irichc     Fecha  12/09/2004 07:44 
Host: 217.124.92.74    IP: 217.124.92.74    Sistema: Windows XP


Volver al foro Responder Weininger. Espiritualidad y mendacidad en la mujer.   Admin: Borrar 	mensaje
 
Mensaje
Todo aquello que quizá dábamos por segura conquista se encuentra ahora una vez más en tela de juicio. Se supone que la mujer carece de capacidad de autoobservación, y sin embargo hay mujeres que saben observar con agudeza lo que en ellas ocurre. Se les ha negado el amor a la verdad, y no obstante existen mujeres que evitan cuidadosamente decir una mentira. Se ha afirmado que para ellas es ajena la conciencia de la culpa, y a pesar de ello se encuentran mujeres que se dirigen a sí mismas los más acerbos reproches por cosas insignificantes, y religiosas que incluso laceran sus cuerpos. El sentimiento del pudor se ha considerado exclusivo del hombre, y, sin embargo, ¿no se ha dicho que el pudor femenino, ese pudor que según Hamerling únicamente la mujer conoce, tiene un fundamento en la experiencia que permite atribuirlo sólo a ella? ¿Es posible, por otra parte, afirmar que la religiosidad falta en la mujer mientras haya "religiosas"? ¿Puede decirse que les falta pureza moral, haciendo caso omiso de todas las mujeres virtuosas de que nos hablan las canciones y la historia? ¿Cabe asegurar que las mujeres son únicamente sexuales y que sólo aprecian la sexualidad cuando es sabido que basta hacer una ligera alusión a tales problemas para que se muestren indignadas, que se horrorizan y apartan de los lugares donde reina el vicio, en lugar de frecuentarlos, y que no es raro que tengan repugnancia por el coito o les produzca una indiferencia que nunca se observa entre los hombres?

Es evidente que en todas estas antinomias se trata siempre de la misma pregunta, de cuya respuesta depende el juicio definitivo acerca de la mujer. Es indudable que si existiera un solo ser femenino que fuera interiormente asexual y que estuviera en perfecta relación con la idea del valor moral, perdería irremisiblemente su validez general, como característica psíquica, todo cuanto hemos dicho sobre las mujeres, y, en consecuencia, sería insostenible la posición mantenida en este libro. Es necesario explicar satisfactoriamente estas aparentes contradicciones, y se debe demostrar que lo que en ellas realmente palpita y conduce fácilmente al error corresponde a esa misma naturaleza femenina que nos es posible comprobar en todos los casos.

Para llegar a comprender esas engañosas contradicciones hay que recordar, en primer término, que las mujeres se dejan fácilmente influir, o por mejor decir impresionar. Hasta ahora no hemos valorado suficientemente en esta obra la facilidad con que hacen suyo lo ajeno y aceptan las opiniones de los demás. En general, la mujer se adapta al hombre como el estuche a las alhajas que contiene; hace suyas las opiniones de él, acepta sus predilecciones, así como sus antipatías, y cada palabra del varón es una verdad para la mujer, en tanto mayor grado cuanto más intenso es el efecto sexual que produce sobre ella. La mujer no siente esa influencia del hombre como una desviación de la línea de su propio desarrollo, no se defiende de ella como de un obstáculo extraño, no intenta libertarse de esa especie de asalto a su vida interior, no se avergüenza de ser receptiva; por el contrario, tan sólo es feliz cuando es dominada por el hombre, cuando éste la obliga, también espiritualmente, a que sea receptiva. Únicamente se halla contenta cuando está encadenada, y sólo espera el momento en que podrá ser completamente pasiva.

(...)

Así, la parte teórica de los pensamientos y acciones femeninas está compuesta, en su parte principal, de ideas tradicionales recogidas sin selección, que son aceptadas con tanto mayor entusiasmo y mantenidas tanto más dogmáticamente cuanto que las mujeres jamás se forman una opinión considerando objetivamente las cosas, pues lo único que desean es aceptar una cualquiera para poder sostenerla a ultranza. En consecuencia, las mujeres son enormemente intolerantes en todos los casos en que se producen modificaciones en las costumbres y usos sancionados por el tiempo.

(...)

Esta pasividad general de la naturaleza femenina es causa de que las mujeres acepten en definitiva las apreciaciones masculinas, aunque originariamente no tengan el menor punto de contacto con ellas. Esta capacidad de impregnarse de las opiniones masculinas, esta fácil penetración del elemento extraño en la vida pensante de la mujer, este engañoso reconocimiento de la moralidad (que no puede llamarse hipocresía porque no pretende encubrir nada antimoral), esta aceptación y aplicación de un mandato para ella totalmente heterónomo, puede tener lugar sin obstáculo, ya que la mujer por sí misma no sabe valorar, y avanza lisa y llanamente con el mendaz aspecto de la más elevada moralidad. Sólo pueden surgir complicaciones cuando se origine una colisión con la única convicción innata, verdadera y general de la mujer: la suma valoración del coito.

La afirmación del apareamiento como valor básico tiene lugar en la mujer de modo inconsciente. Como a tal afirmación no se contrapone la posibilidad de la negación, tal como ocurre en el hombre, falta la dualidad que es capaz de conducir al análisis del fenómeno. Ninguna mujer sabe ni podrá jamás saber lo que hace cuando ejerce la tercería. La feminidad en sí es identificable con la tercería, y una mujer debería poder salir de sí misma para apercibir y comprender que incurre en ella. Así, el deseo más profundo de la mujer, lo que realmente significa su existencia, queda siempre ignorado para ella. Nada impide, por lo tanto, que la valoración masculina negativa de la sexualidad encubra totalmente en la conciencia de la mujer su valoración positiva. La receptividad de la mujer va todavía más lejos, y le lleva incluso a negar lo que ella realmente es, lo único que valora positivamente.

No tiene conciencia de la mentira que comete al hacer suyo el juicio masculino acerca de la sexualidad, de la impudicia y de la mentira misma, y cuando acepta como propias las medidas con que el hombre valora sus acciones. La mujer recibe una segunda naturaleza, sin siquiera sospechar que no se trata de la propia, supone seriamente ser algo y creer en algo, estando convencida de la exactitud y de la originalidad de su conducta moral y de sus juicios. Tan profundamente radicada se halla la mentira que podría decirse que es orgánica, o, si se me permite, sería posible hablar de la mendacidad ontológica de la mujer.

(...)

Es un error, en el que han caído especialmente Breuer y Freud, considerar precisamente a las histéricas como individuos eminentemente morales. Realmente no han hecho otra cosa que incorporarse en mayor grado que las demás mujeres algo que en su origen les era completamente extraño, la moral. Al modo de los esclavos se someten a este código, y ya no se detienen a analizar algo por cuenta propia. Aunque esta conducta puede producir la impresión de la más rigurosa moralidad, es de lo más inmoral que pueda imaginarse, y representa el máximo de heteronomía. Las histéricas, quizá más que cualquier otro individuo, se aproximan a la meta moral de una ética social, para la cual la mentira apenas es una transgresión cuando es útil a la sociedad o al desarrollo de la especie, el ideal humano de una tal moral heterónoma. Las histéricas son el instrumento que pone a prueba la ética social, tanto genéticamente, ya que las prescripciones morales les son impuestas desde fuera, como prácticamente, ya que ellas son las que aparentemente se conducen con más facilidad de un modo altruista; sus deberes para con los demás no son otra cosa que un caso particular de sus deberes para consigo mismas.


Otto Weininger. Sexo y carácter.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

Respuestas (0)
 


Volver Responder
 
Nombre
E-Mail
Asunto
Web
Enlace a una
imagen

Mensaje