irichc     Fecha  7/08/2004 20:10 
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Volver al foro Responder Weininger. La noción de 'tercería' como constitutiva de lo femenino en la mujer.   Admin: Borrar 	mensaje
 
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Se puede pretender la equiparación legal del hombre y de la mujer sin por ello creer en su igualdad moral e intelectual. Es posible reprobar la barbarie del sexo masculino contra el femenino, y simultáneamente reconocer su enorme contraposición cósmica y la diferencia esencial que entre ellos existe. No hay ningún hombre en que no palpite algo trascendental y que no tenga nada de bueno, y no hay ninguna mujer de la cual pueda realmente decirse lo mismo. El hombre más abyecto está aún infinitamente por encima de la mujer más encumbrada, tan por encima que ni siquiera es posible establecer una comparación y una ordenación de jerarquías. Sin embargo, nadie tiene el derecho de difamar ni de oprimir a la mujer, aunque se trate de la más abyecta. Nadie que conozca a fondo la humanidad abandonará su convicción de que entre los dos sexos existe la contraposición más absoluta ante la justificada exigencia de su igualdad legal. Una prueba de que los materialistas, empíricos y positivistas (por no hablar de los teóricos socialistas, que han profundizado muy poco en el conocimiento del hombre) son psicólogos muy superficiales, se encuentra en el hecho de que haya sido de sus filas de donde han venido y vienen todavía los defensores de la igualdad psicológica congénita entre el hombre y la mujer.

Espero también que mis conceptos acerca de la mujer no sean confundidos con los triviales de P. J. Moebius, que han sido recibidos de buen grado únicamente por constituir una valiente reacción contra la corriente de la masa. La mujer no es "una débil mental fisiológica", y tampoco puedo participar de la opinión de aquellos que consideran como casos de degeneración a las mujeres con capacidades sobresalientes. Desde el punto de vista moral no puede hacerse otra cosa que dar la bienvenida a las mujeres que en todo momento son más masculinas que las restantes, y en lugar de una degeneración debe verse en ellas un progreso, una superación. Desde el punto de vista biológico tales mujeres no son ni más ni menos normales que el hombre afeminado (cuando no se les quiere dar un valor ético). Las formas intersexuales no son una aparición patológica, sino absolutamente normal en todos los organismos, y su presencia no es en modo alguno una demostración de decadencia corporal. La mujer no es generosa, ni aguda, ni exacta en sus pensamientos; es precisamente lo contrario. Como hasta ahora hemos visto carece de reflexión; representa la completa falta de sentido, la insensatez. Pero no es una débil mental, una imbécil, en la acepción común del vocablo, es decir, la falta de la más sencilla orientación práctica en la vida ordinaria. La mujer es astuta, calculadora, "cuerda" en un grado superior y de una manera más regular y constante que el hombre, siempre que la mueva un fin egoísta. La mujer nunca es tan tonta como puede serlo algunas veces el hombre.

¿Carece, pues, la mujer totalmente de importancia? ¿No persigue algún objetivo general en su vida? ¿No tendrá algún destino, una determinada significación en el mundo, a pesar de su nulidad e insensatez? ¿Servirá para una misión o su existencia será algo casual y ridículo?

Para formarnos una clara udea debemos partir de un fenómeno al que nadie, a pesar de ser antiguo y conocido, ha prestado la atención ni le ha dado el valor que merece. Trátase del fenómeno de la tercería que nos permite penetrar como ninguno en la naturaleza de la mujer.

Su análisis nos muestra, en primer término, el afán de favorecer la manera de que se encuentren dos individuos en quienes sea posible la unión sexual, sea en forma de matrimonio o no. Este afán de poner en contacto a esos individuos palpita, sin excepción, en todas las mujeres desde la infancia más temprana, e incluso las niñas gustan de oficiar de intermediarias entre sus hermanas mayores y sus novios. Aun cuando la tendencia a la tercería aparece más claramente en el momento en que la mujer se ha encontrado a sí misma, es decir, después de su casamiento, no por ello deja de observarse en la época que transcurre desde la pubertad al matrimonio.

