece ante la presencia de otro completamente nuevo. Cuanta mayor grandeza haya de adquirir el individuo tantas más cosas que lleva en sí tendrá que aniquilar. Creo que también Sócrates (el único entre los griegos) se acerca en esto a los fundadores de religiones; quizá libró la batalla decisiva contra el mal aquel día en que estando en Potidea se mantuvo solo y en pie, sin moverse de su lugar, durante veinticuatro horas.

El fundador de religiones es el hombre que al nacer no ha encontrado resuelto ningún problema. Es el individuo con menores seguridades; en él todo está amenazado y en peligro, y todo -no esto o aquello- debe conquistarlo en su vida por su propio esfuerzo. Mientras tanto, unos deben luchar contra su debilidad física y contra las enfermedades, otros tiemblan ante el delito que en ellos late como una posibilidad; todos ellos, desde su nacimiento, han hecho algo reprobable y deben avanzar con la carga de sus pecados. El pecado original sólo desde el punto de vista formal es igual para todos, pero materialmente es diverso en cada uno. Aquí unos, allí otros, han elegido lo que carecía de sentido y de valor, han preferido el instinto a la voluntad, el placer al amor. Éste es su pecado original, la nada en la propia persona, que siente como una culpa y como una mancha, como una imperfección de su vida, y que para él, ser pensante, constituye un problema, un enigma. Tan sólo el fundador de religiones ha cometido íntegramente el pecado original, y su tarea es expiarlo totalmente. Para él todo el universo es problemático, pero también sabe resolverlo todo, libertarse del universo; conoce el modo de dar respuesta a cada uno de los problemas y salvarse completamente de la culpa. Coloca firmemente su pie sobre el abismo más profundo, vence a la nada y capta las cosas en sí, al ser en sí. Puede afirmarse que se ha libertado del pecado original en cuanto no sólo ha humanizado a Dios, sino también ha divinizado al hombre; todo lo que en él era culpa y problema es ahora expiación y solución.

Pero la genialidad no es otra cosa que la máxima liberación de las leyes naturales.

"De la fuerza que liga a todos los seres
Se libra el hombre que se supera".

De ser así, el fundador de religiones es el individuo más genial, pues es el que ha logrado superarse en mayor grado. Es el hombre que ha conseguido lo que los más profundos pensadores de la humanidad sólo han admitido tímidamente como posible para no verse obligados a abandonar su concepción ética del mundo y la libertad de elección: ha alcanzado la completa transformación del individuo, su "regeneración", el retorno total de la voluntad. Los otros grandes espíritus han librado también la lucha contra el mal, pero su balanza tendió ya desde el principio hacia el bien; no así el fundador de religiones. En él se albergan tanta maldad, tanto deseo de poder, tantas pasiones terrenas, que ha debido permanecer durante cuarenta días en el desierto, sin alimentos, sin dormir, luchando con el enemigo interior. Sólo entonces ha vencido; no ha muerto, ha libertado en sí la vida suprema. En los demás hubiera faltado el impulso necesario para fundar una fe. El fundador de religiones es, en este sentido, el polo opuesto del emperador; el emperador es la figura opuesta a la de Galileo. También Napoleón sufrió en determinado momento de su vida una transformación, pero no fue un alejamiento de la vida terrena, sino una resolución definitiva en favor de sus tesoros, de su poder, de sus magnificencias. Napoleón es grande por la colosal intensidad con que impone sus ideas, por la extraordinaria fuerza con que rechaza lo absoluto, por la cuantía de la culpa no expiada. El fundador de religiones no debe ni quiere aportar a los hombres otra cosa que lo que él -que era el más tarado- pudo alcanzar: la alianza con la divinidad. Sabe que es el hombre más cargado de culpa y expía la mayor parte del pecado con la muerte en la cruz.

En el judaísmo había dos posibilidades. Antes del nacimiento de Cristo los judíos estaban todavía reunidos, y no se había hecho aún una selección. El judaísmo era una especie de diáspora, y, al mismo tiempo, cierto tipo de Estado. La negación y la posición aparecían una al lado de la otra. Cristo es el hombre que superó en sí mismo la más fuerte negación, el judaísmo, y creó la posición más fuerte, el cristianismo, como el extremo opuesto a aquél. Del estado anterior al ser se separaron el ser y el no ser. Entonces se produjo la división: el antiguo Israel se dividió en judíos y cristianos: el judío, tal como lo conocemos y lo hemos descrito, se originó al mismo tiempo que el cristiano. La diáspora quedó entonces completa, y del judaísmo desapareció la posibilidad de la grandeza. Desde entonces, el judaísmo ha podido darnos hombres como Sansón y Josué, los menos judíos del antiguo Israel. En la historia del mundo, cristianismo y judaísmo se condicionan como posición y negación. En Israel se dio la posibilidad máxima de que ha dispuesto un pueblo: la posibilidad de Cristo. La otra posibilidad es el judío.

(...)

Únicamente así se puede comprender la larga vida del judaísmo, que ha sobrepasado la de todos los restantes pueblos y razas. Privados totalmente de una creencia, los judíos no hubieran podido persistir y mantenerse, y esta creencia es el sentimiento confuso, oscuro y, sin embargo, desesperantemente cierto de que algo tendría que suceder al judaísmo y en el judaísmo. Este algo era el Mesías, el Salvador del judaísmo es el Salvador de los judíos. Cada pueblo lleva a la realidad un determinado pensamiento, una idea especial, y si algo pudiera realizar sólo sería la idea en sí: en medio de la Judea debe surgir el Hombre-Dios. La fuerza vital del judaísmo depende de que vive del cristianismo, aun en otro sentido que el del beneficio material. La esencia judía no tiene metafísicamente más fin que el de servir de pedestal al fundador de religiones. Así se explica también la curiosa forma en que sirven a su Dios; jamás como individuos aislados, sino siempre en masa. Sólo en grupo son "piadosos", y necesitan que alguien ore junto a ellos porque la esperanza del judaísmo es identificable con la posibilidad permanente de que de su especie surja el gran triunfador, el fundador de religiones. Ésta es la importancia inconsciente de todas las esperanzas mesiánicas en la tradición judía: el cristianismo es el sentido del judío.

Nuestro tiempo no es tan sólo el más judaico, sino también el más feminista; el tiempo para el cual el arte es únicamente una careta y que encuentra sus inspiraciones artísticas en el juego de los animales; el tiempo del anarquismo más crédulo, sin comprensión para el Estado y para el derecho; el tiempo de la ética de la especie y de las concepciones históricas más superficiales (el materialismo histórico); el tiempo del capitalismo y del marxismo, para el que la historia, la vida y la ciencia no significan otra cosa que economía y técnica; el tiempo en que el genio es considerado como una forma de locura y que, sin embargo, no posee ni un gran artista ni un gran filósofo; el tiempo de la originalidad más escasa y que más busca la originalidad; el tiempo que ha sustituido el ideal de virginidad por el culto a las semivírgenes: ese tiempo ha tenido también la gloria de ser el primero en que los individuos no contentos con haber afirmado y adorado al coito, lo han elevado a la categoría de deber, no para olvidar, como los romanos y los griegos en la bacanal, sino para encontrarse a sí mismos, y para dar un contenido a su propia esterilidad.


Otto Weininger. Sexo y carácter.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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