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Fecha  30/01/2005 20:54
 


La hora del café

 
Le da a uno por escribir a la hora del café en días que apetecería más que fuera la hora de la siesta. Mirando la taza e imaginando más que sintiendo sus efectos estimulantes. En realidad ya no sabemos si el café que nos dan es café. Sólo que cada vez es más corto, más caro, dura menos y sabe peor. Yo siempre me he preguntado cómo se las arreglaban esos poetas bohemios y escritores de café para pasarse toda una tarde con uno sólo. Salvo contando con la complicidad y la paciencia del camarero, que es virtud hartamente abandonada por el gremio en estos días. Se cuenta que grandes genios de la grafomanía como Balzac podían trasegarse más de un centenar a lo largo de una noche para dormirlos durante el día. Lo mismo que una mente infatigable como la de Voltaire disponía de una persona a su servicio sin más labor que avivar la cafetera como quien hecha carbón a una locomotora. Pero, a los enfermos de «spleen» en los tiempos muertos de desgana en la ciudad, ni siquiera los posos nos sirven de lectura para adivinar en sus dibujos caprichosos algunos secretos de la vida, como se jactan de hacer algunos vendedores de videncia. Por no saber, no sabemos cuántos cafés podía tomarse César González Ruano cuando iba al café y pedía el recado de escribir. Es probable que se fumase más cigarrillos que consumiese tazas, por no mancharse mucho el bigote. Dice la leyenda que, cuando se sentía algo descangallado y sin muchas luces en el Gijón, dejaba que el artículo se lo escribiera Cela, y viceversa cuando el autor de «La colmena» estaba en otros menesteres, sin que los directores de periódico ni los lectores se dieran cuenta. Yo, sin embargo, no encuentro con quién intercambiar tareas, mientras me pregunto por los talentos literarios del señor bajito que se gasta monedas en la máquina tragaperras, el cojo que vende lotería o la cuarentona solitaria todavía de buen ver que deja marcas de carmín con cada sorbo que le da a su copa de Baileys. Tal vez por sus mentes pasen decenas de ideas interesantes en esta tarde en la que no pasa nada, en la que sólo escribes por escribir, sin más pensamientos en tu cabeza que decidir si pides otro café, o no. Por si eleva la tensión de tu corazón.                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                







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