(...)

Los hombres también suelen leer con gusto tales novelas [eróticas] para favorecer la detumescencia, pero esto es muy diferente de la manera cómo las leen las mujeres. El lector masculino imagina del modo más vivo posible el acto sexual, pero no sigue temblorosamente desde el comienzo el acercamiento de la pareja, y la sensación no crece continuamente, como en la mujer, en relación inversa con la distancia que separa a las dos protagonistas.

(...)

Nunca se había pensado por qué las mujeres favorecen con tanto placer y tan "desinteresadamente" el encuentro de otras mujeres con los hombres. El placer que esto les produce se debe a una característica excitación originada al pensar en el coito de los demás.

Pero incluso después de haber extendido el concepto de tercería al móvil principal que impulsa a las lectoras [de novelas románticas o eróticas], no se llega a considerarlo en toda su amplitud. Una mujer que durante un anochecer de verano atraviesa un jardín oscuro donde multitud de parejas de enamorados se sientan en los bancos o se alinean a lo largo de los muros, dirigirá curiosamente su mirada hacia ellos, mientras que un hombre que se vea obligado a pasar por esos lugares apartará sus ojos para no sentir herido su pudor. De igual modo, las mujeres al cruzarse en la calle con una pareja de novios se volverán para observarlos, siguiéndolos con la mirada. Esa curiosidad, esa observación, cae tan dentro del concepto de tercería como los restantes casos referidos. Aquello que no se ve con placer y que no se desea provoca la desviación de la mirada. Si las mujeres contemplan con fruición las parejas de enamorados y experimentan gran alegría cuando las sorprenden besándose o en otras manifestaciones amorosas es porque desean el coito en general, es decir, no sólo para ellas. Como ya hemos dicho, sólo se contempla aquello que se valora positivamente. La mujer que ve dos enamorados piensa siempre en lo que puede ocurrir, es decir, lo espera, lo prevé, lo desea. He conocido una mujer casada que sabedora de que su sirvienta había introducido a su amante en la habitación pasó largo tiempo escuchando ante la puerta antes de llamarla y despedirla. Esa mujer había consentido en su fuero interno lo que estaba ocurriendo antes de tomar la decisión de ponerla en la calle, en parte obedeciendo a las conveniencias sociales, en parte movida por una envidia inconsciente. Creo, en efecto, que este último motivo interviene con mucha frecuencia en el castigo de la culpable.

La mujer se aferra vivamente, sin jamás rechazarla, a la idea del coito, cualquiera que sea la forma en que se le presente (incluso cuando es practicado por animales); no lo niega, no siente ningún asco ante lo que tiene de repugnante el proceso, ni intenta pensar en otra cosa; por el contrario, la representación del acto la embarga completamente y la preocupa incesantemente hasta que es sustituida por otra de carácter igualmente sexual. Con esto queda descrita, en gran parte, la vida psíquica de la mujer que a muchos parece muy enigmática. La necesidad de realizar la cópula es la necesidad más violenta de la mujer, pero no es sino un caso especial de su interés más profundo, de su único interés vital: el deseo de que tengan lugar muchos coitos, dondequiera que sea, por parte de cualquier persona, en cualquier momento.

Esta necesidad general se dirige unas veces al acto mismo y otras hacia el hijo. En el primer caso la mujer es prostituta y celestina, y desea la simple representación del acto; en el segundo es la madre, pero no sólo con el deseo de llegar ella a ser madre, sino también en relación con todos los matrimonios que conozca, y cuanto más se acerca a la madre absoluta tanto más exclusivamente están dirigidas sus ideas hacia el hijo. (...) La madre integral actúa completamente para la especie: es la madre de toda la humanidad, y toda preñez es saludada con alegría por ella. La prostituta pretende que ninguna mujer quede preñada, sino que simplemente sea prostituta como ella.

Otto Weininger. Sexo y carácter.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                
 

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